Sobre la poesía

Por Rosa Silverio

“¡Oh poesía! por ti sostengo mi pluma,
yo, que no soy todavía un glorioso habitante
de tu ancho cielo” (“Sueño y Poesía”. John Keats”)

Siempre me ha parecido que la poesía es una de las artes más puras y eternas. Lo he confirmado leyendo a John Keats, Wislawa Szymborska, Franklin Mieses Burgos, Dulce María Loynaz y otros autores de mi predilección. Para muchos, escribir es una ciencia, una cuestión de intelectuales y hasta han llegado a compararle con un programa informático. Para mí la poesía es algo más que un lenguaje exacto e insondable. Es algo más que una estética. La poesía es un canto que sólo debe ser entonado por el alma. Desde la desnudez absoluta y radical. Desde la sima más honda de todas las cosas. Ya lo dijo Rilke mejor que yo: “Busque la hondura de las cosas; allí nunca desciende la ironía”.

Pero ese canto que emite la poesía no es sólo para el deleite de los sentidos o para el regocijo del espíritu. En el poema que sale de las entrañas mismas del alma hay una poderosa verdad que es capaz de sobrevivir a todas las embestidas del tiempo. Verdad que nunca será sucedáneo de la realidad. Todo lo contrario. Lo que hay en el poema es la realidad misma entendida y elevada a su condición más pura, simple y transparente.

Por eso, para escribir no hace falta leer un manual ni comulgar con algunos dogmas de moda. Lo realmente necesario es beber de la fuente inagotable que hay en los mejores libros de poesía y vivir la vida con honestidad y absoluta conciencia del ser, como escribió la portuguesa Sophia de Mello quien sabiamente afirmó que la poesía no le pedía una ciencia ni una estética ni una teoría, sólo “una entereza de mi ser, una conciencia más honda que mi inteligencia, una fidelidad más pura que aquella que puedo controlar”.

El poeta es y siempre será un elegido. Alguien que posee el don de escuchar esa música, ese rumor, ese oleaje que otros luego aprecian cuando tienen ante sí el resultado de esa vivencia abrumadora. Hay dos armas esenciales para el poeta: la soledad y la imaginación. A solas, el escritor tiene la oportunidad de convertir toda experiencia sensitiva en poema y a solas puede escuchar su propia voz que, al momento de crear, es la única que importa: “Las obras de arte viven en medio de una soledad infinita” (Rainer María Rilke).

Por otro lado, la imaginación es un lugar lejano, mágico, frutal y eterno que siempre recibirá de buen agrado la visita del artista. Algunos, con el pasar de los años, visitan con menos frecuencia ese lugar paradisíaco y terrible. Otros viven allí, han hecho de la imaginación su residencia, su hogar permanente y el rincón en donde prefieren morir. Pero, sin importar cual sea el caso, este es un recurso vital para el creador y coincido con el escritor francés Maxence Fermine quien asegura que para el poeta lo más difícil “es vivir cada momento de su vida a la altura del sueño, no bajar nunca, siquiera un instante, de la cuerda de su imaginación".