El escritor y su familia


(Toma mi mano. Anthony Grullón)


En el post que titulé Ser escritora no es tarea fácil, Dirat me preguntó si la experiencia con mi familia había sido igual de traumática y difícil que con los artistas del medio. Eso me recordó un post que leí en el blog de Fafkaprocesado y que él tituló El escritor y su familia, y también me inspiró a escribir una nota sobre eso.

La experiencia con mi familia ha sido totalmente distinta. No sé cuándo mis padres se dieron cuenta de que escribía y de que la cosa iba en serio, pues desde niña estoy garabateando cuadernos y los primeros libros que leí llegaron a mis manos gracias a ellos. Recuerdo que cuando tenía 17 años gané el concurso Terminemos el cuento y mis padres estaban muy orgullosos de mí. Luego de eso mi madre me llevaba a casa todo lo que salía en el periódico y que tenía que ver con literatura, y mi padre, cuando quiso volver acercarse a mí, lo hizo con un libro de Oscar Wilde.

En mi casa siempre se ha leído, mi familia nunca se opuso a que yo asistiera a una presentación de libros, una conferencia o cualquier otra actividad ligada a las letras. Todo lo contrario. En mi casa se realizaron muchas tertulias y lecturas de poemas.

Recuerdo con una sonrisa cuando yo terminaba de escribir un poema o un relato y los sentaba a todos en la sala para leerles mi “nueva obra maestra” (claro, en broma). Todos me escuchaban con atención y al final me daban su opinión sincera, que para mí era (y aún lo sigue siendo) muy importante. Mi madre y mis hermanos se quedaban calladitos y ni parpadeaban mientras yo leía, pues si yo sentía que algo interrumpía mi lectura volvía a empezar, y a empezar, y a empezar, hasta leer sin ninguna interrupción el texto completo.

Mi madre se llevaba para su trabajo mis cuentos y ahí los leía, me llamaba cuando veía que salían publicadas las bases de algún concurso en el que yo podía participar, y nunca faltó dinero para comprarme el libro que yo quisiera o para enviarme a una actividad literaria.

Para las presentaciones de mis dos poemarios, mi padre se puso sus mejores trajes, fue uno de los primeros en llegar y yo sentía, desde su silencio o su risa, todo el apoyo que puede necesitar una hija. Ahora recuerdo que una vez fui a visitarlo a su casa y ahí me encontré con un hermano paterno. Comenzamos a hablar y en un momento el hermano me dijo que yo debería dedicarme a algo más lucrativo, algo como el derecho, y de repente mi padre lo interrumpió y le dijo que no, que yo era escritora y que esa era una de las profesiones más bonitas del mundo. Yo me quedé sin palabras. El corazón se me encogió de felicidad y con las mejillas sonrojadas le sonreí.

Otra anécdota curiosa y que involucra a mi padre fue cuando luego de la presentación de mi segundo poemario, un vecino se acercó a él y le preguntó que cómo permitió que yo saliera en una foto medio desnuda (el libro incluye unas hermosas fotografías realizadas por Fausto Ortiz que pueden ver en: Fotos Desnuda), y mi padre le respondió: “¡Pero usted si es tonto, amigo, usted no se da cuenta de que eso es arte!”. Luego mi padre me llamó y me contó la anécdota entre risas.

Luego de la muerte de mi padre, mis hermanos y yo fuimos a su casa y le pedimos a su compañera que nos permitiera estar un momento en su habitación. Ahí estuvimos un rato, viendo sus cosas, hojeando sus libros, acariciando sus rosarios. Yo abrí sus cajones y quedé sorprendida al descubrir que en uno de ellos él conservó todos los recortes de periódicos en los que yo había salido. Todos. No faltaba uno. Dentro de una caja pequeña y transparente estaba doblada la primera nota que escribieron sobre mí y que incluía una foto de una Rosa más joven e inocente.

Pero si eso fue mi padre, más tengo yo qué decir de mi madre, quien ha sido mi lectora número uno, mi gran amiga y apoyo, la que siempre me ha animado a escribir, la que con el sólo hecho de estar viva me da alas y me impulsa a continuar recorriendo este camino. Doña Argentina, mi heroína, ha sido la persona que más fe ha depositado en mis letras sencillas y torpes. Mis dos hermanos: Rafael y Dahiana, también han respaldado cada paso mío, me han leído, me han criticado, me han apoyado, me han defendido. Y si a todo eso le sumas el hecho de tener una pareja que te entiende, que cree en ti y es casi tu agente, entonces no hay que pedirle más bendiciones al cielo.

