La labor de un funcionario

En el programa sobre el consumo de drogas el Señor Elías Tejeda, encargado del Programa Alcohol y Drogas de la Secretaría de Estado de Salud Pública, se encolerizó cuando yo le pregunté porqué no existían campañas de educación y prevención sobre este tema, y a seguidas le pregunté sobre el monto del presupuesto con el que trabajan. Su reacción, inesperada para todos, fue arrancarse el micrófono de la solapa y decir que se iba de inmediato puesto que según él yo no tenía ningún derecho a cuestionarlo ni a preguntarle eso. Comenzó a gritarme que yo lo había personalizado y que si él hubiera sabido que eso era una “emboscada” habría ido con todas las armas (bueno, fue acompañado por una “magistrada”). La verdad es que me sorprendió muchísimo su actitud ya que en ningún momento fui agresiva o excesivamente incisiva con él. Le repetí en varias ocasiones que no entendía su malestar y hasta me sonreí en un par de ocasiones porque él no me dejaba hablar. En un momento el señor comenzó a explicarme cuál era mi labor como periodista y fue ahí cuando le dije que mi labor era indagar y que recordara que él era un funcionario público pagado con el dinero de todos los ciudadanos y que yo, como ciudadana, tenía todo el derecho a exigir explicaciones.

El señor Tejeda decidió quedarse luego de que el sociólogo Carlos Pimentel, quien emitió duras declaraciones en contra del gobierno, lo tranquilizara un poco y luego de que un camarógrafo lo mandara a sentarse y le volviera a poner el micrófono. Les confieso que yo estaba dispuesta a continuar la grabación sin él, ya que no se puede obligar a quien no quiere participar en algo y mi intención no era tenerlo “secuestrado”, todo lo contrario, pero ya que él se quedó continuamos aunque pienso que debido a su “crisis” no tratamos algunos de los tópicos que me interesaban, como son las señales para detectar si alguien cercano a nosotros es adicto y las causas que empujan a una persona a este tipo de hábito, pero como nuestro sicólogo estaba evidentemente alterado, no hubo forma ni tiempo para abordar eso.

Si vuelvo a comentar este tema es porque he estado prensando en cuáles son las funciones de un trabajador público, un servidor estatal. Precisamente el día de la grabación, en la mañana, estaba yo viendo una entrevista que le hizo el periodista dominicano Huchi Lora al actual ministro de turismo, el señor Felucho Jiménez, quien ha sido cuestionado por diversos sectores ya que durante el ejercicio de sus funciones se han aprobado varias disposiciones que “casualmente” lo benefician a él en particular. El señor Felucho Jiménez es un reconocido empresario del sector turístico.

En la entrevista, Felucho le decía a Huchi que se sentía mal por los cuestionamientos que le hacían y entonces yo pensé que no creo que nadie quiera que nuestro ministro de turismo la pase mal en lo personal, sin embargo, actualmente él esta ejerciendo un puesto público de mucho peso y responsabilidad, cargo que quizás no debió aceptar, pese a su vasta experiencia en el área, por sus intereses particulares, lo que se presta a malinterpretaciones y como se ha visto, son los principales generadores de las acusaciones que lo tienen sobresaltado.

Desde siempre, los políticos dominicanos han estado acostumbrados a que no se les exija cuentas, a hacer y deshacer a su antojo, a llegar al gobierno y no rendir informes a la ciudadanía que los llevó a ese puesto y a la que le deben respeto, y sobre todo honestidad y transparencia.

Nuestros gobernantes, los de todos los partidos políticos, están acostumbrados a llegar al poder y hacer lo que les parezca, sin que nadie les diga nada, y si alguien se atreve a cuestionarlos, entonces ellos se alteran, te mandan a apresar, te silencian o simplemente te dicen que “no toques esa tecla” para que no te hundas… ¿Se acuerdan de Balaguer?

Desgraciadamente, los funcionarios públicos no han entendido bien cuál es su función, cuál es su rol dentro del Estado. Ellos piensan que es llegar y enriquecerse en los cuatro años de mandato o simplemente hacer el trabajo que les ha tocado, pero sin contemplar la posibilidad de que pueda haber un buen dominicano que les pregunte sobre lo que están haciendo y de qué manera invierten su dinero. Porque es que muchos de ellos piensan que el dinero que reciben sale de una máquina que tiene el Banco Central y no de la recolección de impuestos que paga la ciudadanía. Lo peor es que piensan que ese dinero les pertenece a ellos, los políticos, y que pueden disponer de él como les plazca e invertirlo en cuestiones como el Metro, por ejemplo, cuando toda la población dominicana pide a gritos un mejor sistema educativo, mejor servicio de salud, mejores pensiones, mejores salarios…

