Matar a una paloma

(Paloma de la paz. Pablo Picasso)

Hoy estuve en el parque y vi una paloma caminar sobre el pavimento. Iba a la caza de una miga de pan. Yo estaba a pocos centímetros de ella y pensé en lo fácil que sería doblar la rodilla, levantar el pie y pisar el lomo gris del ave, hasta que reventara y su sangre salpicara el suelo y mi tenis azul.

Aunque mi mente neurótica y enfermiza se vio tentada a ejecutar la acción, pensé que sería mejor no hacerlo. No conozco las leyes de España muy bien, pero el otro día me enteré de que a un señor lo condenaron a cinco meses (¿o años?) de cárcel por asesinar a un perro. Cuando escuché la noticia me asusté y comencé a ejercitar mi paciencia con Iris (mi perra), pues aunque nunca me he visto embargada por ese espíritu criminal, sí debo confesar que cuando se come mis bragas, los calcetines, los libros o cualquier cosa que esté a su alcance, me veo al borde de la locura y comienzo a ver estrellitas en el aire. Y cuando yo comienzo a ver estrellitas soy muy peligrosa...

Estando tan cerca del animalito pensé que si levantaba el pie y la aplastaba alguien podía verme y denunciarme con la policía, la que ante tal monstruosidad, se refugiaría en el artículo tal de la ley tal, y me encerraría en una de esas cárceles en donde, si son como las dominicanas, me violarían y tendría que soportar las agresiones del resto de las mujeres.

También pensé que si machacaba la frágil corporeidad del pájaro, me arrepentiría toda la vida. ¿Por qué? Por varios motivos. El primero, porque esa avecilla a mí no me hizo nada. Segundo, porque es muy fácil masacrar al débil, al que no puede responder ante el bombardeo, y yo prefiero ir contra los más fuertes. Tercero, porque a pesar de toda la podredumbre, toda la rabia y todo el dolor que había en mi vida y en el mundo, nada justificaría mi crimen.

Podía alegar enajenación mental temporal o que el ave se acercó e intentó reventar mi globo ocular derecho con su pico. Pero no me apetecía mentir. Además, y esto sí que es importante, en realidad yo no quería matar a la paloma. A quienes realmente quería rajarles el pecho y sacarles el corazón en un efecto a lo Subiela era a quienes me habían herido. Sí, eso era justamente lo que yo deseaba hacer. Apretar sus corazones entre mis manos y exprimirlos hasta que dejaran de latir. Luego iría al lavabo a limpiar mis manos rojas y las dejaría relucientes. Ya ellos podrían seguir su camino. Pero sin corazón. Porque para algunas criaturas el corazón es un órgano inútil que nunca utilizan.

Por ese motivo fue por lo que decidí no malograr al pajarito y marcharme. Ya habría tiempo para castigar a los verdaderos culpables. Sin embargo, al llegar a casa no pude evitar pensar en lo complejo y difícil que es el universo, y en lo fácil, en lo sencillo, absurdo y simple que debe resultar matar a una paloma.

*Lo escribí en otoño de 2005 mientras me encontraba en España, después de dar un paseo por el parque. Recuerdo que estaba triste y enojada con dos amigos y eso, así como el encuentro con la paloma en el parque, fue lo que motivó este post.