Sin embargo, estoy segura de que si mi familia no me hubiera apoyado en esto, yo igual lo habría intentando, igual habría saltado del puente, porque he saltado de puentes más altos y peligrosos, porque cuando quieres algo estás dispuesto a arrancarte la piel y dejarla en cualquier acera.

La otra noche, durante la despedida de Elsa, uno de los presentes tocó este tema y comentó que su padre nunca ha aprobado su inclinación hacia las letras y otro dijo lo mismo. Yo no pude decirles mucho, tan sólo que siguieran escribiendo, que si su pasión era escribir, entonces que lo siguieran haciendo, porque a lo mejor un día sus padres se daban cuenta del tesoro que tenían en casa.

Eso me recordó una película muy bonita que se llama “Billy Elliot”. Billy era un chico igual a todos, hasta que un día descubrió que su gran pasión era el ballet. Entonces comenzó a practicar a escondidas, pues sabía que su padre no aprobaría eso debido a que el señor era un hombre machista lleno de prejuicios que consideraba que el ballet era cosa de mujeres y afeminados. Sin embargo, en el fondo el padre del niño tan sólo era un hombre que amaba a su hijo, por eso, al darse cuenta de que el baile era la gran pasión de Billy, lo llevó a una audición al Royal Ballet School. A veces, nuestra vocación es tan grande y nuestra pasión tan poderosa, que logra derribar los más grandes obstáculos.

Ahora me llega a la cabeza otro ejemplo diferente. El caso de Franz Fafka y su tormentosa relación con su padre. De todas las relaciones entre escritores y sus familiares, la del escritor checo y su padre es la que más me ha sobrecogido y desgarrado. En Carta al Padre, Franz cuenta cómo era su vínculo con el hombre que lo procreó, un ser intimidante, exigente, intolerante, fanfarrón, irónico, cruel e incapaz de comprender la sensibilidad especial de su hijo. Todo esto hizo que el pequeño Franz creciera con miedo y luego se convirtiera en un hombre atormentado, apocado y con un gran sentido de inferioridad. Él achacaba su falta de autoestima y de amor propio a todas las vejaciones a las que su padre lo sometió.

Kafka sentía que su padre no lo valoraba ni sentía ningún tipo de orgullo paterno, por eso en esta reveladora carta dice: “Mi propia valoración dependía de ti mucho más que de cualquier cosa”. Cuenta el escritor que cuando las ediciones de sus libros llegaban a la casa, su progenitor ni siquiera las miraba y se ponía a jugar cartas. Este desprecio hizo que Kafka se obsesionara con la figura de su padre, hasta tal punto que admitió que toda su existencia y su literatura giraba en torno a él: “Mi escritura trataba de ti, allí sólo me quejaba de aquello que no podía quejarme sobre tu pecho”.

Pese a la desaprobación de su padre, Kafka nunca dejó de escribir, y a pesar de contar con poco tiempo, pues trabajaba todo el día, dedicaba sus noches y sus ratos libres a su gran pasión: las letras. Por eso, este escritor constituye para mí un claro ejemplo del genio creador que se impone ante cualquier debilidad, adversidad o desastre. También puede ocurrir el caso de que el talento se atrofie, se apague como una flama que uno sopla, o como una flor que uno aplasta con la suela del zapato. No sé si la literatura de Franz Kafka hubiera sido mejor o peor si hubiera tenido una sana y cariñosa relación con su padre. Lo único que sé es que a mí me gusta muchísimo y que me encuentro en cada uno de sus párrafos, incluso en la dolorosa Carta al padre que leí hace tanto tiempo.

Por todos los ejemplos negativos que les puse es que yo me siento muy agradecida de mi familia, porque han respetado mi individualidad y me han apoyado en cada uno de mis pasos. Ellos me han hecho el camino más fácil y me han sostenido en cada una de mis caídas. Por eso cuando alguien me derriba, yo me levanto con más fuerza. Pero no es la prepotencia, la vanidad o el talento lo que me alza entre sus brazos. Es el amor que me levanta y me lleva por el mundo, tomada de la mano.