La literatura y sus ecos femeninos

Por Rosa Silverio

Cuando se habla de la literatura universal, siempre se cita una pretenciosa lista de escritores y como retazos aparecen los ecos femeninos. Esto se debe a una realidad innegable: los hombres dedicados a las letras son más en cantidad y también en producción. Sin embargo, para que la literatura también tenga formas de mujer, no es imprescindible incrementar el número de damas dedicadas a este oficio. Basta con que las que son, tengan una presencia real y contundente en el escenario cultural, y asuman esto como una forma de ser, como una forma de vida.

¿Por qué? Porque escribir debe ser algo mucho más apasionado y constante que tejer unas líneas cada vez que hay un cambio de estación. Un escritor es una criatura comprometida con el arte y con su discurso, alguien que profesa un amor especial por la palabra y lo manifiesta con la entrega al lector del resultado de esa experiencia amatoria.

Sin embargo, sería un juicio ligero de mi parte afirmar que sólo aquellos autores que han publicado o escrito innumerables obras son realmente importantes, puesto que todos conocen la grandeza de Franz Kafka, quien en vida publicó sólo algunos libros y que antes de morir pidió que todos sus textos fueran quemados. Gracias a la desobediencia de su amigo Max Brod, hoy disfrutamos de la obra monumental de un escritor brillante, mordaz y atormentado. En el caso de las féminas, puedo citar a la norteamericana Emily Dickinson, cuyos poemas permanecieron en un cajón de su cómoda y sólo algunos vieron la luz a través de varias revistas. Gracias a su hermana Lavinia, hoy conocemos toda la obra de una de las glorias de la literatura estadounidense.

En nuestro país, por ejemplo, tenemos a la puertoplateña Altagracia Saviñón, quien a principios del siglo XX publicaba artículos bajo el seudónimo de Violeta de la Fronda y cuyo poema “Mi vaso verde”, publicado el 3 de mayo de 1903 en la revista La cuna de América, la consagró como una poeta de especial sensibilidad y alto vuelo, pese a carecer de una obra extensa y de que sólo algunos poemas de su autoría han podido ser rescatados de los vestigios del tiempo. Sin embargo, no ha sido otro sino “Mi vaso verde” el texto que la ha inmortalizado, por convertirla en una de las precursoras del simbolismo en la República Dominicana y por supuesto que por la hondura de sus versos.

Además de las razones referentes a la producción literaria, la presencia de la mujer en la literatura se ha visto limitada por los mismos problemas que atañen al hombre escritor: la carencia de proyectos editoriales dinámicos que nos respalden. Esta situación es mucho más marcada en la República Dominicana en donde no existe una industria editorial sólida, por lo que para un autor publicar en nuestro país debe realizar un esfuerzo de titanes y convertirse en editor, diagramador, distribuidor y agente literario. En esta tierra colocada en el mismo trayecto del sol, abundan las ediciones de autor, rebosantes de erratas pero realizadas con la intención de no dejar morir a la palabra por la falta de recursos o de un proyecto sólido impulsado por las autoridades oficiales o por grupos económicos expertos en el área. No es un secreto para nadie los artilugios de los que debe valerse un artista para dar a conocer su obra. Desde aquellos que buscan patrocinios en bancos y empresas poderosas, hasta los que desembolsan el costo de la diagramación e impresión de su propio bolsillo, y que luego tienen que sudar el libro bajo el brazo durante el trayecto que los llevará a las librerías que suelen quedarse con dos o cinco ejemplares a consignación, bajo riesgo de que nunca les sean pagados o de que una de las tres cadenas que venden libros y que están establecidas en el país –me refiero a la Librería Cuesta, Thesaurus y La Sirena- le digan que ellos no compran porque aquí la gente es inculta y no lee. Y quizás sea cierto que no se venden muchos ejemplares, pero para un escritor las puertas nunca deberían estar cerradas y mucho menos si el libro es entregado a consignación.

