La canción rota

(Summer interior. Edward Hopper)

Este día estás más triste que nunca, María. Te has pasado la mañana y toda la tarde con el estéreo sonando, escuchando esa canción que dices un tal Antonio Tarragó escribió para ti. Por supuesto que él no te conoce, pero has tejido esta mentira para sentirte importante por una vez en tu vida. Las horas transcurren lentamente, María, y ya es de noche. Te pasaste todo el día dibujando las paredes de la casa, imaginando que con cada trazo zigzagueante de la crayola, te despojabas de ti misma y te dejabas para siempre colgada, como una obra maestra.

La misma canción se repite insistentemente en la voz herida de Mercedes Sosa y la letra te recuerda el dolor cotidiano que ha sido tu existencia. “Pisando apenas la arena ardiente, María va, calcina el monte un sol de fuego, María va”, se escucha llorar al estéreo y tú, mi María, tirada en el piso pues las paredes no te alcanzan para hacer garabatos, te vas volando hacia aquellos días en los que caminabas por la plazoleta del pueblo, con tu vestido rebosado de flores. Ahí conociste a Ernesto, del cual sólo te quedó la Yaya, y seguiste sola, María, rasgando con las uñas los días que se tendían ociosos en la recién adquirida gordura de tu cuerpo.

“Quiso la siesta ponerle un niño a su soledad, de trigo y luna y de su mano, María va”, decía la Sosa y te acordaste de la Yaya de noche llorando porque tenía hambre, Yaya de día con el pañal mojado, Yaya en las tardes tirando sus juguetes al suelo, Yaya en tu alegría y en tu abandono, babeándote la cara con cada beso que floreció en tu mejilla.

¿Qué ha sido de ti, compañera? Siempre supe que eras frágil, pero nunca imaginé que al crecer la resistencia se te volvería espuma y que todos los golpes que te había deparado la vida enredarían tu madeja. La madeja... ¿te acuerdas de ella? Creo que no, la miseria que te inunda sólo te deja escuchar esa maldita canción y tanta agua hay en tus ojos que ya has perdido el norte y en tu desesperación no sabes distinguir entre lo real y lo imaginario.

Así es hermana, ahí esta la Mercedita, cantando esa tonada triste y mientras tanto tú te la pasas ensuciando el piso con las crayolas de la Yaya, halándote los cabellos, golpeándote la frente, mientras te preguntas qué coño es la vida y porqué tuviste que nacer si tú no lo pediste, si cada vez que sales a la calle te arrugan las ilusiones, te machacan la inocencia y todo, absolutamente todo lo que te rodea, hasta tú misma, pierdes el sentido de ser y de estar aquí, dentro de este pueblo que ahora te huele a podrido.

“A flores del monte, María, olía tu pueblo, un tren perezoso, resuello y resuello...”

Ya estás jodida, amiga. Te jodió la angustia que te alejó de la familia, que te volvía egoísta y te hacía interpretar ese papel de víctima que siempre has querido asumir. El pueblo, María, la gente te ha quedado chica, porque ya nadie te entiende y hasta tus amigos creen que eres una histérica, y sientes que no eres nadie, que la pobre Yaya no te va a agradecer el querer ser una mártir soportando tus confusiones, sólo porque a ella hay que alimentarla, darle educación y enseñarle a ser una mujer; pero qué va a aprender la Yaya de ti si tú no eres más que un amasijo de dudas, una ventolera que no sabe a donde dirigirse.

Ay, María, ya es tarde y las losas del piso no aguantan más rayazos. No has comido en todo el día y hace dos horas que dormiste a tu hija con un biberón de leche tibia. Las fuerzas apenas te alcanzan para levantarte como un estropajo y dirigirte directamente al baño, donde abres el grifo y dejas el agua correr hasta que la bañera se rebosa. Estás cansada, sientes que ya es hora de irte y te das cuenta de que el estéreo sigue sonando tu canción favorita. “A calle regada, María, olía tu pueblo, a pura inocencia de niño pueblero, a calle regada, a flores del monte, María, olía tu pueblo”, y la voz de la cantante te parece un lamento hondo, mezcla de soledad y de nostalgia.

Te me has puesto mal de nuevo, María, y esta vez la cosa va en serio. Ahora me doy cuenta de que estás enferma y en tu delirio no sabes que las enfermedades del alma se curan, por lo que te niegas la oportunidad de sanar, y no piensas que la Yaya no está enferma y que su vida apenas empieza, mientras que la tuya se ha convertido en uno de los garabatos que has dibujado en la casa.

Así que caminas con el cuerpo derrotado, vas a la habitación, sacas a Yaya de su cuna, te la llevas al baño y diciéndole al oído, muy bajito, para que no se despierte: “Yaya, Yayita, hija mía”, la sumerges en la bañera, la dejas ahí dentro hasta que la boquita se abre y le vacías la vida, mientras se llena de agua el cuerpo de una Yaya sin posibilidades y asfixias eso que un día se encendió en tu vientre y que hoy apagas sólo porque el mundo a ti te huele a podrido. Luego te diriges a la sala, tomas la cajetilla que está encima de la mesa, enciendes de un sorbo el último cigarrillo, te tiras en el piso y sigues dibujando garabatos, mientras escuchas la canción que suena desde la mañana y que ya te sabes de memoria.
© Rosa Silverio 2002
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