La amistad: algunos cuadrantes exactos

A veces pienso que la vida es una goleta cuyo único fin es moverse de acuerdo al sentido que le imponga el viento. A veces también creo que es un eterno oleaje, un rompimiento incesante, un fluir interminable, una madeja que se lía y se enreda, y se complica, y no hay forma alguna de componerla nuevamente.
Quizás estas reflexiones tan extrañas y desesperanzadoras, se deban a las batallas que he tenido que librar a lo largo de mis años y a las múltiples decepciones que he tenido, desencantos que provienen de mi incapacidad para comprender a la especie humana. Debo admitir que nosotros somos criaturas excepcionales, dotadas de una inteligencia superior y una asombrosa destreza para trocar lo imaginario en algo tangible. También admito que el intelecto de cada persona es único, lo que hace que cada uno de nosotros tenga una personalidad irrepetible, llena de matices y actitudes que nos diferencian del resto del planeta. Pero esa diferencia, que en principio suele verse como una atractiva cualidad (y que ciertamente lo es), ha sido magnificada por algunos de nosotros, llegando al extremo del egocentrismo más cruel y despreciable. Debido a esto muchos individuos y grupos han llegado a cometer actos de barbarie inexcusables, amparados en el endiosamiento, el orgullo y convicciones cerradas e impositivas que benefician sus intereses pero al mismo tiempo laceran los derechos y la dignidad de los otros.
Sin embargo, debo apuntar que no sólo me sorprende y me decepciona los modos egoístas y carentes de generosidad que abanderan muchos individuos; también me resulta particularmente incomprensible la peculiar capacidad que tienen los seres humanos para cambiar. Es pasmosa la facilidad que tienen algunos para relativizar toda su vida, para asumirse criaturas volubles cuya filosofía no reside en la persistencia de la raíz sino en el cambio de estación. Aunque estoy conciente de que muchos cambios son positivos, que más bien constituyen una mejoría del ser, también estoy totalmente segura de que hay algo intrínseco y esencial que cada uno de nosotros debe valorar y proteger. Por eso pienso que cierta falta de constancia ante la vida y el mundo a veces deviene en un comportamiento fácil y una personalidad de la que cualquier cosa puede esperarse dado que nunca se sabrá con certeza cuáles son los cuadrantes exactos de ese ser humano ni cuáles sus ideales ni cuál su compromiso de lealtad hacia otra persona. Y definitivamente, es difícil, por lo menos en mi caso, sostener una relación armoniosa y duradera con alguien con quien no puedo esperar mantener principios tan esenciales y básicos como la confianza, la lealtad, la honestidad y el respeto en cada una de las acciones compartidas y en aquellas solitarias que de alguna manera tienen que ver con el otro.
Porque no hay mejor canal ni base más fuerte para las relaciones humanas que la coherencia del ser, entendiendo que ser coherente no significa mantener una postura avasallante o radical pues aún la raíz, sin dejar de ser raíz, se adapta a los cambios climáticos y a las peculiaridades de la tierra.
Todo esto me lleva a preguntarme si es posible un acercamiento sano, duradero e incuestionable con otra persona, o si siempre las relaciones humanas vienen acompañadas de ventiscas y truenos. No creo que una buena relación sea aquella que se fundamenta en la tempestad, ni mucho menos creo en los vínculos basados en la diplomacia o la hipocresía. Más bien veo el lazo entre humanos como una conexión espiritual capaz de trascender cualquier diferencia o cambio, capaz de elevarse como una espiral y llegar hasta el centro mismo de nuestro ser.
La amistad, por hablar de una variedad de las conexiones, es una de las más confusas para mí. Quizás debería ser todo lo contrario. Debería ser tan clara como la palabra misma, pero a medida que pasa el tiempo siento que aquello que yo veo con la misma transparencia del agua, se torna borroso y a veces turbio. A lo mejor esa sensación de vivir la amistad como algo difuso y amorfo se deba a que, como dije anteriormente, no me resulta sencillo conectar con alguien que no vea la franqueza y la confianza como vías para intimar o para afrontar cualquier situación indeseable o mal entendido.
Estoy totalmente segura de que cualquier problema o confusión puede ser aclarado si hay la suficiente valentía como para, en lugar de sufrir secretamente o de asumir cosas, acercarse y hablar con sinceridad. También creo que sólo es culpable de la pérdida de una amistad, aquella persona que no haya tenido el arrojo suficiente como para honrar el compromiso con ese sentimiento y abordar al amigo con quien tiene alguna aspereza o al que le guarda rencor. Dice Aleks Syntek en una de sus canciones: “…qué fácil era haber dicho lo siento. Son dos sencillas palabras, fáciles de pronunciar, quien las dice primero suele ser quien ama más…”. De igual manera, cuando se valora el cariño y se aprecia a un amigo, se debe tener la madurez suficiente como para decirle lo que hay en el corazón, para dar el primer paso y decirle en la cara lo que hay en nuestro interior o por lo menos tener la suficiente nobleza de espíritu como para guardar silencio, en lugar de ejercitar la lengua o emprender acciones dañinas, lo que considero totalmente mezquino.
Pienso que una verdadera amistad es aquella que no se torna invasiva, ni injusta, ni discriminante, ni cruel. También pienso que cuando hay una relación valiosa, podemos ser capaces de perdonar y cerrar cuentas, porque puede más la humildad y el peso del amor, que el orgullo o cualquier vanidad personal. La amistad real no se fundamenta en el interés o solamente en la necesidad, sino que se basa en la solidaridad y la mutua elevación del espíritu.
En su libro El Profeta, Gibrán dice sabiamente: “Y no permitáis que exista interés alguno en la amistad, a excepción de cuanto signifique profundizar en el espíritu. Pues el cariño que busca algo que no sea la revelación de su propio misterio no es cariñoso sino una red que se lanza hacia adelante, y con la que solamente pescamos lo inútil”. Por eso, cuando una amistad no está alimentada por el amor ni el crecimiento del alma, el vínculo puede tornarse insoportable y doloroso. Ya lo dijo mejor que yo Oscar Wilde en su carta titulada De Profundis, en la que se lamenta: “Me reprocho el haber dejado embargar por completo mi vida por una amistad que no radicaba en el espíritu”. Estoy segura que de haber tenido una relación basada en el amor y la dignidad habría escrito algo diferente, pues él mismo dice más adelante: “El cariño parecíame, y sígueme todavía pareciendo, algo maravilloso, que no conviene desechar a la ligera”.
Probablemente porque a mí también me parece que el cariño es algo maravilloso que no debe desecharse a la ligera, es que escribo estas palabras. Prefiero meditar en soledad y compartir estas reflexiones, antes que cerrar las puertas de esta bella utopía que llaman amistad, y en la que yo no quiero dejar de creer. Sería lamentable que a estas alturas en mí las cosas vayan muriendo, en lugar de fortalecerse y sobrevivir a todas las agresiones del tiempo, a todas las tragedias de la vida.
*La imagen: El gallo/Marc Chagall.
**Este texto ya lo había posteado en enero de 2006, pero me lo encontré por "azar" y me pareció bonito volver a postearlo.