Pero el tema es otro. Como expliqué anteriormente, esa ausencia de una industria editorial y la carencia de recursos, hace que muchos autores se resignen a guardar sus libros hasta que lleguen tiempos mejores. Esta ha sido la situación de muchas mujeres que no han podido sostener una carrera constante o que han publicado su libro casi como una suerte de milagro, pero que debido al pobre empaque de su obra no han tenido el éxito de otros autores. Este es el caso de la mocana Sally Rodríguez, quien en 1985 publicó su primer poemario titulado “Luz de los cuerpos” y tuvo que esperar dieciocho años para ofrecer a sus lectores su segundo retoño titulado “Diálogo sin cuerpos”.

Este segundo poemario es un librito pequeñito y quizás para algunos insignificante, pero para mí, que lo he leído, constituye una obra bellísima y delicada, en la que una mujer nos muestra las sutiles y espumosas cavidades de su ser. Es una pena que pocos hayan leído ese poemario y que otros libros mejor empaquetados y promocionados con rimbombancia, brillen más que uno que merece ser ponderado en una dimensión más elevada y justa. Hace mucho Sally me dijo que tenía otro poemario inédito y lo que yo me pregunto es cuántos años tendrán que pasar para que los lectores disfruten nuevamente de sus versos. Es una pena que una de las autoras más importante de nuestra literatura actual esté condenada a la espera como una Penélope reinventada. Con el permiso de la escritora, me permito citar los siguientes versos que describen la forma como ella se percibe a sí misma e ilustran mi juicio sobre su inexistencia para muchos y al mismo tiempo evidencian su calidad literaria:

“¿Cómo recoger ahora mis días
yo que estoy tan invisible
y sin cuerpo?
¿Cómo podría nacer ahora de esta muerte
y recoger la luz si estoy sin ojos?
Un viento llega
abre las ventanas
¿Cómo me tocará
si estoy sin alas?” (Garganta en vuelo. Sally Rodríguez)

Otro de los motivos que paralizan la producción femenina es el temor a la crítica y al posible rechazo o indiferencia de los lectores. Claro, esta causa tampoco es exclusivamente femenina, aunque en el caso de la mujer adquiere unos matices muy peculiares. Un ejemplo masculino está en Santo Domingo, en donde vive el talentoso escritor Juan Freddy Armando, quien a pesar de tener una gran producción literaria, la misma descansa en algún rincón de su casa, y para leerlo debemos recurrir a los portales de Internet o a las diversas antologías impresas. Siempre me he preguntado qué impide que un autor de la talla de Juan Freddy publique su libro, si oportunidad no le falta ni tampoco una obra sólida merecedora del más alto galardón que se otorga en nuestro país. Al carecer de un motivo preciso e irrefutable, me inclino por achacárselo al temor que tenemos todos los autores a que la selva nos devore.

Lo mismo ocurrió en Santiago con la escritora Carmen Pérez Valerio de quien por mucho tiempo sólo se conocían poemas sueltos que evidenciaban su gran talento y su emoción desoladora. Mucha gente animaba a Carmen a publicar su obra, sin embargo, la autora no terminaba de dar el paso, lo más probable por temor a la crítica o a no ofertar al público una obra digna de su intelecto y fuerza espiritual. La opinión de la gente y las expectativas anticipadas, suelen convertirse en un monstruo que asusta a los escritores y paralizan su presentación en público. Pero esto no es nada nuevo, recapitulemos en la ya nombrada Emily Dickinson, cuya timidez y temor le impidieron disfrutar de los lauros del oficio mientras vivía. Sin embargo, esto no le resta ni una pizca de grandeza a la obra de la autora.

Cuando mencioné que el miedo de la mujer escritora tiene matices que lo diferencian del que pueda sentir el hombre dedicado a las letras, lo hice porque como todos sabemos, todavía la lucha de la mujer por la reivindicación de sus derechos y de su dignidad como ser humano es larga y ardua. Las escritoras tienen que luchar con lo que los prejuicios sociales y preceptos morales dictaminan que les está permitido decir y aquello de lo que realmente ellas quieren hablar. Si un hombre aborda temáticas como el sexo, el aborto, la homosexualidad o la carencia de fe, la gente lo asume como una escritura fruto de su labor investigativa y de sus hondas reflexiones. Si lo hace una mujer, inmediatamente las personas tienden a remitirlo a una esfera personal.

