Una carta para ti... después de la visita

Hace ya varias semanas que no estás conmigo y el dolor, en lugar de disminuir, ha ido aumentando, y también mi necesidad de verte, de hablarte, de escuchar tu voz grave, tu risa, tu acostumbrado carraspeo, tus alegres carcajadas.

Cada día que pasa me siento más triste, más vacía y cerrada, sin nada qué decirle al mundo. No sé hasta cuándo podré resistir. Me estoy quedando sin fuerzas y siento que ya no puedo continuar con esta batalla que intento ganar por ti y por toda la gente a la que amo. Es difícil emprender el vuelo, inventar nuevos cielos, cuando el ancla es tan pesada, cuando una se siente tan desarmada y perdida.

Y cuán duro es el camino. Ya no sé por donde seguir ni a cual banco arrimarme para llorarte con propiedad, como una verdadera hija, como alguien que se despide para siempre del primer hombre que amó en su vida.

Estos días sin ti duelen y son tan exactos que me están volviendo loca. Ojalá estuvieras para romperlos, para añadirle la nota imprecisa, para deformar las horas, para darle otro rumbo a esta barca que se pierde en medio de las aguas.

Hoy fui a visitarte. Me sorprendí llegando directamente hasta ti, sin tropiezos ni dudas, con la certeza de encontrarte en aquel lugar sin vida, entre esas estructuras de cemento que nada dicen y que no contienen todo el amor y la alegría que llevabas dentro de ti.

Hoy te llevé rosas. Las compré rojas porque imaginé que esas te gustaban. Recordé el día, cuando yo era una niña, en el que le enviaste un ramo de rosas rojas a mi madre por San Valentín.

Cuánto me gustaría que el tiempo retrocediera y volver a ser esa niña de entonces, volver a tenerte conmigo, volver a sentirte cercano, protegiéndome, abrazando mi cuerpo, entonando alguna canción de Serrat.

Hoy fui a visitarte y fue el momento más amargo de mi vida. No podía creer que tú, precisamente tú que amabas tanto la vida, estuvieras ahí, entre carne putrefacta, gusanos, cruces y flores ajadas.

Me sentí tan triste y desgarrada que no me habría importado quedarme ahí contigo, compartir tu último lecho, abrazarme a tus restos como si fuera una enredadera.

Ahora ya estoy en casa, pero deseo verte nuevamente, volver a estar contigo, llorar contigo, mirar tu nombre en aquella placa marmórea y dejarte flores que nunca verás.

Cuánta falta me haces y cuán desierta me siento desde tu partida. Me encuentro como una hoja seca, como un fruto podrido, como la hierba mala, como una noche sin estrellas y sin amigos.

Hoy no quisiera ser yo, ni quisiera estar viva. Hoy sólo deseo ser otra cosa, convertirme en un animal o una piedra, dejar de sentir este dolor y esta sed que me dejaste. Quisiera ser cualquier cosa menos esta flor desgarrada, esta mujer que nunca quiso crecer, esta criatura que te ama tanto que te siente en el alma como una herida abierta o un pozo de sangre.

Ahora me voy a la cama, padre mío. Ojalá cuando me duerma ya no despierte y me quede para siempre contigo.