Costura


(Imagen: Fuente externa)

No tengo hilo y aguja en casa.
No puedo coser la camisa rota, el suéter viejo,
los calcetines blancos.
No puedo atar los cabos o empalmar las reglas.
no consigo unir nada de lo mío ni de lo ajeno.
No hay nada para dedicarme a la costura,
para sentarme sobre el sofá azul o la mecedora vieja
y tejer los días, remendar las cicatrices,
resolver acertijos,
volver a ensamblar las partes del amor.
Este apartamento se vuelve grande, frío y confuso
como las ventiscas de nieve que acechan el invierno.
Los cojines duermen, la cafetera no grita,
el marido no llega.
Estoy sentada frente a la pared blanca
sin nada qué hacer más que contar las grietas,
medir los orificios, perseguir alguna hormiga,
inventarme algún quehacer o liberar a mis fantasmas.
Quizás resuelva salir hasta la mercería
y comprar los hilos que me urgen,
las agujas que necesito para arreglar las cortinas,
tejer la oscuridad y la nostalgia,
coserme el corazón y los contornos,
reparar las heridas que sangran en mi interior.
O talvez lo que debo hacer es romperme en tiras,
adelgazarme como un hilo blanco
y tejerme un nido, una nueva casa,
un nuevo rincón para mis carnes,
una tumba exacta para mi ser adolorido.

© Rosa Silverio 2005
Todos los derechos reservados