Una de las cosas que más me preocupan de las escritoras es el miedo a que por la temática de su obra se maltrate la delicada piel de su moral o se cuestione la naturaleza de su ser. En principio, cuando las mujeres comenzaron a tantear el mundo literario, muchas de ellas escribían bajo seudónimo para salvaguardar el honor, debido a que no era bien visto que una dama se dedicara a cualquier cosa que no fuera el cuidado del hogar. Por esa razón, la novelista inglesa Mary Ann Evans cambió su nombre por el de George Eliot y mantuvo en secreto su identidad por mucho tiempo. Con tan sólo diecisiete años esta mujer fue expulsada de su casa por su padre debido a su confesado agnosticismo y luego se convirtió en la amante de George Lewes quien estaba casado. Por esta relación la sociedad victoriana de la época la condenó al ostracismo, pero la autora jamás renunció a su amor, el cual terminó sólo con la muerte del amado.

Resulta sorprendente que los prejuicios por los que condenaron a Eliot en el siglo XIX sean los mismos por lo que a las autoras contemporáneas se les juzga y se les señala con el dedo acusador. Nadie puede negar o pretender ocultar las repetidas bromas que se han hecho contra Ylonka Nacidit cuestionando su identidad sexual como si este tema no fuera parte de la intimidad de esa mujer o las indelicadezas que se han dicho sobre una dama como Rosa Julia Vargas por preferir amar a su familia antes que andar dando tumbos por los predios culturales y por escribir una novela inspirada en un suceso personal.

Otro caso interesante lo constituye la escritora americana Sor Juana Inés de la Cruz, quien prefirió vestir hábitos antes que contraer matrimonio y renunciar a su pasión por las letras. Sin embargo, que una religiosa y mujer se dedicara a escribir no pasó por alto a la sociedad del siglo XVII. Es muy conocida la misiva que en 1690 publicó el Arzobispo de Puebla firmada bajo el seudónimo de Sor Filotea, en la que le pedía a Sor Juana que se alejara por completo de las letras profanas y se dedicara solamente al servicio religioso. La respuesta de la escritora fue una larga carta denominada “Respuesta a Sor Filotea” en la que defiende su derecho y el de todas las mujeres a mantener una vida cultural. En uno de sus sonetos, la mexicana justifica su amor por la creación literaria al decir:

“¿En perseguirme, Mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas, en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?” (Soneto II. De los Filosóficos-Morales)

Otra de mis preocupaciones es la negación del yo femenino que hay en algunas voces. Recordemos el caso de la escritora francesa Aurore Dupin quien además de cambiar su nombre por el seudónimo masculino de George Sand, desarrolló la afición por vestir con ropas varoniles lo que le permitió pulular libremente por las avenidas de París y acceder a sitios en donde a la mujer no le era permitido entrar. Sin embargo, esta castración del ser femenino se extiende mucho más allá de la vestimenta, pues muchas autoras creen que para ser reconocidas deben escribir como lo hacen los varones, debido a que existe la falsa creencia de que la gran literatura está en los grandes temas que eternizaron los hombres cuando a la mujer no le era lícito escribir. La ensayista española Laura Freixas lo explica muy bien al señalar que "lo femenino se asocia con lo particular, y lo masculino con lo universal", también apunta que “existe una línea de pensamiento que identifica lo femenino con lo malo".

Recuerdo con gracia y un poco de indignación, el día en que una escritora cibaeña me vio leyendo un libro de la colombiana Laura Restrepo y con cara de asco me dijo que dejara de leer eso y me pusiera a leer El Astillero de Juan Carlos Onetti. No dudo de la calidad del libro recomendado por la dama, pero no creo que el camino sea precisamente rechazar la literatura que escriben las mujeres por considerarla fofa o blanda, y escudarnos en la literatura masculina por hacernos creer que es más sobria y global.

