El grito de la mariposa




Por: Pedro Antonio Valdez
(Ensayo escrito para la presentación el libro en la Librería Cuesta de Santiago. Fue publicado en el periódico La Información y en el suplemento Isla Abierta del periódico Hoy)


El poeta es un fingidor
finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que de veras siente.

Fernando Pessoa

Yo no sufro este dolor como César Vallejo.
César Vallejo

Convendría detenerse, para los propósitos de este breve ensayo sobre el poemario “De vuelta a casa”, de Rosa Silverio, en los epígrafes de Pessoa y Vallejo citados al inicio. En las páginas del libro que nos ocupa hallaremos un inventario de imágenes violentas y ácidos conceptos existenciales, que en oídos de lectores apresurados podrían conducir a una percepción inmediatista que no daría justo servicio ni al poemario ni a la autora ni a la poesía.

Casi a nadie se le ocurriría concluir que Neruda es un hombre melancólico, que Vallejo es un tipo amargado o que el Marqués de Sade no era sino un sujeto depravado. Sin embargo, cuando se conoce en persona al autor de cierta clase de literatura inspirada en quebrar los patrones establecidos por la sensualidad moral, el lector a menudo se toma la licencia de olvidar que el arte es una falsificación de la vida y no la vida en sí, que es un juego, y apoyado en tal desliz de la memoria dirige la mirada morbosa hacia el autor como si acabara de ver su radiografía íntima.

El dolor, como múltiplo de la carencia humana y estancia a ser superada, constituye la materia primigenia de la poesía en todas sus manifestaciones exteriores. Ni siquiera los géneros de la parodia y el cómic escapan de este origen. Por elección, algunos ejecutantes utilizan el dolor como materia prima, lo que podría dar a entender que la angustia original se transplantó intacta en el objeto artístico. Pero resulta que el sentimiento plasmado en un poema nunca es el vital, sino una mixtificación. Esto se debe a que la angustia humana es intransferible; se puede eliminar, soportar, atenuar, pero jamás transferir a otra experiencia. En tal virtud, la nostalgia de Los poemas humanos no es de Vallejo, sino del texto en cuestión. El poeta, nos recuerda Pessoa, es ese perfecto fingidor capaz de fingir incluso el dolor propio para exteriorizarlo en forma de estado estético. La angustia que será materia artística no necesariamente proviene de la personalidad del autor, puede darse y venir de afuera, pero en tales casos este previamente lo habrá exteriorizado y hecho suyo mediante un ejercicio de empatía.

César Vallejo invita a reflexionar mediante una estrofa determinante: “Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente”. Ese dolor universal, que no se detiene en nada, es el de la poesía. Dolor doble del poeta en tato falsificación del original, diría Pessoa, que debe ser anhelado por el lector como manifestación del dolor del que éste carece.

En “De vuelta a casa”, primer libro de la escritora dominicana Rosa Silverio, encontramos una flora de poemas recreada en ese punto en que lo vital parecería haberse marchitado. Títulos como “Si yo muriera”, “Mustia” o “Lágrima” dan una rápida idea de talante que prima en el texto. Sustancia podrida, gusanos hambrientos, vegetación mustia, se configuran en este espacio poético. La muerte, tanto orgánico como simbólica, salta sin césar de uno a otro verso, unas veces en forma de libertadora fatal, otras a manera de pérdida de una faceta ideal. Hay un diálogo abierto y cercano con la disolución de la materia y el tiempo. La carencia existencial se convierte así en una extrema instancia reflexiva. Y no deja de llamar la atención que esa poeta no cristalizara su interioridad mediante la querella doméstica o la queja erótica, tan recurrentes en la mayoría de las mujeres escritoras de nuestro medio, sino que la haya proyectado al límite entre la vida y la muerte, donde el pensamiento puede alcanzar un vuelo de altas dimensiones.

