Silvia

Mientras vivía en España me pasó algo muy curioso. Resulta que viendo la televisión me enteré de que el periódico El País incluiría en su edición de los martes un disco de música clásica que yo me propuse adquirir hasta tener la colección completa de 50 discos con piezas excepcionales de diversos compositores. Cerca de mi casa quedaba un pequeño supermercado al que fui a comprar el diario, pero ya se habían agotado los ejemplares de los que disponían. La dependienta, al ver mi cara desilusionada, se ofreció a guardarme el periódico todos los martes para que así no me quedara sin un solo número de mi súper colección de música clásica. Ella me pidió el nombre y yo le dije con una sonrisa y mi acento dominicano: “Rosa Silverio”, luego me despedí y salí a comprar el periódico al quiosco más cercano.

El martes siguiente fui al supermercado a buscar el periódico que María José, así se llamaba la señora española, me había reservado. Al llegar, ella me reconoció de inmediato y me dijo: “Silvia, aquí tengo tu periódico”. Al escucharla quise corregirla, decirle mi verdadero nombre, pero ella comenzó a hablar rápidamente y no me dio chance. Cuando vine a darme cuenta ya había pagado y me encontraba en el ascensor subiendo a mi departamento. Luego de eso tuve que volver al establecimiento por otras cosas (pan, refresco, comida…) y ella siguió llamándome Silvia. Los demás dependientes, que también me saludaban afables, comenzaron a llamarme por el mismo nombre y no sé porqué no aclaré el asunto y sólo atinaba a sonreír y levantar los hombros, riéndome por dentro por la confusión que, para ser sincera, me hacía mucha gracia. Un dato curioso es que en esos días yo estaba leyendo la poesía completa de Sylvia Plath y había visto la película sobre ella que protagonizó la actriz Gwyneth Paltrow.

Recuerdo que durante todas esas semanas me divertía mucho cada vez que me daban el periódico con el nombre de Silvia escrito con tinta azul en la primera plana. Una vez que no pude ir a buscarlo porque estaba enferma, lo mandé a recoger y le especifiqué a mi compañero que debía procurar el periódico de Silvia y que no se le ocurriera revelar mi verdadero nombre. A él le pareció extraño que yo no quisiera aclarar la confusión pero después de todo ese tiempo, no quería matar a esa mujer que en mi imaginación había cobrado vida propia, que amaba la música clásica y sonreía con alegría cada vez que iba al supermercado.

No sé cómo ocurrió, pero durante esas semanas que fui a por el periódico y el disco a ese lugar, yo era Silvia y era Rosa. Incluso, cuando iba caminando por las calles españolas como un saltamontes perdido, si escuchaba a alguien decir Silvia, yo me viraba pensando que era a mí a quien le hablaban. En mis ratos libres me la pasaba fantaseando con esa mujer que no era yo y a la que mi cabeza loca le había concedido una vida y una historia. A veces me preguntaba qué sería de ella, en dónde estuvo hace dos meses o porqué siempre que cerraba los ojos la imaginaba dormida. En definitiva, aquel nombre que surgió de una simple confusión, se había transformado en todo un personaje al que yo le había dado ciertos atributos y por el que me hice pasar por más de cincuenta semanas.

Luego de eso se acabaron los discos y llegaron los libros de pintura, con ellos también mi regreso a República Dominicana. Pero antes de venir, un día en que no había risa ni sombra, me senté frente al ordenador a escribir algo sobre la vida de esa maravillosa mujer que de seguro hoy recorre las calles de alguna ciudad lejana, sin saber que por este lado alguien se hizo pasar por ella y de paso, contó su historia.

La mujer dormida

(Minotauro acariciando a una mujer dormida. Pablo Picasso)

Silvia salió a recorrer caminos,
a beberse el mundo de un sorbo,
a soñar y hacer el amor
hasta que desaparecieran las estrellas.
Silvia salió dormida,
con los ojos abiertos pero dormida,
con las pestañas tiesas de tanto rimel pero dormida,
con el vestido de fiesta pero dormida.
Dormida y quieta
como un cisne en la mañana.
Y sin saber que dormía anduvo los cinco continentes,
escaló montañas, destruyó poblaciones,
se bebió todo el licor del planeta
y se acostó con príncipes y ratas.
Ella siguió rodando como una pelota por el mundo,
saltando charcos, matando peces,
inventando nuevos explosivos.
Así descubrió el hambre y la locura,
el juego en los casinos,
la tristeza de la lluvia
y la asombrosa primavera.
Silvia vio, tocó, degusto, olió y sintió de todo,
y aunque quiso escuchar poco
mucho tuvo que escuchar.
Y los días se hicieron semanas,
y las semanas meses,
y los meses años,
y los años canas, arrugas, heridas, cicatrices,
achaques de más, dientes de menos,
pero nada impidió que Silvia siguiera
ajada y dormida,
cansada de hacer el amor y dormida,
experta en bombas atómicas y dormida,
con lentejuelas y dormida.
Como un copo de nieve aún sin derretirse.
Como una rosa joven
sin manchas ni fisuras.
A veces triste.
En ocasiones sola.
Nunca inalcanzable.
Pero siempre dormida.

© Rosa Silverio 2005
Todos los derechos reservados


*En la peluquería a la que iba también se equivocaron con mi nombre y me llamaban Rocío. Nunca les aclaré la confusión.