Rey Andújar: Candela en la sangre y en las manos

Rey Andújar es un talentoso escritor dominicano que se ha destacado por el descaro y la frescura de sus letras, por sus propuestas creativas, por su autenticidad y su singular visión de las cosas, lo que le ha permitido ascender con fuerza en el mundo literario, aunque claro, su éxito no sólo se debe a la gran aceptación que han tenido sus publicaciones, sino también a la dedicación, la perseverancia y la pasión con que Andújar asume el oficio de la escritura.

Rey nació en Santo Domingo en 1977. Es narrador, poeta y performero. Ha publicado la novela corta El hombre triángulo (2005), y las colecciones de cuentos El factor carne (2005) y Amoricidio (Premio Nacional de Cuentos Feria del Libro 2007). Ha ganado diversos certámenes como el Premio de Cuento del Banco Central, el Premio Internacional de Cuento de Casa de Teatro y el Premio de Cuento de la Alianza Cibaeña.

Durante la presentación de su novela Candela (Alfaguara, 2007) en Casa de Teatro, tuve la oportunidad de conversar con el escritor y hoy comparto con ustedes sus respuestas a las principales preguntas que le realicé durante nuestro encuentro.

ROSA SILVERIO: ¿Cómo iniciaste tu carrera como escritor? ¿Cuándo te diste cuenta de que esto era lo que realmente querías hacer?
REY ANDÚJAR:
Siempre he sido un lector muy disciplinado. Desde muy pequeño busqué refugiarme de las carencias comunes en un hogar “no convencional” (madre soltera, mucho tiempo con los abuelos…). Fui creciendo y el amor por la literatura aumentó. Luego de muchos tropiezos poéticos y una gran depresión, llegó el gran accidente: comencé a contar historias, primero para los amigos más cercanos, después todo se salió fuera de control, y aquí estamos. Resumo, redundo: leo con fervor… En mí la escritura es un delicioso accidente.

RS: Rey, todo lo que escribes tiene un estilo muy particular… ese lenguaje descarnado y poético, esa manera que tienes de recoger la idiosincrasia del dominicano, ese espíritu caribeño e impúdico. Atendiendo a esto, ¿cuán importante es para ti el estilo, el encuentro con el tono propio y, lo más importante, crees que has conseguido el tuyo?
RA:
Agradezco que entiendas que ya tengo un estilo, una voz. Creo que es un asunto de distancias: yo puedo reconocer el estilo de otro escritor, pero no puedo reconocer mi voz, porque me es demasiado inherente.

Mis primeros textos publicados son bastante orales, recogen mucho de la lengua popular, porque así los escuchaba en mi mente, así hablaban esos personajes. Ellos –los personajes- tienen su propio ritmo, su realidad. No hablan como yo –gracias sean dadas- que con los años he terminado hablando una jerga que tiene mucho de spanglish y palabras inventadas junto con los amigos.

Entiendo que cuando consiga un estilo, quizás será más fácil escribir, pero definitivamente será más aburrido. Para mí el arte es una cuestión de riesgo y el vértigo está en el desconocimiento, la belleza de avanzar con los ojos cerrados; como enamorarse, como hacer el amor con alguien que uno no conoce del todo, a medio vestir, a media luz.

RS: Hablemos de Candela. ¿De dónde surgió la idea de esta novela? Leí en una entrevista que cediste al semanario Clave que en principio era un cuento, pero luego te diste cuenta de que había material para más. ¿Cómo fue el proceso de construcción?
RA:
Recuerdo que terminé el Hombre Triángulo en Nueva York, y por ese invierno estaba yo escribiendo cosas pequeñas, historias de media cuartilla. Candela se llevó página y media. Era la historia de un chico que se iba de vacaciones al campo y se encontraba con esta niña morenita que tenía la particularidad de coger fuego en la cabeza y volar de río a río. El cuento era horrible (como toda la serie de muchísimos cuentos que escribí por esos días), todo cliché, todo borroso. En mi mente, cuando la morenita se prendía en candela se me parecía mucho a DragonBall Z, pero seguí trabajando la historia, porque no me dejaba en paz. Luego la dejé descansar por casi un año, y un día, cuando estaba en otras cosas (escribiendo Ciudadano Cero, entrenándome con Lorraine Ferrand con lo del teatro, leyendo poesía en performances), apareció el personaje de Lubrini, y empecé a escribir en serio… ahí supe que sería una novela.

