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Carlos Ardavín

Rosa Silverio
La memoria es un delgado hilo de sangre prístina que piérdese entre las piedras amadas y sencillas; las piedras que un día contemplaron la transparencia de unos ojos límpidos, abiertos al mundo y a la poesía.
Unos ojos, y el sonido silvestre y ajetreado de las palabras naciendo, surgiendo como un hálito de sorpresas y esperanzas. Tenso ahora este hilo, lo recorro con delicados ademanes, no vaya a ser que se rompa como una pompa de jabón en el aire. ¿Cuándo estuve en Santiago de los Caballeros? ¿En qué año de mi existencia paseé por sus calles, todavía recoletas en aquel entonces ya lejano? La memoria constituye una complicada travesía, sin destino cierto, sin caminos trazados, pues las trayectorias del alma siempre son erráticas, y no vale la pena forzar el recuerdo de una mañana evanescente.
De Santiago de los Caballeros guardo cual tesoro íntimo el olor del tabaco, la reciedumbre de un café colado a media tarde y la mirada quieta, callada, de Rosa Silverio. Ella me mira desde su silla, tose, comenta la calidad suculenta de la comida que hemos ordenado mientras Luis hojea el último libro de artículos de Italo Calvino. Rosa acababa de publicar su primer poemario, De vuelta a casa, y tenía estampada en sus ojos esa dicha que se siente al dar a luz el fruto primogénito de la escritura.
Como toda buena poetisa, asumía el mito de Penélope al caligrafiar versos de una rara belleza como estos: “Y he soñado. / Ayer me imaginé bordando el amor. / El velo de hilo azul se destejía / y yo seguía hilvanando mi sueño”.