La mueca

(Reflection -Self Portrait-. Lucian Freud)

Mieses pasaba todos los días por la casa de esa señora que trabajaba en su fábrica como ejecutiva. Mientras ella salía temprano de la oficina, él debía continuar hasta que la mañana agotara casi todos sus fulgores, y una franja roja y seca se tendiera en el horizonte. Entonces él dejaba la máquina con la que cosía cuellos de camisa, tomaba el termo de comida y con el sudor hediondo pegado a sus miembros, caminaba de regreso a la pieza en la que vivía, donde lo único que le daba la bienvenida era los trastos sucios y la flojera del colchón para recostar su espalda apaleada y cansada por tantos años sin una mujer, viviendo en cuartuchos de a ciento cincuenta la semana y trabajando en lugares donde el empleado era pura mierda.

Mieses caminaba cansado, con el dolor de la soledad a cuestas y cuando iba cruzando por el enorme edificio color cereza donde vivía la señora ejecutiva, no pudo evitar mirar hacia el tercer piso y ver la carita de un niño contorsionada: lengua, ojos y dedos confabulados para hacer una mueca despreciable y ofensiva. Siempre se consolaba pensando que los niños mimados, hijos de empresarios explotadores eran así: pequeños monstruos consentidos por la sociedad y favorecidos por Dios. “Uno de estos días”, pensaba él, “uno de estos días subiré y de una trompada le borraré esa mueca de la cara, no me importará que sea hijo de esa, porque de seguro que esa criatura de los infiernos es su hijo. Total, si hace que me despidan me voy a otro lugar, pero me daré el gusto de borrar la riqueza y la burla de su cara de diablo”, se decía mientras arrastraba los doscientos cuellos que cosía por día.

La vida de Mieses había girado en torno a las numerosas fábricas en las que había laborado, hilvanando las horas, cortando sus posibilidades de salir de ese agujero que arrugaba su suerte y la tiraba a la basura. El moriría algún día y toda su juventud se quedaría en la tela, en el hilo y las tijeras que le cercenaban las alas y lo condenaban a vivir ahogado en un vertedero de lágrimas y sudores. Por eso se encolerizaba al darse cuenta de que todos los días de la semana el niño estaba sentado en el balcón esperándolo, como si no tuviese que estudiar, romper sus juguetes o molestar a su mamá, aquella estirada mujer que a veces se asomaba al balcón y lo sorprendía haciéndole muecas a él, a un infeliz, a una pulga más de la ciudad, a él que nunca se mezclaba ni con ricos ni con pobres y que lo único que hacía era pedalear como un esclavo para poder recostar la espalda remendada en el colchón hundido de su pieza.

“Pero hoy no”, se dijo harto de tanta vergüenza y humillación, “hoy le hago ver a ese mocoso que con el cansancio de un hombre de trabajo no se juega”. Desvió sus pasos y doblando a la derecha se dirigió al edificio color cereza, mientras la ira de tantas semanas, contenida por la prudencia, afloraba haciéndolo temblar y retorcerse las manos. Subió los escalones de dos en dos, dejando atrás la fatiga del día y pensando sólo en aquella cara de diablo hermoso, desfigurada por una mueca apayasada. “Ya verá... ya verá de lo que soy capaz”, se repetía mientras apretaba los labios y ya en el tercer piso presionaba el timbre. Pasaron unos cuantos segundos y como no abrían, golpeó la puerta con furia imaginando que la madera era la cara del niño y que con cada golpe le deshacía la mueca.

Entonces abrieron y en el quicio apareció la ejecutiva, con un vestido azul a rayas y una sonrisa tendida en sus labios. Mieses pensó en el niño, en el imberbe que sólo porque vivía en un apartamento de lujo y era hijo de ricos le hacía una mueca todos los días. Sin detenerse a dar explicaciones caminó por el pasillo y cruzó la sala guiado por los demonios, hasta que llegó al balcón desde donde el niño miraba hacia la calle. Así que, halando la cabecita por los cabellos, con su mano derecha le asestó dos bofetadas en la mejilla que aliviaron su enojo, lo dejaron satisfecho y con una sonrisa de triunfo pintada en el rostro. Sólo después de dos inmensos suspiros se fijó en la señora que lo siguió aterrorizada, y en el niño retrasado que sollozaba agarrado al vestido azul a rayas, sentado en su silla de ruedas.

© Rosa Silverio 1999
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