Dormida


(Imagen: Pamela Albarracín)

Hoy se ha despertado el sol, pero yo no.
Continúo sumergida en la blancura de mis sueños,
en la serena inutilidad de estas horas,
en la suavidad ilusoria de mi viaje.
Mis párpados todavía están cerrados
y mis pestañas mojadas,
cansadas de la longitud de los días,
de la persecución de los ratones,
de todos los aguaceros y los orificios del paraguas.
Cansada de los trenes, del tiempo,
de los barcos y los aviones.
Cansada de que el viento me lleve a cualquier parte
y que ondee sin permiso los bordes de mi falda.
Estoy harta de los números, las medidas,
la exactitud de las cosas,
harta de la maleza, del bosque y de las piedras,
del tiempo que cabalga sin preocuparse de los surcos,
de la música urbana que no entiende mi cuerpo.
Es este cansancio, este amor a la muerte,
lo que me impide abrir los ojos y pelear otro día.
Prefiero este silencio, esta languidez nocturna,
yacer sobre la nada, florecer entre lo oscuro.
Voy a dejar que el sol se despierte y se levante,
yo seguiré dormida como un oso o una estrella.
Me gusta la tibieza, el almohadón de plumas
y mi alma anclada en la tranquilidad del puerto.
Me quedaré dormida, muda y transparente,
para borrar el mundo, olvidarme de que he sido,
me quedaré entre el pan, el trigo y la hortaliza,
sin ansias ni horizontes, sin alas y sin frutos.
Me quedaré en la cama como una hoja en la arena,
amarilla y solitaria, sombría e inocente.

© Rosa Silverio 2005
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