En principio debo decir que no me gusta establecer diferencias entre la literatura escrita por hombres y la escrita por mujeres, puesto que lo que realmente interesa es que todos tengan las mismas oportunidades para escribir y desarrollar su genio, y luego que sobrevivan los escritores realmente buenos. Pero ya que me embarqué en esta reflexión, debo aclarar que si bien es cierto que la literatura de la mujer nos remite a una intimidad y universos interiores específicos, no menos cierto es que la incursión de la mujer en la literatura ha servido para que toda la humanidad mire por el ojo de la cerradura y conozca, no a la criatura mítica y frágil o pervertida y diabólica que nos dibujaron los hombres en sus historias, sino a la mujer real, de carne hueso, esa que siente ganas, que es fuerte y vulnerable al mismo tiempo, que tiene bajas pasiones y altos ideales como los demás seres de la tierra; esa que no es blanca, ni negra, ni roja, sino que más bien cuenta con distintas coloraciones, con profundos caminos y extraños recovecos. También la pluma femenina contribuye a mirar desde otra perspectiva temas tan interesantes como la maternidad, el matrimonio, el trabajo, la muerte, el deseo y el amor.

Quizás todo reside en lo que escribió la escritora española Lucía Etxebarría, quien al referirse a la diferencia entre la literatura escrita por unos y por otros, dijo que todo radica en que “ellos son más visuales y descriptivos, ellas más sensuales y plásticas, porque los hombres cuentan lo que ven y las mujeres lo que sienten".

Sin embargo, yo apuesto por la manifestado por la escritora inglesa Virginia Woolf quien al referirse a la obra de Jane Austen dijo: “Es la mayor escritora… no intenta escribir como un hombre. Todas las demás lo hacen; por esa razón, yo no las leo”.

Pero a lo mejor la solución esté en otra de las tesis de Woolf, quien basada en lo que dijo Coleridge una vez sobre que las grandes mentes son andróginas, sostuvo que todo gran escritor es aquel que tiene desarrollada tanto su parte masculina como su parte femenina porque “la mente andrógina es sonora y porosa; transmite la emoción sin obstáculos; es creadora por naturaleza, incandescente e indivisa”.

En definitiva, la mujer de todas partes del mundo y en especial la mujer dominicana, tiene toda la potestad de escribir como le parezca, pero me parece que no hay necesidad de aniquilar el aroma femenino, y menos en esta época en la que a la mujer se le abren muchas puertas y para las que aún permanecen cerradas, ya nosotras sabemos que tenemos la fuerza suficiente para derribarlas. Esa actitud victimista, a la defensiva o agresiva, de tiempos anteriores, ya no resulta necesaria debido a que, aunque aún sobrevive la presión social y la amenaza del zarpazo de la crítica, nada impide que la mujer deje fluir sus aguas con naturalidad y calma, y si de algo soy conciente es de que toda persona pública, independientemente de su sexo, siempre será cuestionada.

Hay otro punto que resulta importante abordar y es el comportamiento de las escritoras en el escenario cultural y su manera de relacionarse con los demás agentes que conforman este círculo. Siempre he visto con inquietud que las autoras se relacionen sólo entre sí, que se lean las unas a las otras y organicen actividades sólo para ellas, creando una especie de gueto que las aísla del ambiente literario. Así mismo, en República Dominicana hay quienes se quejan de la falta de oportunidad que existe para las escritoras y dan como una solución la creación de concursos sólo para mujeres o de editoriales que se dediquen a la publicación de obras netamente femeninas.

Estas propuestas no son novedosas pues ya se han aplicado en muchos puntos del mundo y un ejemplo es la editorial española Torremozas dedicada a la difusión de la literatura femenina, la cual realiza anualmente varios concursos como el Carmen Conde, en el que sólo pueden participar mujeres de cualquier lugar de habla hispana. En principio estos proyectos son sumamente favorables pues sirven para democratizar un sector que durante años ha estado monopolizado por los hombres. Son ventanas que se abren para impulsar un grupo determinado, darles la oportunidad que por mucho tiempo les fue negada y defender su derecho a desarrollar su talante creador.

Sin embargo, esta es sólo la primera etapa de la participación igualitaria que debe existir en la clase artística y lo interesante sería avanzar hacia otras posibilidades más integradoras en las que la mujer interactúe y compita con los hombres en un escenario en donde lo que se tome en cuenta no sea el sexo sino el talento del creador y la calidad de su obra. Resultaría maravilloso ver avanzar a las escritoras nativas y en particular a las escritoras del Cibao, como una masa pulposa dispuesta a extender sus tentáculos a todas partes, sin temor -y sin buscar- la segregación que muchas veces padecen.

