Está muy sola la poesía (II Parte)

El encuentro del hombre con la condición musical de su voz
POR GUIDO RIGGIO POU

Hay dos aspectos esenciales que deseo destacar en la génesis de toda poesía. Un primer aspecto natural y misterioso, que emana del mundo sumergido de la conciencia, y que contiene los dos elementos irreductibles que constituyen el ser germinal o poema: la idea y su música. Y un segundo aspecto -más bien temporal- que surge en el mundo visible de la conciencia y que ésta vinculado a lo humano: la poesía.

Éste segundo aspecto, la poesía , se manifiesta cuando la sensibilidad del poeta que recibe la misteriosa y natural revelación primera- el poema- actúa , elabora, desarrolla y pule los diferentes aspectos que le darán existencia material al ser germinal que le ha sido revelado; y que estará ,también como el primero, conformado por la idea y su música .

Éste humano aspecto se procesa manifiestamente en los planos conscientes de la sensibilidad del creador y su belleza pende del uso estético que de la lengua él haga. Allí los perfiles acústicos y sonoros de la palabra, del verso, deben ser amasados por el creador hasta lograr que se compacten con la idea, con el valor semántico de la palabra. Trabajar , reducir y pulir la palabra hasta lograr la plena armonía del canto y la idea, es la misión estética del poeta.

Debemos tomar en cuenta que estas “notas musicales”, o sílabas elementales que conforman las palabras, transcurren –también como la música- en el ámbito de la temporalidad, a razón de las múltiples propiedades acústicas específicas de las que están conformadas. Por esto las palabras en la poesía deben ser adecuadamente barajadas y al fin elegidas cuidadosamente hasta que todas ellas queden musicalmente armonizadas entre si y armonizadas con su madre fuente, el poema.

Sólo de esta forma, y a condición de que intervenga un poeta sensible y dotado de afinado y exquisito oído, es que el pensamiento suele buscar y suele encontrar su adecuada condición musical. Entonces, mientras el creador realiza su arduo trabajo entonando el pensamiento y la palabra, aquel otro gran pentagrama, el poema, origen y esencia de la composición, aguarda sigiloso con sus notas maestras y su idea, en espera de encontrar una apropiada creación poética humana para encarnar en ella su belleza. Y sólo la encarnará cuando estas voces silábicas y el pensamiento pasen a formar parte inseparable de aquella armoniosa música original y hasta entonces escurridiza Voz, que una primera vez habló al poeta: el sonido original que le dio la vida y la idea primordial que encontrará en ella su terrenal existencia.

Este sonido-idea (germinal y primigenio) con la palabra se convertirá en singular criatura espiritual perceptible, y se erigirá en coherente criatura pletórica de significado y de perfección sonora , para conformar así el irreductible poema que encarnado en la poesía latirá acorde con aquella gran nota universal que lo contiene. Sólo entonces se podrán acoplar el mundo humano con el sobre humano para conformar el único cosmos al que inexorablemente ambos pertenecen: al mundo vibratorio de la armonía universal.
Así como la música originaria que fluye desde los planos superiores de la creación se anida en el corazón del compositor musical que la recibe y la desliza al pentagrama que escribe con sus manos , así desde aquellos planos, por medio de un poeta sensible, descenderá y encarnará la música del gran poema originario a su nueva existencia terrenal.

El poeta como compositor musical que es, busca que la sobrehumana música originaria del poema se ensamble con las sonoras y humanas palabras del verso terrenal , para conformar con ambas un sólido cuerpo vibratorio, un solo ser. Sólo así, fundiendo estos dos aspectos sonoros, se encarnará el poema en la poesía.

He aquí la gran diferencia entre versificadores y poetas. Los primeros, sólo logran atrapar unas cuantas elementales entonaciones que emanan de la dermis del gran poema, pero sólo los poetas sensibles y de afinados oídos son los que logran atrapar en sus terrenales versos a la total y singular belleza del poema.

La voz humana es el instrumento musical por excelencia. Ninguna nota, ninguna música ejecutada por instrumento alguno produce una emoción más sublime que esta singular voz. Disfrute intenso recibe aquella alma que escucha una voz dotada de una tesitura aguda, cual soprana voz. Basta evocar las emociones que despertaron en el público los Castrati de pasados siglos para saberlo. A modo de un Farinelli, que con sus largas, fuertes y puras notas logró estremecer las emociones de las multitudes. Mas, hay una gran diferencia entre estas voces privilegiadas y la solitaria Voz de la poesía. La poesía, el verso, es palabra, es música, pero a diferencia de las voces del canto, la poesía tiene como barro, como materia prima para crear su propia atmósfera musical a su apacible y solitaria voz, la palabra. Voz que está sola, que no se complementa con artificio instrumental o vocal alguno para sostener su belleza. Ni tampoco goza del privilegio de una soprana ternura que la nutra o la sustente.

El poeta no dispone de otro privilegio musical que no sea el de la palabra solitaria que surge de su hablar cotidiano. Sin astucias, el poeta debe sustentar su creación con la música llana de su palabra. La poesía debe alcanzar la belleza sonora que le marca el gran poema ,por sí misma, a base de sustancialidades. Debe aportar sus propias verdades de contenido estético en razón a las singulares armonías sonoras que conforman las palabras y al uso comedido y delicado que hace de la retórica; y sólo con el auxilio de estas exiguas herramientas, debe colmar el pentagrama de ritmos y cadencias y silencios, hasta lograr la anhelada belleza.

