La edición y la originalidad del escritor

Hace un par de días encontré por azar el artículo El hombre que reescribía a Carver en el que el escritor italiano Alessandro Baricco habla sobre Raymond Carver y el escándalo desatado a raíz del descubrimiento de que su editor Gordon Lish corregía sus cuentos hasta el punto de reescribir muchos de sus finales o de hacerlos irreconocibles.

El autor de Seda leyó en el periódico un artículo sobre el escándalo y movido por la curiosidad realizó un viaje a Estados Unidos y se dirigió hacia Lilly Library, biblioteca a la que Gordon Lish había vendido las cartas y los cuentos de Carver, así como sus propias correcciones. Les recomiendo la lectura del artículo que es interesantísimo y que no copio aquí debido a su extensión. En éste Baricco pone como ejemplos dos de los cuentos de Carver (Dile a las mujeres que salimos y Todavía una cosa) mostrándonos el final que escribió el editor y el final original.

El italiano concluye diciendo que lo más interesante para él fue descubrir que uno de los máximos modelos de la cultura narrativa contemporánea es un modelo artificial, “nacido en laboratorio”, y descubrir que Carver no era aquel autor de mirada impasible que construía paisajes de hielo, ya que en la versión original éste los revestía de sentimientos, “como si tuviera necesidad de convencerse que, a pesar de todo aquel hielo, eran habitables. Humanos.”

Dice Baricco que quizás desde el punto de vista editorial Gordon Lish tuvo razón porque incluso construyó un nuevo estilo literario (Raymond Carver es considerado el padre del realismo sucio), sin embargo luego lanza una pregunta inquietante: ¿Pero el punto de vista editorial es el mejor punto de vista?

Termina diciendo que el último día en la Lilly Library releyó los dos cuentos y las dos versiones le parecieron bellísimas, distintas pero bellas. La diferencia según él radicaba en que en la versión original Carver buscada desesperadamente hallar el revés humano del mal, demostrar que el mal es inevitable y que dentro de él hay un sufrimiento y un dolor que son el refugio de lo humano. Y, según Alessandro Baricco, ahí era donde verdaderamente radicaba la grandeza del autor.

Imagino que este escándalo Carver-Lish sorprendió a muchos, pero estoy segura de que a aquellos que escriben y que han tenido algún tipo de contacto con el mundo editorial, esto no les parecerá tan raro. Incluso en República Dominicana se sabe de leyendas urbanas que cuentan que a ciertos escritores locales sus editoriales les han reducido su texto original en más de un 60%, o se lo han corregido hasta el punto de volverlo otro.

Esto me hace recordar a uno de los invitados internacionales que estuvo en el Pabellón Libro Cocina, quien ante la pregunta de qué pueden hacer las personas que quieren escribir, aconseja que escriban y que no se preocupen por nada más, puesto que para lo otro hay gente en las editoriales que luego tomará sus textos y se los corregirá.

La pregunta que yo me hago es hasta dónde se supone que debe llegar la labor de los editores, qué tanto hay del escritor y qué tanto hay del editor en una obra, si acaso lo que leemos podemos considerarlo el fruto del genio creador de un artista o si tan sólo debemos verlo como un producto editorial.

Me gustaría anotar que esto no sólo se da en el campo de la narrativa, también lo he visto en el de la poesía. Escritores que dan a corregir sus poemarios y el corrector le reescribe los poemas o los modifica tanto que al final el resultado es otro y lo que queda del autor es apenas una palabra, un verso, una idea vaga, algo irreconocible.

Les pondré el ejemplo de un caso del que me enteré, el cual tiene la particularidad de que involucra a dos poetas en lugar de ser el típico caso editor-escritor. Se trata de Pablo y Juan. Pablo es un escritor con talento, que lee mucho, escribe buena poesía y se entrega por entero a lo que considera su gran vocación. Juan, por el contrario, es alguien que carece de ese talento, se toma la literatura como un pasatiempo, lee muy poco o nada y cuando redacta tiene grandes problemas sintácticos y semánticos que hacen que sus textos sean muchas veces ininteligibles.

Ambos eran muy amigos y cada vez que Juan escribía un poema nuevo iba adonde Pablo para que éste se lo corrigiera. Como Pablo le tenía mucho aprecio, le ayudaba con sus poemas limpiándolos de todos los ripios poéticos, de todas las mediocridades e incoherencias, poniéndoles su propio aliento y su magia, y muchas veces rehaciéndolos por completo. Pero además, Pablo quería que Juan se diera cuenta de sus deficiencias y las superara, por lo que le prestó buenos libros para que los leyera y se ofreció a ayudarle con el español, pero éste nunca leyó los libros y siempre encontraba una excusa para no acudir a la casa de su amigo a estudiar el idioma con él.

Por su talento y la calidad de sus poemas, Pablo era conocido en el mundo literario y con frecuencia lo invitaban a participar en recitales. Juan era menos conocido pero con la ayuda de su amigo, cada vez lo invitaban más a participar en actividades literarias e incluso lo invitaron a publicar en varias antologías.

Gracias a la mano mágica de Pablo, Juan había comenzado a ganarse buenas críticas y a ser tomado en cuenta. Pero el “éxito” obtenido se le subió a la cabeza, llegando incluso a regodearse de su enorme talento y de su originalidad como artista delante de su amigo, quien comenzó a sentirse molesto e indignado por su falta de humildad, ya que sabía que Juan no era capaz de escribir un poema que sirviera sin su ayuda. Además, la gente comenzó a comparar la poesía de los dos amigos y algunos llegaron a decir que la de Juan era superior. Esto llegó a oídos de Pablo, quien decidió terminar con el engaño.

Pablo llamó a su amigo y le dijo: -A partir de ahora tendrás que corregir tú mismo tus poemas. Juan se quedó sorprendido y consideró una especie de traición o envidia la negativa de su amigo a ayudarlo.

El tiempo pasó y Pablo continuó escribiendo, obteniendo logros, escribiendo poesía. En cambio Juan jamás volvió a escribir un poema que valiera la pena y con el tiempo dejó de escribir para dedicarse a su verdadero sueño.

De acuerdo a lo que supe, Pablo sentía que todos los elogios que le decían a su amigo eran inmerecidos y que el verdadero artífice de todo era él, y era él quien en realidad merecía cualquier honra pues los poemas de Juan se convertían en otra cosa cuando pasaban por su mano. Imagino que algo parecido debió sentir en ciertos momentos Gordon Lish y me pregunto si acaso éste no ha pensado que el verdadero artista era él y no Carver, e incluso pienso si en Lish se podría aplicar la teoría que tienen muchos de que los editores no son más que escritores frustrados. Sin embargo, el hombre que reescribía a Carver, que actualmente está retirado, guarda silencio, quizás porque está gozando su momento o quizás molesto porque en realidad se siente tan sólo como un editor que ha hecho bien su trabajo.

*Imagen: Foto de Raymond Carver/amoresbizarros