Hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol

Antes yo ansiaba ir por el mundo como una trotamundos. Quería escalar montañas, descubrir nuevos planetas, inventarme fórmulas, hacer realidad el cuento de la princesa y la rana, encontrar el recodo blando de la piedra, viajar con las olas, tocarlo todo, sentirlo todo, vivir intensamente todo, saltar por el mundo como un conejo blanco y hacer de la vida una eterna aventura, una experiencia intensa y extraordinaria repleta de momentos especiales, emocionantes e irrepetibles.

Pero con el tiempo uno aprende el valor de las pequeñas cosas, se da cuenta de que tanto viajar cansa, de que las ampollas en los pies duelen y de que no hay viaje más profundo y abrumador que aquel que se hace hacia el interior de uno mismo. Con el tiempo uno aprende que las ranas siempre serán ranas, que las princesas ya no existen, que las piedras son duras, que no hay forma de ablandarlas y que las olas siempre terminan muriendo adoloridas sobre alguna roca. Con el tiempo, uno también aprende que no siempre se encuentra lo que se anda buscando en lugares lejanos y que quizás esto se encuentra a la vuelta de la esquina, en el patio de la casa, en la sonrisa del vecino.

Por eso hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol, porque precisamente descubrí lo que es sentirse a salvo cerca del hogar y de las personas que se aman.