Otro tema interesante es el de los premios literarios. Las estadísticas inclinan la balanza hacia los hombres puesto que la labor de la mujer ha comenzado a reconocerse cuando ya muchos de ellos han acumulado múltiples galardones. Para ilustrarlo mejor, les comento que el Premio Nóbel de Literatura se entrega desde 1901 y de las 103 ocasiones, 7 no ha sido concedido a ningún escritor. Así que de las 96 veces que sí se ha concedido, 86 veces han sido hombres y sólo 10 mujeres han recibido el más alto reconocimiento a las letras que realiza la Academia Sueca.
Un ejemplo más cercano es el del Premio Cervantes, el galardón más importante de las letras hispanas, que se entrega desde 1976, y que de las 28 ocasiones, sólo dos mujeres han recibido el premio, y son: la española María Zambrano en 1988 y la cubana Dulce María Loynaz en 1992.

En la República Dominicana se premia el esfuerzo y la calidad del escritor con varios certámenes, entre ellos cabe destacar el Premio Nacional de Literatura que ha sido entregado de manera ininterrumpida desde 1976 hasta la fecha durante tres décadas; y durante ese considerable período de nuestra historia cultural y literaria sólo una mujer ha sido reconocida, la francomacorisana Hilma Contreras que lo recibió en 2002. En cuanto a los premios anuales, si hacemos un balance, desde la fecha citada hasta hoy sólo lo han ganado 30 mujeres en distintos géneros. En la primera convocatoria de 1976 ganó Nidia Castro de Díaz con el ensayo “La protesta social en la obra de Rosalía de Castro”; y en la última entrega de 2004-2005 lo ganaron dos mujeres: Jenny Montero en Literatura Infantil, con su obra “El sueño de Agontina”, y Angela Hernández en Poesía, con su obra “Alicornio”. En resumidas cuentas, haciendo un balance de los datos disponibles, una inmensa minoría de mujeres han ganado el premio. Para no hacer muy extensa esta parte debo decir que el resultado, con nombres de mujeres escritoras, géneros, obras y años del período estudiado está disponible para su consulta. También debo agregar al listado de ganadoras, el triunfo de la joven Lissette Ramírez, nativa de San Francisco de Macorís, quien fue galardonada con el Premio Juvenil de Poesía Miguel Alfonseca 2005 que organiza la Feria Internacional del Libro.

En el Cibao se realizan varios concursos literarios organizados por instituciones culturales como: Amantes de la Luz y la Alianza Cibaeña en Santiago, Radio Santa María en La Vega, la Sociedad Cultural Renovación en Puerto Plata, entre otras. En estos certámenes las mujeres han tenido presencia y en varias ocasiones han recibido algún reconocimiento. Dentro de las que han sido premiadas están: Rosa Julia Vargas, Mélida García, Silvia Di Franco, Tanya Badía y Johanna Goede.

