La palabra precisa

Cuando mi padre falleció recibí varias notas de condolencia de escritores del país y hubo una en particular que no me animé a responder, pero que llamó mi atención. Un colega me envió un e-mail en el que me decía que sabía del aprecio que yo le tenía a mi padre y que esperaba que lo recordara con ese mismo aprecio. Al terminar de leer pensé que cómo era posible que una persona que vive de la escritura y que conoce tan bien el lenguaje describa el sentimiento que una hija siente por su padre con una palabra como esa.

Todos sabemos que apreciar es sentir afecto o estima por alguien. Se puede sentir aprecio por un padre, pero también por una planta, por una mascota, por el carro nuevo, por el vendedor amable que todos los jueves nos atiende con una sonrisa, por una casa en la que se ha vivido mucho tiempo, por un vecino atento de quien apenas se conoce su historia, por un líder que da ejemplo con sus acciones meritorias o por algún objeto que se valora y atesora. Aprecio se puede sentir por tantas cosas que me pareció un vocablo demasiado general, impreciso, basto y pobre, para definir ese sentimiento tan intenso que siente una persona por alguien a quien ama con todas las fuerzas (y debilidades) de su ser.

Entonces recordé algo que me enseñó el amigo escritor José Enrique García, quien me recalcó decenas de veces que nunca me conformara con lo primero que me llegara a la cabeza, que siempre buscara la palabra precisa, aquella que contuviera todo lo que yo había imaginado, aquella que con tan sólo nombrarla sugiriera un nuevo mundo. Eso nunca se me olvidó y por eso, siempre que escribo un poema, procuro que cada palabra figure en el verso por una necesidad vital, porque me importa y me significa, porque sin ella el poema estaría cojo y no lograría transmitir todo el pensamiento, la fuerza y la emoción que yo he concebido en mi interior.

Sé que muchas veces no logro eso debido a que todavía estoy aprendiendo. Y sé que el camino es largo, pero por suerte mis ansias son enormes y mi tenacidad inquebrantable. Ojalá pueda decir dentro de veinte años que la poesía que escribo se parece un poco a la que siempre he soñado. Por el momento me preocupo por tejer versos noche y día, por escribirlos en la memoria o en el papel, por ser una esponja y, como escribió Fernando Pessoa en su Tránsito de las horas, “sentirlo todo de todas las maneras, vivirlo todo por todos los lados”.

Mientras tanto seguiré buscando la palabra precisa, aquella que me muestre un nuevo continente.