RS: En esta novela que se desarrolla en Santo Domingo, en una atmósfera de un huracán que está por entrar al país, cuentas la historia de la muerte de Renato y el deseo del teniente Imanol Petafunte de desvelar la verdadera causa de su muerte. También relatas la historia del hermano manco del difunto, Gustaff, quien mantuvo una rivalidad con su hermano, y quien sostiene un intenso romance con Lubrini, el escritor que cuenta su vida a través de su obra. En medio de todo esto aparece Candela, la hija de inmigrantes haitianos, la sin patria, la puta del barrio, la adivina. ¿Cómo fuiste bordando y dándole forma a estos personajes, qué hay detrás de cada uno, podemos asociarlos con gente de tu realidad, cuál fue el que más disfrutaste trabajar?
RA:
Lubrini fue saliendo de golpe, así, poco a poco, fueron saliendo los personajes. Recuerdo que todo el tiempo que viví en Cabarete, fue cuando más escribí. Escribía la historia, no desde el punto de vista de cada personaje, sino al revés. La historia escribía, moldeaba a cada personaje, hasta el punto definitivo en que se fueron entrelazando, de una manera en que yo mismo me sorprendía. Para mí eso era muy importante. No quería nada traído por los pelos. Para mí, el hecho de que exista un fenómeno atmosférico como el huracán era imprescindible. Cuando trabajo un texto de largo aliento, paso mucho tiempo diseñando el clima: esa condición define los espacios, los colores, los estados de ánimo.

Yo me di mi tiempo con este texto, me lo disfruté intensamente. Puedo decir que me fue muy difícil acercarme a Sera y a Gideon, porque aunque sabemos quizás muy poco de ellos, fueron personajes con los cuales trabajé mucho. Confieso que lloré y me emborraché la noche en que murió Renato. Lo hice consciente de que la literatura es ficción.

RS: Tu novela se titula Candela, pero yo sentí que el personaje que se llama así es totalmente secundario y que en realidad el peso de la obra recae en el teniente Imanol Petafunte, en Gustaff y en Lubrini. Entonces, ¿por qué decidiste titularla así?
RA:
Esa novela es de Candela. Ella es el concepto. Ella me introdujo en estos personajes, en su mundo. Candela no es para nada secundaria… es la llave para armar el muñeco. Sin Candela no hay bizcocho, el que no baila no bebe refresco, cosas así.

RS: Lubrini es un personaje que está envuelto en un halo de ambigüedad sexual, por momentos uno puede pensar que es una mujer y por otros que es un hombre. ¿Fue eso adrede y porqué?
RA:
Toda la novela es adrede, con mala fe. La literatura no es inocente.

Te confieso que quise que Lubrini no tuviese sexo definido. Con relación al lenguaje, fue un ejercicio muy interesante, crear un personaje del que se hable tanto sin detenerse fijamente en su sexualidad. Y es que socialmente, las etiquetas, son indispensables. Para ser “aceptado” necesitas un nombre, una identidad, ya sea racial, sexual, religiosa, etcétera. Máscaras para escondernos. Doble moral. Digamos que quería reírme un poco de eso. Podría decirse que casi lo logré.

RS: En trabajos anteriores tuyos estábamos acostumbrados a encontrarnos con muchas descripciones sexuales, en esta las hay, pero en comparación con lo que has escrito anteriormente, podemos decir que en Candela son moderadas, ¿acaso fue algo adrede, una manera de sacarte la etiqueta y explorar otros territorios?
RA:
En este trabajo quise hacer un viaje por los cuerpos, y esos encuentros sexuales que se presentan, me ayudaron bastante a crear, diríamos, diversas estaciones. En ocasiones todo es lírico, en otras, totalmente descarnado… otras veces, el asunto es totalmente onírico, hasta metafísico, si se me permite. Creo que así nos comportamos en realidad: no siempre hacemos el amor de la misma manera, ni siquiera los que están aburridamente casados o los terrible y patéticamente solteros.

RS: Sabemos que el escritor tiene muchas fuentes de inspiración, como son la evocación, el imaginario y la realidad que percibe a través de sus sentidos. ¿Cuáles de tus realidades están expuestas en Candela y hasta qué punto te llevó la fantasía?
RA:
Necesariamente no tienes que vivir las cosas en carne propia para “vivirlas”. Pensemos en las fotos de las torturas en Abu Ghraib. El mundo entero las vio. Nosotros, tú y yo no estuvimos en la celda, no fuimos militares ni arrestados, sin embargo fuimos parte de ello. Esas fotos nos hicieron tomar partido, detenernos un momento. Si escribimos algo mañana acerca de eso, nadie puede decir que no lo vivimos. La literatura es ficción, nos permite soñar, prefigurar el orden de las cosas. Ser. Todo lo que escribo tiene que ver conmigo, aunque yo siempre, siempre miento.