Ahora me apetece hablar un poco sobre estas escritoras, las del norte. Para resumir y hacer cuentas, en el Cibao hay muchas autoras y toda una tradición escritural con curvas femeninas. Algunas de esas mujeres que decidieron dedicarse a las letras son Taty Hernández, Tanya Badía y Ángela Hernández en Jarabacoa; Mélida García en Cotuí; Yrene Santos y Emelda Ramos en Salcedo; Hilma Contreras, Melba Marrero de Munné, Leticia Goris, Miguelina Lay y Lissette Ramírez en San Francisco de Macorís; Ida Hernández Caamaño y Fiume Bienvenida Gómez Sánchez en Montecristi; Aída Cartagena Portalatín y Sally Rodríguez en Moca; Ana Silvia Reynoso en Bonao; Altagracia Saviñón, Johanna Goede y Virginia Elena Ortea en Puerto Plata, aunque debo aclarar que Virginia no nació en esa ciudad pero desarrolló su vida cultural allí; las autoras santiagueras que engrosan el listado son Rosa Julia Vargas, Carmen Pérez Valerio, Argelia Aybar, Ana Virginia de Bordas, Mukien Sang Ben, Elsa Expósito, Leyda Veras, Aída Bonnelly de Díaz, Elsa Brito de Domínguez, Ruth Acosta, Judit Fernández, Silvia Di Franco, Carmen Comprés (quien nació en Moca pero ha hecho vida cultural en Santiago) y Altagracia Pérez (quien nació en Santiago Rodríguez pero ha desarrollado su carrera en la Ciudad Corazón).
De todas estas mujeres la de mayor resonancia ha sido doña Aída Cartagena Portalatín, quien a pesar de las vejaciones que vivió en su época, pudo sostener su discurso y destacarse como una intelectual importante que jamás podrá ser excluida de la historia de la literatura dominicana, y a quien se le dedicó la más reciente entrega de la Feria Internacional del Libro que se realiza en nuestro país. Uno de los mayores aportes de esta autora ha sido la reivindicación de la voz femenina en las letras dominicanas y su lucha porque la mujer ocupe un lugar más valorado y apreciado dentro del entorno artístico y social de su época. Nadie olvidará su poema “Estación en la tierra”, el cual surgió como un grito o más bien un canto de una criatura que se sabía libre y útil: “No creo que yo esté aquí demás./ Aquí hace falta una mujer, y esa mujer soy yo”.

Pero fue la francomacorisana Hilma Contreras, la que coronó la participación femenina en el escenario cultural, al ser la primera y única mujer que ha sido galardonada con el Premio Nacional de Literatura que otorga la Secretaría de Estado de Cultura y la Fundación Corripio.

Sin embargo, de las autoras norteñas que están vivas y activas, la que ha sostenido una carrera coherente, sólida y en ascenso permanente, es la jarabacoeña Ángela Hernández, quien en 1998 obtuvo el Premio Nacional de Cuento por su libro “Piedra de Sacrificio”, en 2001 recibió el Premio Novela Corta que otorga la editora Cole por su libro “Mudanza de los sentidos”, y hace poco recibió el Premio Nacional de Poesía 2004 por su libro “Alicornio”. Esta autora de 51 años ha publicado dos novelas, varios ensayos, cinco libros de cuentos y cinco poemarios, que la convierten en la mayor representante del conglomerado de mujeres escritoras de la región.

Una mención especial merece la narradora Rosa Julia Vargas quien en noviembre de 1999 decidió impulsar el proyecto de difusión cultural denominado “Mythos”, la única revista literaria que se edita con regularidad y que hasta la fecha lleva 26 números ininterrumpidos con carácter trimestral. Cuando esta criatura “delgada y sin color”, como la llamó su directora, salió por primera vez, muchos apostaron por su naufragio inmediato. Pero en lugar de suceder eso, Mythos ha engordado, ha remozado su formato y en la actualidad cuenta con importantes intelectuales como colaboradores.

Sobre los temas que abordan las autoras cibaeñas, hay que resaltar que no hay diferencias contextuales entre la literatura que tejen ellas y la que hacen las autoras de Santo Domingo o de otros puntos del país, puesto que las nuestras hablan tanto de motivos urbanos como rurales, o de escenarios allende la isla. El amor, la soledad, la muerte, el vacío, las tradiciones, los mitos, el misterio, la espiritualidad, Dios, la política, el entorno social, forman parte del universo temático de estas escritoras.

En el tópico de la soledad y el tedio citadino, la escritora Carmen Pérez Valerio ahonda con su poemario “Rumor Cotidiano”, publicado en 2003 por Cocolo Editorial. El tema amoroso es tratado por autoras como Yrene Santos, Ángela Hernández, Taty Hernández e Ida Hernández Caamaño. La temática indigenista y costumbrista es rescatada y valorada por Emelda Ramos, quien hace un aporte especial y significativo en el área. Emelda también nos habla en su literatura sobre las leyendas y mitos, a lo que también Taty Hernández aporta su grano de arena con su texto Xiguapa que aparece en el poemario “Temblor de la espera”, publicado en 2003. Argelia Aybar y Elsa Brito de Domínguez ahondan en el fuego espiritual y el amor a lo divino. Carmen Comprés y Sally Rodríguez nos hablan de las pequeñas cosas y ofrecen una poesía sensitiva, breve y hermosa, en donde la naturaleza les sirve de vehículo para expresar sus emociones. La relación entre mujeres, ese vínculo madre-hija, hermana versus hermana, es abordado por Rosa Julia Vargas en su novela “El rastro de Caín” publicada en 1998. Por su parte, Doña Aída Bonnelly de Díaz se ha destacado en la temática infantil, con sus cuentos para niños agrupados en libros como “Vuelo de amigos” publicado en 1998 y “Timo el dinosaurio” editado en el año 2000.

