Inquietud Fugaz de una Rosa Desnuda

Por Manuel Llibre Otero

(Presentación del libro “Desnuda”, de Rosa Silverio.
Santiago, 30 de agosto de 2005, Gran Teatro del Cibao)

Asisto a la cita donde una mujer se desnuda, poéticamente hablando, en este lúdico strip tease de poesía y fotografía. Aún no sé si la poesía puede fotografiarse, pero es claro que la poesía sí puede fotografiarlo todo, incluso algo tan poco poético como la desnudez humana, la cual avergüenza y amedrenta, emociona y seduce. Es así como la desnudez fotografiada tiene que poetizarse para que no moleste, porque el resplandor de la lascivia supera la propia fuerza del erotismo y debemos, pues, cuando poetizamos o fotografiamos la carne desnuda, escapar de las deliciosas aristas del morbo y atribuirle adjetivos como artístico, plástico, y es que el poder omnipotente de lo pecaminoso nos acecha en cada palabra, en cada gesto y es así como nacen las poetas eróticas y los fotógrafos del desnudo artístico.

He releído estos poemas y no he podido evitar pensar en la dualidad de la rosa desnuda, aquella que tantos poetas ha vencido. La rosa es unas veces virtud y magia de la naturaleza, es arte y pasión desatada, es poéticamente la unidad de un cosmos, un signo de fe, amor y esperanza; pero la rosa desnuda es tambien la poderosa gracia que oculta la concupiscencia, la forma que incita a pecar, la voz que nos llama a transitar por el mundo de la carne y su lujuria. Rosa dice “Aún mi amor no ha florecido en tu suelo, / ni mi piel ha rozado tus caderas...” . En este “Canto al amor desconocido” encuentro un poemario que además de sus raíces en el erotismo, luchará por alcanzar las bondades y las realidades de la vida de una mujer y su entorno.

Desde Roque Dalton (“Cuando te me desnudas con los ojos cerrados/cabes en una copa vecina de mi lengua, /cabes entre mis manos como el pan necesario”), hasta Juana de Ibarbourou (“Me iré desmenuzando en quietud y en silencio/ bajo la tierra negra,/mientras encima mío se oirá zumbar la vida/como una abeja ebria.”) somos una raza que respira erotismo y celebra la vida. En Rosa Silverio encontramos a una poeta bajos estos mismos efectos de esa embriaguez donde atrapamos la sensación que vuela y la materializamos en las más variadas facetas de la realidad, encontramos una mujer dispuesta a ser tan febril como lógica, tan humana como irreal: “Yo, dotada de formas femeninas, / de pensamientos rebeldes / y sensibilidad de pájaro, / soy tan sólo un grano de arena / que se deliza con suavidad / por las hendiduras de tus dedos.”

En una crítica imperfecta al recorrido de la mujer en la literatura dominicana, el erotismo suele nombrarse como un escape de los rigores de un hogar y sus labores. En cambio Rosa, no parece querer escapar de los moldes tradicionales del género, todo lo contrario, quiere hacer residencia en el erotismo mismo de la palabra y desnudarse como quien se instala, como quien domina, como quien toma lo que le es propio: “Desnuda soy hermosa (...) / Desnuda soy un pájaro sin prisa (...) / Desnuda soy violenta (...) Desnuda soy honesta ...”

En su poema “Desnuda”, el cual da título al poemario, encontramos ciertamente como ella lo canta, la definición de una obra vestida de honestidad, o mejor de dicho de una desnudez, donde la conciencia es una mirada al Norte, hacia un mundo demarcado por las rutas de la sangre, no la derramada en enfrentamientos violentos, sino aquella alterada durante los amorosos enfrentamientos de los cuerpos.

Hay también en una serie de textos un cierto reclamo, una voz necesaria de la mujer que ama y tiene miedo a perder el objeto de su posesión. Si bien en poemas como “Despedida”, es como una súplica: “...No me dejes. / Y tú dijiste: Los siento, mi promesa aquel día fue / que permanecieras intacta.”, en otros el juego de seducción de las promesas de amor y el abandono es asumido como un deleite, como el aceite con el que se ungirá la piel para que conquiste y nos brinde satisfacción: “Me gusta ser la amante, / la querida, / la que te envuelve con el olor de la amapola. (...) tu cajita de pandora, / la enviada de Satán. / Definitivamente, / me gusta ser la otra.”

El poema final del libro, bien podría ser una suerte de revelación, y es que, como sucede en los cuentos que he leído de Rosa Silverio, su escritura tiende a abrir la acostumbrada puerta hacia otros mundos, con una cruel suavidad. “Dos cuerpos en la cama, / dos manos que se buscan, / dos mujeres que se acercan...” Toca en la vida lo que provoca, somos empujados por las puertas nubladas de los prejuicios y ahora sólo nos queda seguir leyendo: “ un labio que se vierte en otro labio / igual de dulce y feminino, / igual de tímido y errático...”.

