“Utopía & Posmodernidad" (Primera parte)


Una entrevista en dos partes realizada a Fernando Cabrera, el autor de esta obra que estudia a fondo la literatura dominicana de fin de siglo
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Sobre el libro: "Ofrezco apenas una mirada atenta, alejada de cualquier acritud personal y de síndromes de Penélope y Sísifo frecuente entre colegas..."

Fernando Cabrera es uno de nuestros escritores valiosos y a tomar en cuenta. Se ha consagrado al oficio de la escritura desde la soledad y el silencio, ha sido merecedor de altos reconocimientos y es autor de una obra bien pensada, dotada de hondas emociones y profundas reflexiones sobre la existencia del hombre, su origen, su angustia cotidiana, su soledad, sus utopías amorosas y su tedio. Pero Fernando no sólo es escritor, su talante creador también se manifiesta a través del arte visual y la composición musical.

Este artista oriundo de Santiago, nació el 30 de mayo de 1964. Egresado de la carrera de Ingeniería de Sistemas y Computación por la PUCMM, cuenta con una maestría en Administración de Empresas. En 1984 fundó el Taller Literario Héctor Incháustegui Cabral. Encabezó desde su fundación en 1985 el Colectivo de Artistas de Santiago. Además es fundador y director del Festival Internacional Arte Vivo.

Colaborador frecuente de publicaciones especializadas en arte y literatura, su obra aparece en diversas antologías y ha recibido importantes premios literarios. Ha publicado los libros: Planos del Ocio (Poesía, 2000), El árbol (1992, Premio de Poesía Casa de Teatro), Ángel de Seducción (1996, Premio de Poesía Pedro Henríquez Ureña), Imago Mundi, lecturas críticas (2000), Destierros/Currículo Vitae (2001, Premio Nacional de Poesía Universidad Central del Este) y Utopía y Posmodernidad: Poesía Finisecular Dominicana (2008, Premio Nacional de Ensayo).

Precisamente sobre su más reciente obra, un importante y exhaustivo ensayo sobre la poesía dominicana de fin de siglo, es que converso con Fernando Cabrera, además aprovecho para preguntarle sobre su gestión cultural en Santiago y sus proyectos venideros.

ROSA SILVERIO: ¿Por qué un ensayo sobre la poesía finisecular dominicana?
FERNANDO CABRERA:
Por un tiempo estuve leyendo y comentando poemarios para la sección literaria del suplemento cultural del periódico El Caribe. No obstante la abundante producción y calidad, establecer algún contexto temático o epocal, hacer un análisis comparado, resultaba difícil por la escasez de fuentes de consultas complementarias. De hecho, hay poco material crítico formal (estudios, antologías, tesis académicas, etc.) y del existente, objetivamente hablando, es poco lo aprovechable, toda vez que cualquier referencia a un autor o texto deviene muchas veces en celebración sin mayores sustentaciones o ataques impiadosos y subjetivos. Existen intelectuales con capacidad crítica indiscutida, mas falta profesionalidad crítica; dicho de otra manera, faltan críticos de oficio concentrados en análisis literarios, sin embargo, este exigente ejercicio intelectual, al igual que el de creación poética, no se remunera.

Ante la realidad de que nuestros poetas no tienen quienes les escriban, decidí, sangrando por la herida, no quedarme de brazos cruzados.

RS: ¿Cuánto tiempo y esfuerzo te tomó esta investigación y bajo cuáles criterios trabajaste?
FC:
Esta obra resultó de una investigación de una década; claro, en tiempo dividido con otras obligaciones profesionales como ingeniero de sistemas y computación, gestor cultural y, propiamente, como creador. De hecho, lo publicado en este libro apenas constituye la mitad del material redactado; el resto lo incluiré en otro volumen enfocado al análisis de poemarios específicos.

Desde el principio me propuse, contrario a la costumbre, alejarme de las tentaciones de proponer sustentaciones teóricas que pudiesen interpretarse como un manifiesto grupal, también de procurar establecer demarcaciones generacionales, ambos escenarios caldo de cultivo de desavenencias y fragmentaciones, de interés para creadores, pero no para lectores más interesados en interpretar las expresiones recogidas en los poemas, antes que pretender condicionar su naturaleza. Con la lectura de las obras publicadas fueron evidentes coincidencias de estrategias, referentes culturales, influencias, vocabularios y ejes temáticos, con la peculiaridad de que estaban escritas tanto por autores establecidos por décadas y también por noveles; entendido esto en razón de que a partir del inicio de los setentas, después de la efervescencia por las causas sociales, pasados los mayores estragos de la tiranía trujillista y la intervención militar norteamericana del 65, los poetas empezaron a plasmar sus propias urgencias individuales, apareciendo el hábitat, la oficina, las sensaciones y las preocupaciones ontológicas como nuevos detonantes de los versos, hasta desembocar en una exploración de características filosóficas y conceptuales, sobre todo a partir de los ochenta. Seguir el rastro de esta nueva sensibilidad a través de los textos fue, entonces, la aspiración.

