Mi derecho a no participar en una antología


En la pasada Feria Regional del Libro que se realizó en Santiago de los Caballeros, la Secretaría de Estado de Cultura puso a circular una antología con textos de todos los poetas de la ciudad. Yo no participé en el proyecto y mi decisión despertó comentarios airados sobre mi “inexplicable” postura.

El compilador de los textos fue el señor Enegildo Peña, actual Director Provincial de Cultura. Él me había pedido participar y yo en principio tuve mis dudas pero luego decidí que no era lo más conveniente para mí y que de hacerlo me arrepentiría toda la vida.

¿Por qué? Porque no siento ninguna afinidad estética, intelectual o espiritual con ese señor, porque desde mi punto de vista, carece de integridad y honestidad, y considero que su vida pública no la conduce con transparencia, pulcritud y respeto, sino con imposición e insolencia.

Además, en el pasado esa persona había demostrado su animadversión hacia mí, a tal punto de que durante un tiempo emprendió una campaña de descrédito en contra mía. ¿Los motivos de su antipatía? Mi decisión de renunciar de la institución cultural denominada Ateneo Insular, lo que él entendió como una falta de respeto al actual presidente de la Academia Dominicana de la Lengua (Bruno Rosario Candelier). Hecho curioso porque quien debía manifestar su descontento era el señor Bruno Rosario, y no una persona que no sólo no me conoce, sino que no tiene ni la más mínima idea de cuáles motivos me llevaron a renunciar del Ateneo (razones muy concretas y contundentes para mí, pero que no explicaré en este texto porque no tienen nada que ver con el tema que pretendo desarrollar).

El asunto es que, debido a mi desconfianza y a que me era imposible CREER en el señor Peña, decidí enviarle una comunicación en donde le informaba con mucha cortesía mi decisión de no participar en su proyecto editorial. Su respuesta fue que publicaría mis poemas porque una vez que un libro estaba publicado era del pueblo y todo el mundo tenía derecho a esos textos. Al parecer, él desconoce la ley dominicana 65-00 sobre derecho de autor y propiedad intelectual. Yo volví a insistirle que no publicara mis poemas y se lo exigí de manera firme. Su respuesta fue gritarme (vía telefónica) que yo me podía buscar todos los abogados que quisiera pero que por encima de mi cabeza él iba a publicar esos poemas míos.

Al parecer, su cargo público le hacía sentirse PODEROSO y él entendía que una escritora insignificante como yo, no tenía ningún derecho a decir no. Pero la ostentación de un puesto en el gobierno de turno, no le da derecho a una persona a querer imponer su voluntad sobre el derecho natural y legal que tiene todo creador sobre su patrimonio intelectual ("art. 3: El derecho del autor es un derecho inmanente que nace con la creación de la obra…”).

Para la mayoría de las personas, el que te incluyan en una antología significa la posibilidad de que mucha gente te lea y conozca parte de tu obra. Es la vía que muchos utilizan para difundir su creación y abrirse camino en el escenario cultural. Yo he participado en muchos proyectos de esta naturaleza, pero reconozco que no me motivan mucho. Esto se debe a que siempre he preferido el trabajo en solitario y disfruto más elaborando el producto que luego ofreceré a los lectores. Pese a no gustarme demasiado, siempre he participado con entusiasmo en las antologías a las que me han invitado. Claro, en todas ellas se me han pedido autorización para publicar mis textos y aunque no he recibido ningún tipo de remuneración económica, sí he recibido un trato respetuoso y delicado.

Sin embargo, en esta ocasión el señor Enegildo Peña estaba dispuesto a utilizar todas sus influencias y todo su poderío para publicar su antología tal y como la había concebido: con mis poemas incluidos. Yo le advertí que de producirse la publicación de mis textos me vería obligada a ponerle una demanda a él y a la entidad que publicara el libro, por violar los derechos que me confiere la ley.

Y aquí los cito para su conocimiento:

“Art. 19.- Los autores de obras científicas, literarias o artísticas y sus causahabientes, tienen la libre disposición de su obra a título gratuito u oneroso y, en especial, el derecho exclusivo de autorizar o prohibir:
1) La reproducción de la obra, en cualquier forma o procedimiento;
2) La traducción a cualquier idioma o dialecto;
3) La modificación de su obra mediante su adaptación, arreglo o en cualquier otra forma;
4) La inclusión de la obra en producciones audiovisuales, en fonogramas o en cualquier otra clase de producción o de soporte material; (…)
Art. 20.- Siempre que la ley no dispusiere otra cosa, es ilícita la reproducción, distribución, comunicación pública u otra forma de utilización parcial o total de la obra sin el consentimiento del autor o, cuando corresponda, de sus causahabientes u otros titulares reconocidos en la presente ley.”

Esta misma ley contempla la siguiente sanción para quien viole alguno de sus acápites:

Art. 169.- Incurre en prisión correccional de tres meses a tres años y multa de cincuenta a mil salarios mínimos, quien:
1) En relación con una obra literaria, artística o científica, interpretación o ejecución artística, producción fonográfica o emisión de radiodifusión, la inscriba en el registro o la difunda por cualquier medio como propia, en todo o en parte, textualmente o tratando de disimularla mediante alteraciones o supresiones, atribuyéndose o atribuyendo a otro la autoría o la titularidad ajena;
2) En relación con una obra literaria, artística o científica, interpretación o ejecución artística, producción fonográfica o emisión de radiodifusión, y sin autorización expresa:
a) La modifique, total o parcialmente;
b) La reproduzca, en forma total o parcial, por cualquier medio o en cualquier forma; (…)
11) Utilice de cualquier otra manera una obra, interpretación o ejecución, producción o emisión, de manera tal que infrinja uno de los derechos patrimoniales exclusivos reconocidos por la presente ley.”

