La funámbula, el cerezo y la nada

A ti, porque nunca leerás esto.

"Sé que mi amor es más pesado que mi lengua" (El rey Lear. William Shakespeare)
"No puedo elevar mi corazón hasta mi boca" (El rey Lear. William Shakespeare)

(The tree of life. Gustav Klimt)

Hace más de una semana me enteré de que mi padre tiene cáncer de colon. Cuando me dieron la noticia no supe qué pensar, así que me salí de mis contornos y huí hacia cualquier parte que fuera menos amarga que mi realidad.

Al otro día me levanté temprano y me acordé de que el cerezo de mi patio estaba ahíto de frutos. Sin pensarlo dos veces y sin saber cómo, me subí en un muro altísimo y como una funámbula sobre la cuerda, me puse de pie, me acerqué hasta las ramas del árbol y empecé a desprender las cerezas y a comerlas. Apenas eran las nueve de la mañana, así que no tenía prisa. Me gusta estar afuera y disfrutar del frescor matutino, de la bondad del sol en esas primeras horas del día.

Cuando me harté de cerezas, me senté en el muro, miré hacia abajo y vi mis pies desnudos igual a como los veo en mis pesadillas: colgando hacia abajo, sin nada que los sostenga. Entonces me acordé de mi padre y su enfermedad. Recordé que él es un hombre activo, que ama vivir más que cualquier cosa en el mundo, así que suponía que debía estar aterrado al sentir que la vida se le estaba yendo cuando todavía tenía tantas ganas de estar aquí. También recordé mi infancia con él, las peleas que tuvimos cuando yo era adolescente, las veces que él me ha sonreído, cuando nos sentamos a conversar sobre política, los abrazos que nunca me ha dado o el "te quiero" que un día me gustaría escuchar de sus labios.

Pensé en este lazo de sangre, esta ligadura terrible que nos mantendrá unidos de por vida y que se impone sobre todos los desacuerdos, zarpazos y dolores que nos hemos prodigado a lo largo de los años. En todo eso pensé y al mismo tiempo me pregunté qué debía yo sentir en ese momento, cómo se supone que debe reaccionar una hija cuando se entera de que a su padre se le acorta la existencia, qué esperan mis hermanos de mí, qué se supone debo yo decir a mi progenitor, cuáles deben ser mis palabras en estos momentos, cuál es el sentimiento o la nota exacta que debe inundar con su música mi interior. Qué debo pensar, de qué manera debo yo sufrir mi dolor, en qué vasija debo verter mi llanto, en qué rincón debe ir a gritar mi corazón. Sentía que todo eso me ahogaba, que me dejaba sin aire y que en cualquier momento perdería el sentido y caería del muro. Sin embargo, algo milagroso ocurrió.

De repente, toda la angustia que amenazaba mi cordura desapareció y yo me quedé ahí, vacía, oscura, desinflada, muda, en soledad. De pronto dejé de hacerme todas esas preguntas que me atormentaban, dejé de escuchar a todas las Rosa que hay en mi cabeza y que me acuchillan a diario, dejé que el incendio que amenazaba con quemar mis naves se apagara y en ese momento, en ese instante absurdo de mi existencia, descubrí que debajo de todas mis preocupaciones y heridas, debajo de todo mi pasado y mi presente, debajo de toda la sal y la tormenta, tan sólo hay una cosa que me habita: Nada. Esa nada que es como el fondo del océano, como los días tristes, como la cueva de un oso, como una cama con sábanas blancas, suaves y recién lavadas, como una hoja del monte, como un estanque, como polvo de luna o como una madriguera.

Luego de aquel descubrimiento sentí una paz inexplicable y ahí estuve durante unos minutos eternos, disfrutando de esa paz y ese silencio de la mañana que tan sólo es capaz de agrietar el gorgeo de algún pájaro o el canto de una marchanta que a lo lejos se mece entre las ondas del viento.

Cuando me cansé de mirar el mundo desde arriba y desde el fondo de mí misma, bajé con cuidado del muro, le hice un gesto cariñoso a los perros, entré a la casa y me sacudí los pies, fui al baño y le puse seguro a la puerta, me desvestí con calma, me solté el cabello, abrí el grifo del agua, me coloqué debajo del chorro, y en silencio, como una niña de seis años, comencé a llorar.