Dime



Dime, Corazón,
en dónde guardas las sombras y los fantasmas
y allí depositaré los míos.
Dime dónde ocultas el polvo y las telarañas,
dónde encarcelas las tarántulas y los demonios,
en cual vasija de tu interior reposan la sal y los gusanos.
Dímelo al oído, Corazón,
y allí iré yo cuando amanezca
o si lo prefieres,
esperaré a que el sol se pierda entre las montañas
y viajaré sin linternas, sin brújulas, sin mapas.
Andaré desnuda y sin equipajes,
a pesar del frío y de las fieras que puedan atacarme.
Seguiré el viejo camino ensangrentado
hasta llegar al lugar en donde guardas
todas mis dulzuras y secretos,
mis dolores imaginarios,
mi resaca y mi angustia,
la felicidad que aún me resisto a descubrir.
Dime, Corazón,
si hago bien en ir a tu búsqueda,
si es correcto suplicarte que me muestres tus caminos
y que me indiques en dónde,
en dónde guardas las heridas y los recuerdos putrefactos,
en dónde entierras las malezas, el cardo y la locura,
en qué rincón o en qué poema debo yo verter
las soledades, las carencias, los días,
y este miedo a saberme descubierta y vulnerable
ante la terrible inmisericordia de los hombres.


© Rosa Silverio 2005
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