"Haití, tierra desgarrada"


(Vendedoras de sandía)


Breve crónica de mi viaje a la República de Haití


Estuve un par de días en Haití y la experiencia ha sido traumática. Mi cuñado tenía que ir a Puerto Príncipe, mi pareja lo acompañaría, y yo decidí "pegarme" para hacer fotos y conocer ese otro lado de la isla que todavía era un misterio para mí. Al llegar a la frontera domínico-haitiana (en Jimaní) me quedé totalmente perpleja al ver la condición en la que estaba aquel lugar. La pobreza y la suciedad eran extremas y en las oficinas de inmigración dominicana lo que hay es un grupo de rastreros y sinvergüenzas que piden dinero hasta por mirarte. La mafia siciliana le debe quedar chiquita al grupo de delincuentes que opera allí amparado por la impunidad que impera en República Dominicana. Pero del lado haitiano las cosas no están mejores porque las autoridades migratorias de allá también actúan siguiendo el mismo sistema.

Algo que me sorprendió mucho fue que el visado de turista por una sola entrada para ir a Haití cuesta 85 dólares. Más de lo que cuesta el visado para ir a cualquier país de Europa o a Estados Unidos, lugares más lejanos, con los que supuestamente tenemos menos vínculos. A eso 85 dólares hay que añadirles los 25 dólares que hay que pagar de impuesto de salida (aunque el papel que tienen allá dice que son 10 dólares, incluso lo dice un letrero que hay pintado en una pared), es decir, más de lo que paga un dominicano en cualquiera de los aeropuertos del país.

Pero bueno, después de que uno logra salir de territoro dominicano, la situación se vuelve más desoladora pues lo que te recibe es el paisaje agreste, la casitas que apenas se pueden sostener, la mujeres en cuclillas intentando vender comida o alguna fruta, una camioneta repleta de gente que intenta llegar a algún lugar, los sembradíos de maíz, las calles maltrechas, la desesperación de la gente.
Supuse que al llegar a Puerto Príncipe vería algo distinto. Pensaba que vería mejores casas y que aunque existiera la pobreza, en algunas zonas se vería algo diferente. Algún edificio cuya arquitectura me deslumbrara, algún monumento que me inspirara respeto, algo más que la desolación que encontré. La capital de Haití es como un gran barrio pobre, llena de mercadillos, de buhoneros, de gente pidiendo, de hambre, de sed, de sudor, de inseguridad y miedo, de dolor y desesperanza.
Pese a ello todavía hay gente que sonríe, que se detiene ante el lente de la cámara, que baila con alegría cuando escucha la música, que grita y salta cuando Brasil anota un gol en el mundial de fútbol.
En el tiempo que estuve en Haití, nuestro guía fue Roberto, un amable señor cuya mirada y sonrisa siempre son tristes. Roberto tiene 18 años de casado, cinco hijos y mucha necesidad. Se va todos los días a la frontera, a ver qué se le pega, a ver si alguien lo toma de guía y se puede ganar algunos dólares o gourdes (moneda haitiana).
Ahora entiendo mejor el poema de mi querido amigo Marcello que se titula: "Haití, tierra desgarragada", porque realmente ese país es como una piel muy dañada que es muy difícil de regenerar.
A pesar de haber ido con la cámara y con toda la disposición de traer muchísimas fotos, lo que vi me conmovió tanto, que sólo tuve la oportunidad de hacer algunas. Mi mirada se quedaba perdida entre la gente y las cosas, y mi cuerpo estaba agobiado por el calor, la sed, el cansancio y el sudor que me bañaba entera. Mi mente... mi mente luchaba con el temor que sentía por no sentirme segura y protegida, y se entretenía con las preguntas que llegaban a mi cabeza pues no entendía cómo era posible que la gente pudiera vivir bajo esas condiciones. Es una verdadera desgracia que el sistema sistema político, social y ecónomico de Haití se haya deteriorado tanto que haya condenado a la población a vivir aquel infierno.
No sé si vuelva a Haití, pero si regreso me gustaría ver que la gente disfruta de una condición más digna, más equitativa, más justa... más humana.

Junto a un soldado brasileño de la ONU


Junto a la estatua de Toussaint Louverture


Frente al Palacio Nacional de Haití


Con un chico amable y Roberto (el guía)


Con la estatua de Enriquillo en Jimaní