Vida en los bateyes

Hoy fui a La Cacata a visitar uno de los tantos bateyes en donde residen quienes trabajan en los ingenios azucareros, en su mayoría de nacionalidad haitiana. La intención era constatar por mí misma la forma en que viven estos trabajadores. Me llamó la atención el nombre del lugar porque me recordó a mi niñez. Aquí se le llama “cacata” a la tarántula y recuerdo que de niña viví en una casa en donde había muchas y salían de repente de una grieta, de la hierba fresca o de “cualquier yagua vieja”.

En estos días el tema de la vida en los bateyes está en el tapete debido a las declaraciones de la señora Sonia Pierre, dominicana de padres haitianos que defiende los derechos de los hijos de haitianos nacidos en el país y de los inmigrantes haitianos en general. La señora Pierre fue reconocida en el Congreso estadounidense por su defensa a la dignidad haitiana y su lucha en contra de las vejaciones a nacionales de ese país. En el acto ésta aprovechó para denunciar el maltrato que sufren los haitianos que residen y trabajan en República Dominicana, y cómo muchos niños y niñas hijos de éstos viven en un limbo jurídico debido a que el estado dominicano se niega a darles documentos a estos infantes, lo que impide que los mismos puedan estudiar en las escuelas ya que sin una partida de nacimiento no los aceptan en ningún centro escolar.

Esto provocó la ira de muchos dominicanos que escribieron sendos artículos en contra de la señora Pierre y quienes aprovecharon todos los escenarios posibles para hablar en su contra y descalificar sus denuncias alegando que eran falsas y que el mismo trato que reciben los haitianos, lo reciben los dominicanos que trabajan en los ingenios. Evidentemente estas personas estaban partiendo de una débil premisa, ya que el maltrato no debe ser justificado con ningún argumento. El abuso a los dominicanos no justifica las discriminaciones que sufren los haitianos en suelo dominicano, ya que ninguna forma de abuso puede ser justificada. Además, es un secreto a voces que los haitianos reciben en mi tierra un trato despótico e injusto por quienes los contratan y por las personas en general que, a esta altura de la vida, se burlan de su color, de su olor, de sus rasgos, de su idioma y de su pobreza, olvidándose que los dominicanos también somos negros y que incluso los más blanquitos tienen “el negro tras de la oreja” como dice la famosa décima del mocano Juan Antonio Alix.

La mayoría de los haitianos que viven en República Dominicana carecen de papeles y de permiso para trabajar. Esto quizás se deba a dos situaciones en particular: La primera es que la condición de Haití es desesperante y sus nacionales prefieren venir a este país a trabajar por un poco de pan, antes que morirse de hambre en su tierra o por un machetazo recibido en una de las tantas trifulcas que se arman en ese territorio convulsionado por la corrupción y la pobreza. La segunda explicación es que no hay una política migratoria clara entre los dos países que comparten la isla de Santo Domingo. No hay un programa que permita a los empresarios dominicanos contratar mano de obra haitiana de manera legal, como ocurre en otros países. Además, el visado para los haitianos que están interesados en ingresar a suelo dominicano con sus papeles en regla, es muy caro y, obviamente, ellos no pueden pagarlo.

Todo esto conspira a favor de muchos empleadores locales que se aprovechan de la angustiosa necesidad de estas personas y las contratan para trabajar por 12 horas al día con una paga irrisoria. En algunos lugares los haitianos cobran apenas cincuenta pesos al día (unos RD$1,500.00/ US$50.00 al mes) que reciben en forma de bono para comprar sus alimentos, en otros, después de que éstos culminan su tarea, el empresario que los ha contratado recurre a la artimaña de llamar a la oficina de migración para que ésta acuda con un camión en donde los sube a todos y los regresa a su país sin recibir la paga. Todos saben que la mayoría de los haitianos que trabajan en el país viven hacinados en barrancones en donde carecen de los servicios básicos (agua potable, energía eléctrica, servicio sanitario, educación, transporte...) y según un estudio publicado por el Servicio Jesuita a Refugiados y Migrantes, El 11.5 % de los niños menores de 5 años que viven en los bateyes padecen desnutrición crónica.

Como decía en principio, las declaraciones de Sonia Pierre, provocaron una gran irritación “dérmica” en los dominicanos, pero también motivó a un grupo de congresistas demócratas estadounidenses a viajar a República Dominicana para comprobar la condición en que viven los braceros haitianos. Hace días salió el reportaje de la visita de estos legisladores en los bateyes “Paloma” y “Cayacoa” en San Pedro de Macorís. De acuerdo al informe entregado por esta comisión es preocupante “el abandono y las condiciones infrahumanas en que viven los inmigrantes haitianos”. La verdad es que si los dominicanos fuésemos honestos no hiciera falta que una súper comisión gringa viniera a enseñarnos cómo viven los braceros y sus familias, cosa que nosotros ya sabemos, pero que desgraciadamente algunos intentan ocultar con el dedo meñique ya que les conviene seguir contratando mano de obra barata a la que pueden tratar como se les antoje.

Por todo esto que les he contado fue que quise ir este domingo hasta “La Cacata” para acercarme un poco a la forma de vida del batey, entender mejor esta situación y a través de la escritura poder contar lo que vi, si es que esto sirve de algo. Ya me habían comentado que en los bateyes de La Romana la situación era diferente a otros del país, ya que supuestamente los trabajadores aquí viven en mejores condiciones. Así que después de recorrer en el coche las plantaciones de caña, llegué hasta la zona que está poblada en donde hay decenas de casas de concreto de aproximadamente 60 m², las cuales tienen un pequeño patio y energía eléctrica. Las casas están perfectamente numeradas y están en mejores condiciones que las vi en Jimaní (en la frontera, zona sur del país). En el batey hay una escuela, una iglesia católica, un templo evangélico, un local del PLD, una cancha de baloncesto y un colmado en donde los trabajadores van a beberse su cerveza. Las calles no están asfaltadas y no me quedó claro lo del transporte ya que es una zona distante y para salir hace falta vehículo. Aunque la situación sea mejor que en otros bateyes, está claro que no es la ideal y que allí hay pobreza y muchas limitaciones.

Ahora no tengo muchos datos, por lo que quiero volver al lugar y también visitar otros bateyes. Me gustaría llegar hasta San Pedro de Macorís, ya que está cerca de esta ciudad, y ver cómo son las cosas allí para poder establecer diferencias. Cuando lo haga, les contaré y ojalá que todo este escándalo que se ha armado a raíz de las declaraciones de la señora Pierre, no sea más que “mucho ruido y pocas nueces” y realmente provoque algún cambio positivo que mejore la forma de vida de los inmigrantes haitianos en República Dominicana. Si nosotros, los patriotas de pecho inflado, queremos vivir en una patria justa, debemos empezar por tratar con respeto a todas las personas que aquí viven, sin importar su origen, género, raza, situación económica o legal. Estoy segura de que los dominicanos que residen en el exterior y que han creado sus “colonias” en países como Estados Unidos, Puerto Rico y España, esperan ser tratados dignamente y tanto ellos como los inmigrantes haitianos merecen ser respetados y que la necesidad no los condene a vivir bajo la sombra del abuso y la discriminación.