Resulta curioso constatar que, a diferencia de las mujeres del boom, las habitantes del valle del Cibao han coqueteado de manera tímida o camuflajeada con temáticas controvertidas como el sexo, la homosexualidad, el suicidio, el aborto o la violencia de género. Entre las que no se han amordazado o quizás hayan sentido mayor interés están Ángela Hernández, Mélida García, Hilma Contreras y Aída Cartagena Portalatín. Una de las cualidades de la obra de Ángela es precisamente su naturalidad al abordar el erotismo y de Mélida puedo decir que en alguna creación suya ha recogido una realidad social como lo es la homosexualidad femenina, anteriormente planteada en el cuento “La espera”, escrito por Hilma Contreras. Mélida fue una de las antólogas y promotoras de la única antología de la literatura gay en la República Dominicana. También la ya fallecida Aída aborda un tema tan comprometedor como el incesto, en su novela “Escalera para Electra”, la cual fue finalista en 1969 en el Premio Biblioteca Breve que organiza la editorial española Seix Barral.

En resumidas cuentas, la mujer escritora existe. No es una entidad invisible ni una criatura cobarde que anda a tientas en el ambiente literario. Su legado está presente en los libros publicados y en las transformaciones que ha logrado gracias a su obra. Quizás no disfrute de una situación idílica ni totalmente favorable, pero a pesar de las limitaciones ya citadas, hace sus aportes y no deja de compartir su creación. La mujer dominicana también ha dejado una huella en la historia literaria de nuestro país y hay toda una tradición de escritoras que respaldan a las autoras contemporáneas. Para orgullo nuestro las cibaeñas también escriben y debido a su trabajo se han granjeado el respeto y el reconocimiento del mundo cultural. Lo que hace falta ahora es que ellas, las que realmente son, logren sobrevivir al cedazo del tiempo y nunca olviden que, como dijo la escritora mexicana Rosario Castellanos, siempre hay un “modo de ser humano y libre”, una forma en la que no hace falta ahogar el yo íntimo y personal para salir a la calle a conquistar escenarios. Por eso siempre he tenido la íntima convicción de que con la participación de la mujer, la literatura universal siempre será más rica y diversa, tendrá otras texturas y podrá mostrar a toda la humanidad una panorámica más real y completa sobre la sociedad en la que nos ha tocado vivir.


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Bibliografía consultada:

-Austen, Jane. Emma. Barcelona, España. Editorial Lumen y Tusquets Editores. 2002.
-De la Cruz, Sor Juana Inés. Selección Poética. Buenos Aires, Argentina. Editorial Kapelusz, S.A. 1972
-Rodríguez, Sally. Diálogo sin cuerpos. San Francisco de Macorís, República Dominicana. Editorial Ángeles de Fierro. 2003.
-Woolf, Virginia. Una habitación propia. Barcelona, España. Booket.1997.
-http://www.escritoresdominicanos.com/ . Portal dedicado a la difusión de la literatura dominicana, creado por Franklin Gutiérrez.
-http://www.ucm.es/info/especulo/numero18/etxebarr.html. Web en la que aparece el artículo Compromiso feminista en la obra de Lucía Etxebarría por Juan Senís Fernández.
-http://www.weblinguas.com.br/espanhol/biblioteca.asp?offset=7&codigo=15 . Web en la que aparece una entrevista realizada por la agencia EFE a Laura Freixas.
-http://es.wikipedia.org/ . Portal enciclopédico de acceso gratuito.
-http://www.epdlp.com/ . Portal dedicado a la difusión de la literatura universal.