Mi amante

(Mujer desnuda tumbada. Gustav Klimt)
Hoy llamó mi amante. Me dijo que me extraña, que me necesita y quiere verme. Yo escuché igual que siempre, sin hablar, sólo emitiendo una forzada carcajada apenas perceptible por el auricular. Hoy vendrá a visitarme. Vendrá arrastrando su cuerpo con lujuriosa mirada y querrá acariciarme. Al principio rechazaré su embestida, pero luego, entrada la noche, cuando su cuerpo se adhiera al mío y sus dedos me recorran como arañas, no tendré fuerzas para luchar. Me habré dejado dominar por su lengua de serpiente y el deseo subyugará mi carne caliente y húmeda.

Todo empezó como un juego fruto de la novedad, pero ahora se ha complicado. Me repite que me ama, que no puede vivir sin mí y que si yo le llegase a faltar sólo le quedarían dos salidas: la locura o la muerte. Una vez le dije que no me amaba, que decía eso porque tenía una obsesión de mil fantasmas conmigo. Me miró con asombro e irrumpió en llanto. Jamás le volví a hablar del asunto. Y es que, a pesar de su cuerpo fuerte y de sus ademanes toscos, es débil. Su interior es frágil como una delgada hoja sacudida por el ulular de la brisa. Yo, en cambio, soy toda huesos y pellejo, mis ojos hundidos bordeados de sombras y el cabellos exento de brillo muestran mi salud quebradiza. Mi voz desmiente mi apariencia. Me han dicho que cuando hablo parece que retumban enormes campanasy que mi risa desordenada resuena como una fiesta gloriosa.

Mi amante es tan triste como la corteza de los árboles. Se deja rodear de un aire taciturno y su mirada se pierde en los recovecos de su ignorancia. No habla mucho, llora con facilidad y es tan fiel como un perro a su amo. Al contrario, yo soy alegre, parlanchina, mi mente funciona como una locomotora, soy tan decidida como arriesgada y mi comportamiento algunas veces es agresivo. Somos tan diferentes que no entiendo como hemos podido mantener esta relación por tanto tiempo. Algunas veces pienso que es verdad eso que los polos opuestos se atraen.

No le he sido fiel a mi amante, mas esto no es ningún secreto. Se lo he expresado claramente. Lo nuestro es sólo algo pasajero. Las veces que se lo he dicho me ha respondido que sí, que me entiende a la perfección, aunque sé que miente. Recuerdo que una noche llegué a la casa. Había estado en brazos de mi reciente conquista. Y justo sobre la cama me esperaba, con los brazos bajo la nuca y la mirada perdida en el techo. Me miró con una sonrisa triste. Lo sabía. Sabía que venía de acostarme con alguien más. De seguro se pasó las horas imaginándome en los brazos de un hombre alto, fuerte e inteligente como supone me gustan. No dijo nada. Apenas preguntó "¿Cómo te fue?", yo le respondí "bien, gracias", y nos tendimos en la cama. En la noche intentó tocarme pero no se lo permití. No me parecía bien hacerlo con dos personas el mismo día. No le importó mi rechazo. Se abrazó a mí como una enredadera y así amanecimos.

Hoy vendrá a la casa y no sé que decirle. Ha empezado a hastiarme su compañía. Además, hace tiempo que quiero terminar la relación y no lo consigo. Cuando me habla le respondo con desdén, mientras me digo a mí misma que no dejaré que se me acerque. Mas en la noche, cuando sólo la penumbra nos acompaña, siento su pierna entre las mías y su brazo sobre mi brazo. Me quedo tendida, le permito que me explore, que me hurgue, hasta que estallo en miles de fragmentos y quedo mustia y sin fuerzas.

No sé, pero creo que esa maldita cama está embrujada. Cada vez que me acuesto en ella pierdo los bríos y hace de mí lo que quiera. Cuando pienso en ella me acuerdo de Sansón. Mientras el héroe debía permanecer alejado de Dalila, yo debía permanecer alejada de la cama. Pero ambos, Sansón y yo, no podíamos resistir los encantos de nuestras tentaciones. Talvez en el fondo los dos somos débiles.

