Lectura y liberación

Comparto con ustedes el interesante artículo Lectura y Liberación del ensayista, poeta y crítico León David, el cual fue publicado en el periódico Hoy en la sección cultural Areíto.

Estoy de acuerdo con su autor en que la lectura no sólo enriquece sino que además constituye un acto de liberación. Por eso es importante rescatar este hábito e incentivar el amor por los libros en toda la sociedad dominicana.

Creo que León David aborda con lucidez el tema, aunque no estoy de acuerdo con él cuando señala que los jóvenes dominicanos prefieren el Internet, ver televisión o irse a parrandear con los amigos a leer. Y si no coincido con él no es porque sea mentira, sino por el desprecio con que lo critica, porque no veo nada malo en esas actividades y porque no creo que un acto tenga porqué excluir otros. Yo creo en el justo equilibrio y en la libertad del ser humano para elegir. El asunto no reside en obligar a la gente a leer sino en despertar el amor por la lectura, en hacerles ver a los niños y niñas dominicanos que cuando se abre un libro es como si se abriera una puerta mágica que te conduce a otros mundos, y que Saber es el mayor bien que puede poseer un ser humano después de la vida. Incluso, la vida misma cobra otro sentido y mayor significación cuando se sabe y se cultiva el pensamiento. No en vano dijo Descartes: "Pienso, luego existo".

Así que les convido a leer el artículo y si les apetece pueden opinar sobre el tema.

Por: León David

Es notorio que en este país de nuestros amores y pesares son muy pocas las personas que leen. Y si dejamos de contar entre el ya de por sí exiguo número de lectores al aficionado a los periódicos, -que para lo que nos urge ventilar es como si no existiera-, la situación, antes alarmante, se torna entonces punto menos que desesperada.

El libro provechoso, el único que merece ser leído, es hoy por hoy artículo de lujo ausente del hogar del dominicano promedio, como lo fueran muchos siglos atrás, cuando la imprenta no había sido todavía inventada, los pergaminos medievales. No sólo es adjudicable tan ingrata circunstancia al astronómico precio a que suele expenderse en las librerías –costo que lo hace prohibitivo para la mayoría de los bibliófilos deseosos de adquirirlo-, sino también al hecho –acaso sea esto lo más grave- de ser reclamado por un minúsculo sector de la sociedad vernácula al que podríamos calificar sin incurrir en exageración de una elite de la elite.

En efecto, nada puede provocar mayor desaliento a quien se precie de venerar los magnos logros de la cultura humana, que la constatación de que ni siquiera nuestros profesionales en las más diversas áreas del saber han desarrollado el hábito de la lectura. Harto me temo que por lo que concierne a los empinados valores del espíritu, nuestra clase dirigente es también una clase indigente. No hay personas menos dadas al trato con los libros –exceptuando, claro está, los de su especialidad- que nuestros médicos, abogados, contadores públicos, ingenieros, etc.

Y ¿qué se puede esperar de una nación en donde ni los que tienen la posibilidad de cultivarse porque cuentan con los recursos y la formación básica para hacerlo, dedican tiempo a la lectura? ¿Qué se puede esperar de una sociedad en donde los bachilleres y estudiantes universitarios prefieren emplear sus ratos de ocio en aturdirse con la basura de la televisión, en entretenerse estúpidamente frente a la pantalla del ordenador, en ir al cine a contemplar la más reciente bellaquería de Holliwood o parrandear con los amigos?

Sería dar prueba de escasa sensatez exigir al analfabeto que lea. Pero resulta imperdonable que el egresado de nuestras instituciones de enseñanza media y superior se comporte por modo similar al que nunca tuvo acceso a las aulas escolares.

No se depuran la inteligencia y la sensibilidad consumiendo las noticias del diario ni cediendo a la tentación de los bochornosos programas del cable ni contemplando en el cine los domingos el último filme de aventuras. En lo que toca a estimular la alicaída inteligencia del ser humano de esta inefable tardomodernidad, jamás podrá el bombardeo de las imágenes sustituir a la palabra escrita.

El indicio menos confutable de que lo que acabo de expresar no incurre en desatino, es que, en cuanto puede conjeturarse, los medios electrónicos de comunicación masiva se han mostrado perfectamente compatibles con el atraso material y moral del país.No es infrecuente encontrar en el rancho destartalado de la barriada miserable una televisión a colores, o un estruendoso equipo de sonido o una radio...

Pero lo que nunca hallaremos en vivienda semejante –no es menester recurrir a las encuestas para comprobarlo- es una biblioteca, por modesta que sea. Y, nueva confirmación de lo afirmado, en las contadas residencias dominicanas donde topamos con una biblioteca amplia y bien surtida difícilmente daremos con el caso de que, en lo atinente a cultura y refinamiento sensible, sean sus poseedores personas del común.

¿Qué significa eso? Algo cuya aprehensión no requiere de arduos y prolongados desvelos: que ignorancia y medios masivos de comunicación no se contraponen; que, aun se refuerzan habida cuenta de que la difusión que se lleva a cabo a través de esos medios, lejos de desentumecer la conciencia crítica del que a ella se expone, provoca su letargo e irreversible atrofia. Funciona la imagen como lo hace la droga: complace impulsos hedonistas y proporciona un placer efímero por el que hay que pagar con la adicción, con la necesidad de aumentar siempre más la dosis de imágenes de violencia, sexo y zafiedad que la pantalla ofrece.

Por contrapuesto modo, la lectura obliga a pensar, incita a la introspección, propicia en cada individuo el despliegue de sus propios criterios y opiniones; exige, por otra parte, un vivificante esfuerzo, magnífica gimnasia para la mente que, de no ser así, se entretendría en cosas baladíes. No concibo una verdadera revolución sin un pueblo que lea, que estudie a los clásicos, que analice y juzgue a los modernos, y que de semejante labor extraiga fructífero disfrute.

La lectura, la buena, es siempre liberadora. No es otra la razón de que mientras proliferen los medios audiovisuales y a un tiempo mismo siga el libro cumpliendo la función de objeto suntuario y marginal al servicio de minorías tan cultas como insignificantes, no dejaremos de ser lo que hasta ahora hemos sido: una sociedad donde toda vulgaridad tiene su asiento y todo vicio halla acomodo, una isleña nación de gente explotada, triste, indolente y frustrada.

*Imagen: Lecturas/Rafael Mendoza