La poesía debe alcanzar su destino y transmitir sus emociones con los simples y sencillos sonidos naturales que conforman las palabras de la lengua en que se escribe. Está muy sola la poesía. Por esta condición de soledad , sencillez y naturalidad la poesía es un canto que puede ser entonado por cualquier voz. No es necesario poseer especial preparación musical para cantarla; ella carece de artificios, se nutre con la palabra llana, con la voz común y cotidiana de la vida diaria. Quizás, por la condición llana y común que la posee ,es que hemos perdido el oído musical que nos exige la buena poesía; parece que hemos extraviado la facultad que nos permite distinguir la belleza que subyace en su canto. Está muy sola la poesía.

Así como el compositor musical transborda al pentagrama las ideas , paisajes y emociones, auxiliado por una sucesión de notas , pausas , silencios y armonías- propias de su técnica musical - para lograr recrear en nuestra mente las imágenes vivas del mundo intangible en donde vio a la música surgir , así también, el poeta, ante la ausencia de las combinaciones infinitas de sonidos de que disponen aquellos, debe valerse solamente del valor musical de las palabras y del significado semántico que ellas contienen, sólo con esto, debe lograr encarnar las emociones de las imágenes creadoras de aquel mundo inefable en donde viven y se manifiestan los arquetipos que conformarán y alimentarán nuestro futuro.

Debemos comprender que la Idea acude a la poesía con la sola esperanza de encontrar en ella una Voz que la contenga. Pero la Idea debe reclamar para sí, una palabra digna ,limpia y cristalina . Y así lo exige , porque sólo así podrá cumplir su cometido y encarnar en este mundo la luz del pensamiento que late en el cosmos de los esplendores, el cosmos donde se esboza, se gesta y habita la vida y la belleza.

Tal como el músico creador con las imágenes musicales de sus composiciones nos trasporta al mundo de las emociones, así el poeta ,a través de su música llana, nos transporta a aquel mundo ideal donde habita la belleza. El resto, aquella sucesión de hermosas y resonantes palabras colmadas de “helada y laboriosa nadería”, que pretenden tomar vida por medio de las argucias con que hoy en día se escribe poesía, no son más que esqueletos muertos que nunca han asomado ni un triste hueso a los mundos sobrehumanos donde habitan las inefables realidades del poema.

Aquellas son “composiciones” gestadas en los planos terrenales de la mente humana: instrumento imberbe que nunca ha posado sus ojos en las esferas de la idea y la belleza , inenarrable ámbito donde suele pastar la poesía. Aquellas son sólo un “herbario de metáforas y argucias”, de palabras conformadas por ‘ingeniosos versos’ que nunca han vislumbrado el sonido original del gran poema que las aclama. Como dijo Borges de Baltazar Gracián: “Laberintos, retruécanos, emblemas,/helada y laboriosa nadería,/ fue para este jesuita la poesía,/reducida por él a estratagemas. No hubo música en su alma, sólo un vano/herbario de metáforas y argucias/ y la veneración de las astucias/ y el desdén de lo humano y sobrehumano.”

El poeta debe estar siempre atento al toque de trompeta que advierta en un leve viento, el capricho de algún dios vanidoso y avaro que ha decidido revelarse con su lira a los planos terrenales para encarnar los arquetipos con que se nutrirán estos mundos de materia. Y será sólo sobre los seres sensibles que tienen sus oídos afinados y atentos a lira de los dioses, sobre los que descenderá envuelta la divina emoción de la música y la idea. Si no hemos comprendido la fatal esencialidad de la música en la poesía, es porque se nos ha extraviado el sentido de lo sublime, lo inmaculado, lo divino. Es porque hemos perdido la sensibilidad, el sentido de la armonía universal. Quizás por habernos creído ser de la inspiración, la fuente.

“Que las palabras hayan sido escritas por la música”… dijo Mozart. ¡Que la pintura, la escultura… que el arte… haya sido “escrito” por la música! La música (el verbo) es la armonía primordial y primigenia que se diluye en torrentes de armonías por todas las venas del arte y de la naturaleza hasta quedar plasmada en todas sus manifestaciones.

El poeta debe ser un instrumento afinado y atento, dispuesto a escuchar la música que le anuncia la urgencia de una voz que anhela cantar a la Tierra. El poeta, el artista, es el cronista, el intérprete sensible de aquellas divinas emociones, es quien desentraña el enigma que los dioses se han antojado comunicar. Y será algún poeta objeto de esta divina elección, en la medida que su oído musical esté sintonizado con el canto que habita en las esferas.

La más noble finalidad de la poesía y de la música es provocar el pensamiento. Y el pensamiento sólo se provoca cuando son conmovidos los cimientos del hombre: la emoción y la razón. Es la idea la que acude al poeta y a su poesía para hacerse presente entre los hombres, pero la idea sólo cabalgará en esta tierra sobre una digna montura, sobre una armoniosa voz que la potencie. Por medio de la música y su divino verbo es que nos ofrecen los dioses el don de la creación, y sólo en ella, en la música , es donde mora el inescrutable principio de las cosas y la fuente creadora de la vida que impregna a toda la materia. Sólo la música con sus armonías puede plasmar en el mundo material a las emociones arquetípicas que habitan en los planos superiores de la naturaleza, sólo la música ha sido señalada por los dioses para develar sus pavorosos secretos. Y los dioses, que siempre son avaros, sólo suelen susurrar algunas notas de su canto, de su gran poema. Por esto, todo arte -plástico o no - descansa en las armonías y en las proporciones, cuyo origen fundamental se encuentra en la voz de las matemáticas divinas y en su rigurosa condición de irreductibilidad. Y es en ese insuperable Universo -verbo único y armónico-, en su música, donde singularmente habita la belleza.

El poeta es el instrumento de una Voz que se asoma a la Tierra en pos de su Idea y de una Idea que asoma a la Tierra en pos de su Voz. Y de su terrible divino y humano reencuentro, irreducible y único posible, surge encarnado el Poema. De esto, y no de otra cosa, trata la poesía.