El campo de mi abuela

(Mi abuela Reya y yo)

El campo de mi abuela está ubicado en la zona sur de Santiago, en la comunidad de Matanzas. Ahí creció mi madre junto a sus nueve hermanos, entre el aroma a tabaco y el acostumbrado picoteo de las gallinas.

De ese lugar tengo los mejores recuerdos de mi infancia. Mis tardes jugando a la rayuela con las primas, las noches de luna llena, el perro Bucanero, los paseos por la laguna, las partidas de dominó en el rancho y las largas caminatas por esos caminos en los que solía recoger sangres de cristo (flores) o huir espantada de un panal de avispas o de las bueyes del hermano de mi abuela.

Esa época me recuerda a la cal con la que se pintaban las casas rurales, el pozo de agua que había cerca, las tardes de catequesis, el pilón para hacer café que había en el patio y que con el paso del tiempo pasó a ser un “asiento” ubicado en una esquina del rancho. También me recuerda la horrible leche de vaca y la nata que se le forma encima, el parto de la vaca de mi abuela que presencié desde lejos, las noches en las que mi tío Dome, el barbero, se hacía pasar por un vampiro para asustarme, o las tristes tardes en las que me iba a cualquier rincón a llorar y a rogar que mi padre regresara de Estados Unidos.

Los dos años que mi padre estuvo fuera del país, los pasé en la casa de mi abuela, junto a la gente más buena del planeta. Luego regresó mi padre y volví a mi antigua casa y mi vida citadina, pero todos los fines de semana yo volvía a visitar a Doña Reya, a mis tíos y a Cristian, quien siempre me hacía detener el corazón.

Durante mi adolescencia, yo seguía yendo al campo, pero fui cambiando como cambian todas las cosas y en lugar de quedarme hablando con todos en el rancho, prefería internarme en el monte con una manta y una libreta bajo el brazo, hasta llegar al árbol de siempre y ahí, entre la hierba y la sombra del follaje, me tumbaba y escribía largas cartas para mí misma o para un amigo imaginario. Esos días de soledad y silencio son los más bellos de mi adolescencia.

Pero las cosas siguieron cambiando y mientras pasaba el tiempo, yo me volvía más solitaria y diferente, y tenía menos deseo de ir al campo a ver a la gente más buena del planeta. En cambio, en la ciudad fui haciendo mi grupo de amigos que se convirtieron en mis compañeros por excelencia, dejando atrás la rayuela que irremediablemente se fue borrando del patio campesino.

Alejada de ellos estuve hasta que mis padres se separaron. Los años que siguieron fueron terribles e incomprensibles para mí. Un día me di cuenta de que no quería vivir ni con mi padre ni con mi madre, así que Doña Reya me abrió los brazos y me fui un mes entero a ese campito santiaguero en donde encontré la paz que necesitaba y engordé unas cuantas libras. A pesar de extrañar la pizza, la coca cola y mi vida en la ciudad, estar ahí fue lo mejor que pudo pasarme en la vida. Cuando regresé a la casa de mi madre estaba centrada, como si en esos caminos matanzeros yo hubiera encontrado la razón de estar viva.

Luego me fui a España y desde allí extrañaba a mi gente. En la distancia me di cuenta de que no hay nada como el hogar, ese lugar al que uno siente que pertenece, ese sitio en donde está tu historia, en donde has sembrado tus raíces. A mi regreso mi conexión con el campo de mi abuela y con la gente más buena del planeta fue mucho más honda y espiritual porque ya sabía yo que sin importar hacia donde se extendiera mi follaje, mi raíz siempre estaría entre los míos, entre la gente con la que crecí, que me conoce, me ama, me entiende y me ha hecho feliz en todos estos años de vida.

(Doña Reya y sus nietas Grismeidy y Amy)

(Mi tío Dome y yo)


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