La verdad total es algo muy peligroso y ambicioso. Eso no se puede dar totalmente, ni siquiera en el amor. Ahí está Eternal sunshine of the spotless mind para probarnos la teoría.

RS: Candela y tus propuestas anteriores son un reflejo de la idiosincrasia dominicana, de la vida en los barrios, de la brecha social que hay en el país, y hay, y no de manera subyacente, sino muy clara, una crítica bien fuerte a la doble moral, a los esquemas, a las diferencias sociales, a la injusticia. ¿De dónde surge esa preocupación tuya por esos temas? ¿Piensas tú que el escritor debe estar no sólo comprometido con su propio arte, sino también con la sociedad? Fíjate que por ejemplo, el bailarín ruso Rudolf Nureyev decía que su patria era el baile, sin embargo, otros artistas de distintas ramas, entienden que un arte sin ningún tipo de compromiso social, es un arte vacío y anodino.
RA:
Parafraseo a Onetti: El único compromiso real del escritor es el de escribir bien. Tener talento. Cultivarlo. Si uno se preocupa por eso, el llamado compromiso queda cubierto. Entiendo que si se escribe pensando primero en el compromiso, el esfuerzo muere de inmediato, ya que se está condicionando la idea, todo el proceso. Entonces sí, se podrá ser un ciudadano correctísimo, un buen miembro del partido, quizás un escritor cumplidor, pero no necesariamente un artista.

Me preocupo por esos temas porque mis personajes se desarrollan en ellos y yo no puedo mantenerme ajeno a esa realidad, viva yo en Villa Duarte o en Ámsterdam. El problema es que con regularidad asociamos el concepto “Compromiso Social” con marginalidad, y a mí, particularmente, me interesa muy poco ese club. Redundo: Hay que escribir bien, demasiado, muy muy bien, y mucho. Si el llamado compromiso se da o no, tiene muy poco que ver con nosotros.

RS: Y hablando de compromiso social y de crítica, ¿qué piensas tú sobre la situación actual de República Dominicana?
RA:
En la República existe un problema de prioridades. Sí, todo es importante: el transporte, villas panamericanas, la educación, los medios automovilísticos de nuestros funcionarios… pero existen prioridades. Entiendo que nuestras deficiencias como sistema económico, social y político radican en la designación de estas prioridades al momento de la toma de decisiones. No puedes darle un Metro a un pueblo analfabeto y mal alimentado. Eso no se ve bien. Existe una falta terrible de sentido común. Podríamos invertir la mitad del presupuesto del dichoso Metro en, al menos, Salud Pública (hilo para sutura, gasas, methiolé, algodón, en las salas de emergencias) y Educación (planes sustentables de alfabetización, acondicionamiento sanitario de las escuelas públicas, capacitación, materiales y sueldos decentes para los maestros). Quizás el glorioso sueño de un tren moderno tardaría un poco más, pero el pueblo estaría en condiciones para usarlo. Un pueblo que no sabe ni siquiera manejar el desperdicio que genera (reciclaje, almacenamiento y recogida de basura…) no puede tener un Metro, no puede.

RS: Retomando a Candela, en la entrevista que te mencioné o en otra que te hicieron para el suplemento cultural del Listín Diario, dijiste que de alguna manera intentabas retratar en tu novela ese Santo Domingo en el que intentaste ser feliz. ¿Qué te pasó en Santo Domingo? ¿Cuáles fueron tus decepciones? ¿Acaso Candela es hasta cierto punto una obra catártica?
RA:
Hablo de un Santo Domingo que, aunque no era perfecto, se manejaba por una serie de códigos. Por ejemplo, los tígueres del barrio en que me crié, en Villa Duarte, eran macheteros de lo peor, pero se debían a unos códigos de respeto ( a los mayores, a los niños o niñas que estudiaban… respeto incluso entre ellos mismos). Recuerdo una escena que se me quedará para toda la vida: En una cancha de baloncesto se armó una pelea. Los involucrados fueron a sus respectivas casas a armarse y se vieron en la cancha en quince minutos. Puñal en mano, se abrazaron afiladamente. Uno de los dos quedó mal herido. El otro, en vez de rematarlo, hizo los arreglos para que lo atendieran. “Llévenlo a curar”, recuerdo que dijo, mientras limpiaba el cuchillo del pantalón. Eso quedó ahí. Respeto.

En Santo Domingo sufrí decepciones que no tienen nada que ver con la geografía sino con la condición humana. Estoy seguro que hubiese sufrido en lo mismo en cualquier otro lado, en cualquier otro contexto. También fui muy feliz: la secundaria, Sans Souci, algunos veranos en La Vega. Qué sé yo, la niñez y la juventud… son paraísos a los que siempre quiero volver, y eso está ligado a Santo Domingo.