Las palabras de Rosa Silverio en este libro están al descubierto. Sería tan pueril hablarles de silentes pasiones soterradas o centrarnos para su comentario en algunas libidinosas escenas que no necesitan llamar al imaginario, más bien necesitamos acudir al “excitadario”, si es que tal lugar se pudiese nombrase así, porque seguro estoy de que existe y de que libros como este contienen cifrado entre sus páginas las instrucciones para encontar su oculta posición.

“Siéntate y mastúrbate a mi lado, / yo miraré tu sexo sin tristeza...” Enseguida nos damos cuenta de que Rosa no ha dejado lugar para los sueños del mundo mágico y poético de siempre, queda ahora desnuda la cotidianidad en el texto, ella lo deja todo impacientemente en cueros, como deben quedar las amantes idealizadas esperando los favores de sus señores.

Pero no solo el cuerpo se desnuda, también los miedos y los paisajes, porque el hombre se compone de eso, de mucho paisaje y poca desnudez que apenas puede pintar un junco en el lago de la historia. “Amo a un hombre triste, / con el cuerpo cansado / como las ojas de un sauce.” A través de breves poemas como “Amo a un hombre”, Rosa revela los paisajes donde revelamos nuestra esencia humana y que a veces escondemos por sentirlos tristes. Pero la tristeza es el territorio donde siempre cae herida de muerte la poesía y nadie podrá superar a la insuperable sensación de tristeza de la poesía japonesa, así que Rosa, ni triste ni japonesa, asume este territorio sin secretos, donde somos totalmente humanos, quizás demasiado humanos y eso si no fuera a través de una fórmula poética, seguro que molesta: “Amo la violencia de su sexo, (...) la fría desnudez de sus miembros / y la inútil resistencia / de sus pasos y su piel.”

Leí que en la antigüedad la excitación podía ser una vía hacia la divinidad, quizás fueron los hindúes que dijeron esto, pues ellos nunca se ha avergonzado ni de la sexualidad ni de la carne, ya que si existe algún proyección de paraíso, tiene que ser la desnudez como única posesión del cuerpo: “A ratos pienso que nada me pertenece / ni siquiera la cordura.” Rosa Silverio sabe que hay belleza en lo efímero y la busca, la importancia para comprender muchos procesos poéticos radica más allá de hacer renacer lo místico, en estimular cierto estado de abandono, de lograr una escritura entre la fragilidad y la vanidad, y si se consigue como, expulsar todo lo terrenal mientras dure el instante de un verso y se crea el paraíso de la rosa desnuda.

Escribió Juan Ramón Jiménez que “Todas las rosas son la misma rosa” y que de alguna forma el universo entero queda contenido en ella. Acaso también la desnudez será siempre la misma desnudez y los poetas no hacen otra cosa que transparentarse egoístamente en sus obsesiones impresas: “Esto no es sueño, / es cansancio de mí misma...”. Los que se estén preguntando por el elemento autobiográfico, aquellos que suelen escudriñar las páginas con la morbosa intención de descubrir la confesión del yo, quienes buscan siempre balancear la imperfecta equación artista y hombre, deben prepararse para una intensa expedición. Ya sea entre sus labios, entre sus senos o entre sus piernas, estos poemas de Rosa Silverio pueden enterrarte, cercarte en esa búsqueda donde se explora un terreno tierno y con cierto aire peligroso, como debe ser todo tratado de erotismo, porque ella conoce bien su territorio y tiene total conciencia de sus posesiones: “Tengo dos brazos, / dos piernas, /dos tetas y mi sexo. / Una cabeza que se fragmenta / con cada pensamiento...”.

Nueva vez, la poeta recurre a decantar sus múltiples regresos y es que, Rosa Silverio se ha conformado a sí misma como una mujer que retorna, en su poema inicial en este libro leemos: “He vuelto a mi casa. / A mis tristes humedades.”. Es un volver para pintar las paredes de su yo interior o para redibujar sus circunstancias, no lo puedo saber y quizás en ese misterio reside su cajita de los recuerdos, la colección de sueños, el motor de la poesía sobre las ansiedades humanas.

Puedo al final de este breve ejercicio de voyeur, confirmar que la lectura de este libro nos llevará por dos prácticas, la primera deliciosa, que es la de aquella mujer que teje poemas sospechosamente cargados de erotismo para desnudar así a las otras Rosas que todas las Rosas y la que no lo son llevan dentro; y la segunda una llave hacia el intimismo y su cotidianas luchas, que no es ni soledad pura, ni puro desorden de lo vivido, más bien la construcción de un nuevo orden, una suerte de evasión poética, bueno, toda poesía es tambien una forma de evasión, donde encontrar en la vida que vivimos hoy, por así decirlo, alguna virtud: “Todo permanece en su lugar, / incluso la alegría.”

Celebramos este regreso de Rosa, trayéndonos su poemario engarzado con las fotos de Fausto Ortíz, que sin dudas componen exquisitas formas. Ambos han transitado la desnudez como rito para expresarse y ambos han buscado descubrirse a través de la desnudez propia y de los otros. Los invito entonces a entrar en su lectura y tambien desnudarnos, esparciendo palabras con la emoción de quien reparte caricias nuevas.