Ando por los rincones pensando en cómo pasar el tiempo. Me siento en un sofá frente al televisor. Lo enciendo. Nada interesante. Lo apago y me levanto, camino hasta un estante con libros y escojo uno al azar. "El amor en los tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez. Enciendo la radio y sintonizo mi estación favorita. Jazz. Me siento en el mismo sofá y abro el libro, mientras me llegan los acordes de una guitarra. Leo. "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados". Cerré el libro de golpe y me dirigí a la cocina, mientras pensaba que ese escritor no me iba a gustar para nada. En el refrigerador lo único que encuentro es agua para una garganta sedienta y una botella de vino tinto por la mitad.

Voy a mi habitación, enciendo la luz y observo mi imagen en el espejo. No luzco tan mal. Si tan sólo tuviera un poco más carne aquí y allá, dejaría de exhibir esa planicie de tabla. Tomé la larga cabellera muerta entre mis manos y mientras la recogía pensé: "Uno de estos días lo cortaré y lo llevaré como mi amante". Tiré de mi bolso y salí de la casa en busca de comida. Lo hice a pie, disfrutando de los rayos de naranjas del sol antes de ocultarse.

Las calles pavimentadas presentaban el flujo cotidiano de carros a los que ya estaba acostumbrada; los altos edificios, como monstruos, ahogaban las residencias ubicadas en medio de ellos. Vi un establecimiento de comida rápida y decidí entrar. Mientras devoraba una hamburguesa pensé en la visita que recibiría. Seguro se quedará a dormir. No era tan mala compañía después de todo. Por lo general hacía lo posible por hacerme sentir relajada. Al igual que cuando salimos. Era tan amable que casi siempre terminaba molestándome. Ya le he dicho que no manifieste tanto afecto en público, pero parece que no entiende. Se la pasa mirándome, queriendo tomarme de la mano, abrazarme o darme un beso.

Yo no quiero que la gente sepa lo de mi amante. Y es que en esta sociedad las mujeres debemos ceñirnos a las dichosas normas ya establecidas. Para el hombre las cosas son más fáciles. Si una mujer se acuesta con un hombre es condenada, si un hombre lo hace con una mujer es motivo de celebración. Ya me imagino si se enteraran de mi relación. Mi familia me llamará, exigirá que confiese mis pecados, me ordenará terminar cualquier lazo con mi amante y cuando lo haya hecho, me aceptará de nuevo en su redil. Habrá recuperado a la oveja perdida en caminos inciertos y oscuros.

Terminé de comer y motivada por un impulso pedí otra orden para llevar. "Por si llega con hambre", me dije. Inicié el trayecto de regreso y al llegar a la casa, ¿qué me encuentro? Frente a la puerta, como tronco inmóvil estaba ella. Llevaba una falda negra y corta que acentuaba sus largas y poderosas piernas, la blusa estaba desabrochada justo hasta el nacimiento de sus senos. Me miró igual que siempre, como el que no espera nada, con esa parsimonia que la caracteriza. "Te traje esto", le dije y le entregué la bolsa de papel que colgaba de mi mano. Abrí la puerta y entramos. Mientras engullía la hamburguesa yo veía televisión, sin dirigirle una mirada. La frialdad entre ambas era evidente. No hablamos, sólo vimos una película del viejo oeste cuya trama no recuerdo. Parecíamos dos estatuas, hechas de mármol frío y sin vida.

Nos turnamos para bañarnos y nos tendimos en la cama. En esa maldita cama que como telaraña me atrapa. No hubo variaciones. Todo parecía la repetición de una misma escena. Las dos de espaldas, abrazando la almohada, fingiendo dormir, mas con la respiración pesada y el corazón acelerado. Una gotera proveniente del lavabo del baño cortaba como navaja el silencio. Yo podía escuchar la saliva grumosa resbalar por la garganta de ella. Luego comenzó el tanteo, leve y sutil en principio, después fiero y osado.

No sé cuanto tiempo podremos llevar esta extraña relación. Yo pienso que lo que nos une es ese sabor de lo prohibido, ese gusanillo que se retuerce y en las noches despierta nuestro deseo. Y no tan sólo eso. Por lo general, en las mañanas, cada vez que despierto y siento mi cuerpo como carretera transitada, reflexiono apesadumbrada en la cotidianidad que me embarga, en esa costumbre que me lleva como goleta rota, por los inexplicables laberintos de mares, dragones y fantasmas.

© Rosa Silverio 1998
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