El enfoque existencial del libro da un paso adelante, o hacia adentro, en el tratamiento del yo. En la poesía dominicana de los últimos veinte años ha primado la presencia del yo como centro de la realidad. Sin embargo, en numerosos y quizás demasiadas ocasiones no necesariamente se trata de un yo semejante al nuestro, sino de una instancia tan universal y despersonalizada que se disgrega hasta volverse desconocida. El yo en “De vuelta a casa” es un ser íntimo, personal, de carne y hueso, doloroso, de una sinceridad apabullante. Se puede absorber con los sentidos. La misma escritora, por supuesto apoyada en el juego estético, aparece camuflada en los versos. Rosa juega a ser rosa, y esta rosa es origen al que se retorna por transmutación, símbolo de la cosa pasajera, delicada cristalización de la sensibilidad. Toda la naturaleza y el mundo de los objetos se convierten en extensiones sensibles del ser humano. El corazón se cosifica y a la vez la cosa se humaniza mediante un salto poético que convierte el espacio en zona palpitante. Al ser el yo una potencia tan infinita y compleja –quizá la más infinita y compleja de todas las potencias-, no resulta extraño que estos poemas, proyectados en la geografía íntima del hombre, en algunos momentos se amparen en un orden de inesperada lógica, como en el titulado Lúgubre, que dice en una parte: “ni siquiera cuelga la lluvia de los tejados/ ahora que se chorrea el alma/ por las grietas de mis ojos”, y que termina con la imagen de una mano suicida que llena de granos el buche de una gallina.

Los poemas del libro muestran un uso mesurado del lenguaje. En ningún instante se pierden en el jueguito de palabras ni se dilatan por procurar la frase maquillada. Esta ausencia de rebuscamientos da por resultado macizas construcciones de lenguaje que persiguen captar la idea con fidelidad. No es extraña entonces la tendencia a una imagen plástica que puede llegar a sorprender por el acierto de su sencillez. Cuando leemos “una vela larga de corola amarilla” o “bajo la flama roja que agoniza con la tarde”, nos damos cuenta de que ambas evocaciones se acercan pasmosamente a la experiencia de velas y atardeceres que tenemos. Porque la poeta utiliza el lenguaje como una vasija transparente para realidad y no como un recipiente artificioso. La palabra busca adquirir la forma de las cosas. Talvez sea representativo el valor que tiene el nombre en el poemario: el nombre es uno con el objeto nombrado –“Tengo miedo de malograr la sencillez que hay en tu nombre”, “es un nombre y a la vez una rosa”, dice la autora-, y esto hace que a menudo el nombre sea propiedad tangible, incluso palpable. Con tal presupuesto la poesía construye una suerte de espejo entre la palabra y la realidad que esta nombra. De hecho en el texto se advierte una conciencia de la voz, del verso como instrumento que hurga en la existencia. La proximidad microscópica entre la realidad y la palabra produce esa sensación de intimidad que se percibe en cada uno de los poemas.

En este poemario se opera un movimiento perpetuo. Se puede percibir una conciencia del transcurrir temporal y del desplazamiento físico, que se evidencia en las referencias a las cosas de reloj y a la acción de objetos, animales y personas. Este movimiento no es lineal e infinito, pues constituye una propiedad indispensable para la modificación integral, para la metamorfosis. No sería impropio decir que este e sun libro de metamorfosis. Casi todos los poemas conducen hacia una transformación, hacia el cambio de un ser en otro que regularmente poseerá estructura sobrenatural y contraria al objeto de deleite pasajero. La metamorfosis estará impulsada en un estadio en que se niegan los sentidos y se cierra la puerta hacia el dolor.

Las imágenes son aquí de marcada plasticidad. Las expresiones adquieren consistencia antes de tocar el papel. Muy a menudo tal solidez se convierte en secuencia cinematográfica, algo no común en nuestro medio poético. El close-up y el acercamiento en primerísimo plano, sin música de fondo, a veces hace que la escritura parezca voz en off de un guión, para acompañar una lenta secuencia de movimientos: “Se ha hecho tarde/ es hora de agrupar las pastillas,/ de acariciar el borde del vaso,/ de empujar con mi lengua el bálsamo/ que silenciará este enorme vacío”. Por supuesto, no siempre las tomas serán de corte realista: “el sol derrite mi esqueleto,/ una flor me besa el corazón/ y deja una estela de latidos/ que tiemblan silenciosos en el cielo”. También se da el caso de paneos en espacios naturales exteriores o en lugares interiores que suelen ser parte del hogar. En ocasiones este recurso fotográfico se mantendrá hasta el punto de precisar el más mínimo detalle visual.

