La personalidad del escritor

En días pasados estuve pensando en la personalidad del escritor. De vez en cuando este tema me llega a la cabeza por los estereotipos y las ideas preconcebidas que hay en torno a quienes nos dedicamos a este oficio.

En mi caso sucede que hay gente que me ha dicho que yo no parezco escritora porque me ven como una persona "alegre y normal”, o porque me escuchan hablar de cosméticos o de asuntos domésticos como cualquier otra mortal. Hay otros que se han decepcionado al conocerme porque me imaginaban con cierta aura mística o con algún aire intelectual. Algunos me ven como una criatura complicada, suicida y demasiado rebelde para su gusto. Y hay otros que no consiguen ubicarme o me ponen la etiqueta de la “escritora frívola e intrascendente”, como me dijo un amigo.

Para mucha gente, si eres escritor debes encajar en uno de estos estereotipos: el comprometido, el rebelde, el bohemio, el solitario, el intelectual, el depresivo, el loco o el soñador. En el caso de que sea mujer y se dedique a la escritura, aquí en República Dominicana se tenía la falsa idea (y en los círculos más conversadores se tiene todavía) de que las escritoras son feas (o por lo menos las buenas escritoras), amargadas, visten mal, carecen de cualquier coquetería o vanidad, y se les exige que siempre estén teorizando para poder ser consideradas inteligentes o intelectuales. Si son bonitas son provocadoras, promiscuas y ligeras, a menos que se aíslen o se escuden detrás de un noviazgo o un matrimonio sólido que las salve de ser señaladas por el dedo acusador. Muchas ceden a esta presión y se arrodillan ante la voluntad de una sociedad que todavía está marcada por los prejuicios y el machismo, mientras que otras deciden ser sin importar lo que digan los demás, y otras aún más valientes combaten toda esa avalancha con el propósito de que las cosas cambien, aunque el precio a pagar sea el escarnio o el ostracismo. Ah, olvidaba mencionar que las que escriben párrafos como estos son consideradas feministas frustradas, chismosas o mujeres a las que les gusta asumir el papel de víctima.

Pero, me gustaría saber qué pasa con quién no encaja con ninguno de esos estereotipos, qué pasa con quien simplemente es, qué título recibe quien opina que, como todos los demás, es un ser humano con muchos matices, con diversas coloraturas.

Y también me pregunto: ¿Quién es ese sujeto que dice ser escritor? ¿Cómo debe comportarse? ¿Es una persona “normal”, un ser humano como cualquier otro o acaso es alguien excepcional? ¿Es el escritor un visionario, el principal protagonista de una época, alguien capaz de cambiar la visión del mundo, un ser comprometido con la sociedad o un artista que sólo se debe a su obra?

Sobre este tema se ha escrito mucho e incluso diversos escritores han dado su opinión. En el caso de Ernest Hemingway, éste decía que “un escritor sin sentido de la justicia y de la injusticia debería dedicarse a redactar el Anuario de una escuela para niños excepcionales”. Lo que nos lleva a quienes ven al autor como una persona comprometida con su tiempo, con su sociedad, con las causas nobles, con la denuncia y la lucha.

El escritor boliviano Víctor Montoya afirmó en un artículo que el escritor “es un individuo capaz de inclinarse instintivamente hacia las grandes causas humanas y ser consciente de las injusticias”, alguien que según él nunca abandona sus convicciones de “libertad política frente a las tiranías, libertad de crítica frente al fanatismo de cualquier secta política o religiosa, libertad moral y exaltación de los derechos del corazón frente a los prejuicios sociales, sexuales y raciales, libertad de creación frente a los preceptos esquemáticos del pasado y del presente”. Este tipo de artista lo contrapone con aquel que cree en el arte por el arte, con quien piensa que todo creador debe estar comprometido solamente con su escritura, como afirmara el premio Nóbel norteamericano William Faulkner: “El artista sólo es responsable ante su obra”.

A mí en lo particular el tipo de escritor que describe Montoya es el que me atrae y con el que mejor me conecto, sin embargo, no me atrevería a invalidar cualquier otra postura ni se me olvida que todos (hasta las personas más nobles y coherentes) tenemos nuestras mezquindades, nuestras debilidades, nuestras zonas oscuras… llámele como usted quiera.

Hace un tiempo dije en un coloquio que no quiero que nadie me tome como un ejemplo a seguir, y es algo que sostengo porque aunque en algún momento cualquier acción mía (o lo que escribo) pueda parecerle a alguien “ejemplar”, no ha sido algo que yo me haya propuesto, dado que mi único objetivo siempre ha sido vivir la vida de acuerdo a mis creencias y escribir según lo que me dicta mi conciencia y mi sensibilidad creadora.

Cuando pienso en esto de ser un ejemplo, recuerdo lo que también dijo Faulkner y que a algunos puede parecerle extremista: “Un artista es una persona impulsada por demonios. (…) Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar su obra”. Y continúa diciendo que el artista es alguien que “echa todo por la borda: el honor, el orgullo, al decencia, la seguridad, al felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo; la Oda a una urna griega vale más que cualquier cantidad de buenas señoras”.

Si me preguntan a mí, yo no creo que un autor deba ser de alguna manera que no sea de la que a él le de la gana de ser, la que esté en su naturaleza o la que él elija a conciencia y por íntima convicción. Esto siempre debería prevalecer sin importar lo que digan nuestros amigos escritores, los lectores, los críticos, y sin importar que quien haya escrito un manual sobre cómo debe comportarse un escritor sea un Premio Nóbel o el artista más valioso de todos los tiempos. Cada quien debe actuar y escribir de acuerdo a lo que le dice su sensibilidad, de acuerdo a sus propias preocupaciones estéticas, filosóficas, ontológicas, políticas y sociales.

Por supuesto, esta es sólo mi opinión, pero ¿y usted qué piensa?