(Para leer la ley completa pulsar aquí: http://www.cerlalc.org/documentos/rdominicana.htm )

Volviendo a los hechos, les cuento que todo este problema me tocó más hondamente al empezar a recibir llamadas de amigos y relacionados quienes me decían que estaba loca, que yo debía permitir que el señor Enegildo Peña publicara mis poemas porque no me podía buscar un problema “sin necesidad”. Una amiga cercana me llamó y me dijo que Enegildo era bueno y que yo debía dejar que publicara los textos porque eso iba a promocionarme. Un colega escritor y también funcionario de la actual Secretaría de Estado de Cultura, me llamó a mi residencia y estuvo más de media hora presionándome para que yo cediera y permitiera que Enegildo cumpliera sus deseos. Ese mismo escritor me dijo que yo debía actuar “con inteligencia” y que los autores inteligentes utilizan a los demás para conseguir sus propósitos.

Evidentemente yo no cedí. Y no mantuve mi postura por terquedad, sino por convencimiento, porque íntimamente yo estaba (y estoy) convencida de que no era correcto publicar mi obra en un proyecto en el que NO CREO, y tampoco me interesa compartir escenario con alguien que no me inspira respeto. Me parecía que de hacerle caso a la gente, iba a ir en contra de mis principios y yo siempre he procurado actuar con coherencia, de acuerdo a lo que pienso y siento. Quizás para otros no haya sido la decisión correcta, pero para mí sí lo era y lo sigue siendo. El hecho de no permitir que el señor Peña publicara mi poesía en su antología, supuso para mí una tranquilidad y una paz interior que NO TIENE PRECIO.

Luego de la llamada del colega escritor, me enteré que la Secretaría de Estado de Cultura publicaría la antología pero sin incluir mis poemas. Yo ya sabía que el asunto andaba de boca en boca y que todos me veían como una mujer pretenciosa, altanera, problemática y quisquillosa, que no se manejaba con profesionalidad y que estropeaba su carrera literaria por una animadversión personal. También me enteré de que el señor Pedro José Gris, quien fuera funcionario del mismo ministerio, fue interrogado por autoridades oficiales de Santo Domingo sobre mi renuencia a participar en ese proyecto, y su respuesta fue que yo era “una mujer depresiva, una loca que a cada rato hay que internarla en un psiquiátrico”.

Lo que me apena no es sólo que el señor Gris se refiera a mí de esa manera, sino que ese funcionario del gobierno hable públicamente de manera tan insensible y cruel sobre otro ser humano. Es sencillamente censurable que una persona se refiera a otra en términos tan irrespetuosos y que al mismo tiempo utilice un lenguaje peyorativo, discriminatorio e hiriente. Creo que, siendo un funcionario del Estado, cuyo salario proviene de los bolsillos de todos los ciudadanos del país y cuya misión es la promoción de la cultura, no es admisible que atente contra las personas que intentamos crear, a pesar de la situación tan desfavorable que estos mismos señores nos proporcionan.

Y bueno, días antes de la presentación del libro, el día de su presentación y posterior a eso, muchas personas se me han acercado, no para saber de mis motivos, sino para decirme que yo no tenía ningún derecho a no participar en un proyecto que era de toda la ciudad y que quedaría para la historia literaria del país. Lo que esas personas no saben es que yo no puedo honrar a una ciudad ni a un país sin antes honrarme a mí misma, porque antes de ciudadana, soy un ser humano, una criatura que procura vivir de acuerdo con aquello en lo que cree, porque sólo de esta manera puedo sentirme digna, sólo de esta manera puedo sentirme una entidad individual dotada de valor, que tiene algo que aportar a la colectividad en la que se desenvuelve.

Hasta la fecha actual he dado muy pocas explicaciones sobre este caso. Si ahora me decido a comentar sobre ello es porque hace meses leí a una autora que me fascinó: Amélie Nothomb. En su libro “Antichrista” leí una frase del escritor francés Georges Bernanos que dice: “La mediocridad es la indiferencia al bien y al mal”. El significado de esa línea me impactó y me hizo pensar que es precisamente la indiferencia, la complicidad o el silencio lo que hace que los errores y daños se repitan continuamente. Por tal motivo, entiendo que es hora de que comparta mi experiencia para si alguien se siente presionado por el gobierno, sus colegas o amigos, sepa que siempre tendrá la opción de ELEGIR y decir NO.

También lo hago porque me resultó paradójico e indignante que alguien que labora en la Secretaría de Estado de Cultura, cuyo organismo se supone debe velar por los intereses de los artistas, se dedique a ejercer tal imposición y acoso. Otra de mis razones es para honrar a mi “Buen Juicio”, el cual me llevó a tomar una decisión de la que me enorgullezco profundamente.

Lamento que amigos y colegas no hayan actuado con mayor receptividad y comprensión ante mi caso. También lamento que los rumores hayan querido imponerse a la verdad.

Lo que sí agradezco es el apoyo incondicional de mi familia y mi pareja. Además del apoyo de amigos como Miguel Collado Di Franco y Luis Toro Puig quienes entendieron a la primera mi necesidad de actuar de acuerdo a mis Convicciones y no a la Conveniencia.

Firmado,

Rosa Silverio
16 de noviembre, 2005