Hay un marcado contraste entre espacios abiertos y cerrados. Los primeros aportan al poemario un inventario de mariposas, flores, árboles, viento, agua y otros elementos que sugieren la libertad absoluta. Los segundos presentan la acción en habitaciones, rincones hogareños e incluso en el cerradísimo rectángulo de una tumba que bien puede simbolizar el mundo. Lo cerrado será siempre el reducto del ser angustiado, enclaustrado en el dolor, mientras que lo abierto representará el territorio ideal al que no se puede retornar. A este territorio no se llega por vía motora, sino a lo mejor a través de una magia difícil de dominar. El cuerpo humano será insuficiente para transportarnos. Por eso hay en el poemario una constante referencia a las alas, al aleteo, al vuelo. La mariposa, que vuela y reside en un pasado mágico, será el símbolo por excelencia en estos poemas de Rosa. La mariposa, que habita el territorio ideal. Justamente el libro abre con un texto dedicado a ese alado insecto. Se trata de un monólogo íntimo en que la mariposa es evocada como ente extraviado. Ella sigue aleteando en el jardín de la infancia, pero el tiempo ha puesto pesas en el corazón humano y por eso el hombre, o en este caso la mujer, no se atreve a tocarla ni se siente con la inocencia apropiada para seguirla en el vuelo: “Ya no puedo volar, mariposa,/ me pesa el cuerpo, los brazos, las piernas y el alma./ Ahora camino siguiendo la rutina de los hombres,/ ajena a la ingenuidad de tu hermosura,/ allende los trazos que dibujabas en mis sueños”. I want to hear the scream of the butterfly… cantaba Jim Morrison. Y he aquí que todas las páginas de “De vuelta a casa” no serán sino la glosa, el vuelo dolorido, el gripo de la mariposa.

Esta actitud crítica ante la sensualidad, emparenta la aventura poética de Rosa con Vallejo, Baudelaire, Poe y con los textos de los padres del desierto. Estos últimos fueron quieres, temprano en la Edad Media, colocaron las bases de esta estética de lo terrible como reflejo filosófico de la vida pasajera. Los enxemplos medievales hablan de una estatuilla femenina de hermoso rostros, pelo rubio, cuerpo exuberante, pero que al ser volteada se veía llena de reptiles y gusanos. Y esta parte espeluznante, como relación negativa, era la válida y predominante. Poe consideraría la belleza como expresión de una verdad interior, mientras que Baudelaire la empataría con elementos de orden horripilante y Vallejo la supeditaría a la angustia personal. “De vuelta a casa” va de un vértice a otro de este triángulo estético. Por eso los poemas reflejan la realidad en tanto negación de la belleza establecida, y hablan de gusanos, notas fúnebres, manchas sanguinolentas, y muestran un viaje de la razón allende el placer pasajero, y convierte en deleite artístico el dolor humano. Aunque fluyen dentro de la esfera espiritual, el hecho de que estas composiciones no apunten hacia una solución religiosa hace que, al igual que los tres poetas mencionados, no se identifiquen con la empresa fundadora de los padres del desierto. Asumir este inventario poético, de matices crueles y rasgos tan fuertes que incluso pueden despertar ciertas sospechas en lectores ingenuos, suponen desenfado y valentía en la escritora, pues demuestra su disposición a enfrentar la acción poética con todos sus desafíos y riesgos, más allá de la cómoda aceptación.

El arte es un juego. Cuando se supedita a una seriedad ajena al recreo espiritual, se obtiene una obra de gravedad insoportable. Esta cualidad lúdica hace que en “De vuelta a casa” la realidad sea reducida a su extremo de negación, lo cual permite valorarla desde un punto más alto, aunque no necesariamente encantador. “Un poema es un ala abierta y un costado herido,/ es un nombre y a la vez es una rosa”, dice la autora en su ars poética. Ese vuelo grácil de las palabras que se desangran en el espacio, servirá, con toda certidumbre, como instrumento que hurga en los tortuosos caminos del espíritu. En los versos de Rosa Silverio se puede hacer un viaje al otro extremo de la vida sin salir de los sentidos. Lo que veremos allí no es la negación de la existencia, sino su otra cara, quizás la que en nuestro interesado juicio nos negamos a contemplar. Si hacemos su lectura en la misma dirección que lo hicieron en sus textos los escribas medievales y ciertos poetas malditos de la modernidad, encontraremos que, contrario a lo que a simple vista podrían parecer, no son poemas de la desesperanza. Más bien se trata de un canto por los senderos tétricos del existir, que son innegables. Una aventura sincera hecha desde la sombra para apreciar todos los matices de la luz. La búsqueda frenética de la rosa que yace perdida entre la obscuridad y el grito de la mariposa.