Pero la culpa no es totalmente de ellos, la culpa también es nuestra, porque nosotros, con nuestra indiferencia y sumisión, les hemos permitido que lleguen a este punto en donde la desfachatez se impone, en donde un maestro cobra diez mil pesos y un alto funcionario cobra 125 veces más. Nosotros, los del montón salidos, los que vivimos en este país del mundo colocado en el mismo trayecto del sol, hemos perdido el norte y nos hemos olvidado de que tenemos el derecho de pedir explicaciones, de que los políticos gobiernan para nosotros y no para ellos mismos, de que la indiferencia o la queja solitaria no es la solución. Quizás la solución sería una mayor cohesión de toda la población, para en asuntos como estos asumir una postura crítica y vigilante, de manera que toda persona que llegue a un puesto público sepa que tiene la mirada de todos nosotros encima y de que está ahí no sólo porque tiene el derecho de trabajar y ganarse la vida, sino que también está ahí para servirnos y tomar las mejores decisiones, esas que van en beneficio nuestro y que se toman con justicia y equidad.

Por supuesto, debo aclarar que por suerte no todos los que trabajan en el sector público se comportan de la misma manera (indolente, interesada y arbitraria) puesto que sé que algunos intentan desempeñarse con pulcritud. Y esos los hay en este gobierno y los ha habido en gobiernos anteriores, pero lamentablemente no son la mayoría y por eso la imagen del funcionario público que tenemos los dominicanos es tan pésima.

Otro asunto realmente indignante es que cuando un funcionario público es cuestionado, de inmediato supone que quien lo hace pertenece al partido de la oposición. Recuerdo que hace un tiempo, el anónimo que siempre me visita (así como todos tenemos un vecino insoportable, todos los blogueros tenemos un anónimo) me acusó de ser perredeísta. Evidentemente ese señor conoce muy poco de mi historia familiar, pues de haberla sabido me habría acusado de ser trujillista, balaguerista y más reformista que Lila Alburqueque. Sin embargo, yo no milito en ningún partido y no porque la política me sea indiferente, porque no es así, sino porque contrario a otras personas que crecieron en el seno de una familia política, mi sentido crítico se desarrolló y mi responsabilidad como ciudadana también. Además, siempre he creído que una de las causas de que hayamos tenido tantos gobiernos fallidos, es que los dominicanos somos muy partidistas, militamos dentro de un partido sin importar quiénes son los líderes ni cuáles sus ideales, sólo porque nuestros abuelos y nuestros padres pertenecían a ese grupo. Quizás otra cosa que nos hace falta es mirar más al candidato, a su propuesta de gobierno, sus ideas y su trayectoria, en lugar de enfocarnos tanto en esa devoción y lealtad partidista que muchas veces raya en la ceguera y la ignorancia. Pero retomando el punto, decía que en realidad no pertenezco actualmente a ningún partido político y que cuando critico o señalo algo del gobierno actual, no lo hago porque soy perredeísta, ni reformista, ni comunista, ni del partido de Bacho, y así como veo las debilidades de esta actual administración, también veía y me dolían las metidas de pata del gobierno anterior y de los otros que han pasado por el Palacio Nacional. De igual manera, también soy capaz de reconocer las acciones positivas, aquellas que a mi juicio nos benefician a todos y no a un grupo en particular.

Pero lo que realmente quiero decir es que creo que la sociedad dominicana debe llegar a un punto en el que tiene que trascender eso del partidismo radical, y que aunque agruparse y pertenecer siga siendo una de nuestras necesidades básicas como seres humanos sociales, no lleguemos al límite de que se obnubile nuestra razón y mucho menos de que perdamos nuestra individualidad, nuestro criterio personal.

Y es precisamente apelando a ese criterio personal que yo cuestiono y exijo. Pero tampoco soy de las personas que lo critican todo, aquellas para las que no hay nada bien hecho y no aportan nada. Hay dos tipos de personas que me disgustan profundamente y son el indiferente y precisamente el que todo lo crítica pero nada hace, aunque por suerte para este último, vivimos en un estado democrático en el que comportamientos como esos son válidos y deben respetarse, pero eso no quiere decir que no sepamos que ni uno ni otro aportan gran cosa a la sociedad. Por supuesto que para algunos contribuir no constituye una prioridad ni una necesidad, mucho menos algo que les importe, ya que están enfocados solamente en sus intereses particulares. Sin embargo, esa actitud no deja de ser algo inmoral ya que esos que no hacen nada, son los que primero procuran beneficiarse de lo que sí hacen otros.

En ese sentido debo decir que vivimos en un país democrático y participativo del que formamos parte y tenemos el derecho de pedir explicaciones a nuestros funcionarios. Al mismo tiempo, ellos tienen la obligación de rendirnos cuentas porque la adquirieron desde el mismo instante en el que aceptaron el cargo. Por tal motivo resulta incomprensible que un funcionario, encargado de un departamento, no sepa ni pueda decir con qué cantidad de presupuesto trabaja y se ofenda sólo porque una periodista y ciudadana le pregunta porqué el gobierno, representado por él en ese momento, no implementa una campaña de educación sobre un tema que preocupa a la población dominicana.