Me molesta, me decepciona, que nuestro intelecto no esté desarrollado a toda la capacidad por el simple hecho de que a nuestros gobernantes no les interese invertir en la educación, en las artes, las humanidades. Entiendo que un ser humano educado, es la mejor materia prima que puede tener una sociedad. No comprendo cómo coño es que nuestros gobernantes no pueden meterse eso en la cabeza.

RS: ¿Cómo sientes que ha evolucionado tu narrativa desde El hombre Triángulo, El Factor Carne, hasta Candela? ¿Cuáles han sido tus progresos y cuáles siguen siendo los lugares comunes?
RA:
Ha mejorado bastante el interés por el cuidado del lenguaje, la ortografía. Digamos que ahora leo con malicia y eso se refleja en mi escritura. Hay cosas que no han cambiado. Para mí el juego y el riesgo son muy importantes, y eso implica la creación de un espacio en donde el texto pueda sustentarse por sí mismo. Digamos que en estos momentos me interesa más el texto que el “supuesto” lector.

Esos libros que has mencionado son cosa liquidada, ya no me pertenecen, pero son muy míos. Ese es un conflicto que nunca podré resolver. Quisiera poder jugar con la memoria, leerlos como si no los conociera. Pero me es imposible.

RS: ¿Cuáles son tus expectativas con Candela?
RA:
Ningunas, en lo absoluto. Las tenía mientras la estaba escribiendo. Estoy muy contento con el resultado y me siento feliz de ser cien por cien responsable del sueño, la sangre, la trama y la ternura escondidos entre las tapas del texto.

Quiero tomar ahora un momento para mencionar algunas cosas que considero muy importantes. Primero, todo el proceso de edición. A nivel personal, en la penúltima parte del proyecto trabajé con una gran amiga en Puerto Rico, Carmen Zeta, quien estuvo bien de cerca vigilando el manuscrito final que iba a ser entregado a Alfaguara. Luego, trabajé en varias sesiones con Ruth Herrera y Mario Barrero Fajardo. De ellos aprendí que todo lo que está en el texto, debe de trabajar a favor de la trama, de la profundidad de lo escrito, y no en favor del ego del escritor.

Segundo, la portada: estaba en la biblioteca de la Universidad de Puerto Rico, haciendo investigaciones para un trabajo de finales de semestre, y me encontré con esta pintura. No lo pensé dos veces y me dije: Esta es Candela. El cuadro es del Maestro Francisco Rodón, uno de los artistas más importantes de la plástica puertorriqueña. La pieza, se llama “La Matineé” o “Desnudo con paraguas” y pertenece al Museo de Arte de Ponce. Debo destacar que el Sr. Rodón, todo un caballero, cedió los derechos de la obra.

RS: Pasando a otro tema, ¿qué piensas de la literatura que se hace actualmente en el país, en especial la que hace la gente de tu generación?
RA:
Se me hace difícil hablar de generación, porque no puedo ubicarme en ninguna. Creo que ese es un trabajo para los antólogos y la crítica. Yo soy escritor, simplemente.

De la literatura actual, releo con fervor a Paul Álvarez (La Pelota) y a Homero Pumarol. Paso, mientras puedo, por los blogs de Frank Báez y gracias a ti, de Máximo Vega. Admiro mucho el trabajo de Rita Indiana y de Ariadna Vázquez. También hay que buscar cosas de Carlos Ortiz, que viene zumbando por ahí. También me hace sentir muy bien el hecho de que entre nosotros existan personas muy preocupadas por promover el arte y no se dedican sólo a la creación o a la espera del mutuo elogio. El blog de Patty Minaya es uno de esos, el de Deidamia, el tuyo también.

Creo que artísticamente hablando, estamos bastante saludables. Hay por ahí muy buena música hecha por gente muy joven: Marel, Batey, Ésar, Lo Correcto… También en otras ramas del arte… todo esto sin apoyo gubernamental, sin un plan sustentable de desarrollo para las humanidades. Entiendo que lo más importante es que todo este movimiento artístico se está dando fuera de un ámbito políticamente gratuito y que se está manifestando por sus propios medios.

RS: ¿Cuáles son tus proyectos venideros? ¿Qué más podemos esperar de Rey Andujar?
RA:
Bueno, uno no debe hablar de lo que está escribiendo porque eso “azara”. No esperen mucho de mí, de nadie. Yo estaré por ahí, haciendo cositas, dando carpeta. Nada más.

No quiero irme sin agradecerte, más que la entrevista, el tiempo de estar juntos. Sin lamberte el ojo te dejo saber que te admiro mucho. Gracias siempre grandes de brazo de mar.