RS: Imagino que aunque hayas sido justo e inclusivo, no todos los poetas finiseculares aparecen en el libro. En ese sentido quería preguntarte si a la hora de citar a un autor te guiaste por el lugar en el que lo ha posicionado la crítica literaria dominicana o por tus propios criterios y gustos.
FC:
En Utopía y posmodernidad no encontrarás categorizaciones tipo deporte o farándula, en donde puede más el ruido (factores de promoción y estadísticas de venta) que las nueces. Debo confesarte que desconozco si existe algún “ranking” oficial de poetas realizado por los críticos dominicanos, aunque si sé de autores obnubilados por la popularidad, que apuestan a premios literarios y a saturar espacios, sobre todo a través de Internet, con autoproclamaciones, cuando ambas cosas, popularidad y premios, importantes para la divulgación y socialización, resultan exógenas, marginales a la obra misma, puesto que no garantizan propiamente calidad, propiedad que sólo se decanta con la objetividad que aporta el pasar del tiempo. Por otro lado, no han primado mis gustos en los análisis realizados. Incluso, para mayor ecuanimidad, habrás notado que, aún siendo parte del período estudiado, en ningún momento hago referencia a mi propia producción poética, sobre el entendido que es a otros a quienes corresponde hacer una lectura crítica de mi creación.

Es inevitable, y hasta deseable por aquello de la diversidad, que como lector se filtren gustos y preferencias; mas, parte de la responsabilidad ética del crítico es echar a un lado, a todo costo, subjetividades y prejuicios, puesto que constituyen contaminantes, obstáculos para una ponderación equilibrada de los elementos de imaginación y lenguaje contenidos en una obra, en el propósito de ofrecer un camino interpretativo válido, entre muchos posibles; resultando imprescindible la aplicación de un método analítico específico bien sea de naturaleza estilística (idealista, descriptiva), filológica, sociológica o estructuralista (connotativa, semiológica). En esta oportunidad mi enfoque metodológico ha sido ecléctico, toda vez que he usado herramientas heterogéneas según los retos interpretativos que se presentaron.

Más que aproximarme a textos o autores específicos, en primer lugar hice una exploración abierta del conjunto de poemarios publicados, tanto en los que tuvieron alguna repercusión (premios, antologías, referencias periodísticas, etc.), como en los resultantes de búsquedas en bibliotecas, librerías y los referidos por los mismos autores. A partir de las tendencias delineadas en este levantamiento de información procuré clarificar estrategias formales, lenguaje utilizado por cada autor, modos de construcción de imágenes, recursos para ritmos expositivos característicos, preocupaciones temáticas, referencias e influencias perceptibles, así como las posibles claves, codificaciones y símbolos presentes. Asimismo, me propuse contextualizar la poesía local en relación a la producida en similar periodo en Latinoamérica y el mundo.

RS: ¿Cuál es el aporte que crees hace un texto como Utopía y Posmodernidad?
FC:
Como lectora pienso que estás en mejor perspectiva que yo como autor, parte interesada, para justipreciar los resultados y posibles aportes. Si te aseguro que he hecho un esfuerzo sincero por celebrar los muchos aciertos poéticos que, por las afinidades que autores y obras revelan, definen una coherente fuerza creativa, una sensibilidad finisecular, dado el marco histórico milenarista y la preocupación generalizada de ofrecer una visión globalizada.

RS: ¿Cuál esperas que sea el alcance que tenga este libro?
FC:
Tengo cruzados lo dedos y he tocado madera para que como obra de investigación tenga mejor suerte de divulgación que muchos de los poemarios que analiza, esto es, que pueda vencer la indiferencia de los lectores convencionales y que estos, sobre las motivaciones y clarificaciones, se sientan impelidos a descubrir el rico y agitado universo de nuestra poesía; también que sirva de provocación para otras lecturas atentas, criticas, de creadores, académicos e investigadores de todas partes. Lo dicho como el título, por lo pronto es utopía, dado que en nuestro país no existen canales de distribución adecuados, menos existe una política de difusión internacional. Quizás, más adelante, a través de Internet, con todo y aquello de la perdida de derechos de autor, decida colocar la obra en formato digital… En todo caso me alegrará saber que el libro ha servido como anzuelo para que se lea y estudie un poco más la poesía dominicana.

RS: ¿Ya se ha quejado algún poeta contigo por no aparecer en el ensayo?
FC:
No obstante inevitables egos consagrados desde antes de ejercer a plenitud el oficio, entiendo que no hay razón objetiva para quejas de esa naturaleza, aunque sí para coincidencias y disidencias en cuanto a los juicios emitidos; toda vez que este ensayo no tiene vocación de establecer verdades absolutas y definitivas. Aún más, entiendo que ninguna obra crítica puede, ni tampoco aspira, agotar definitivamente una temática, refiriendo todas las posibilidades de un universo estético por demás complejo y multívoco. Ofrezco apenas una mirada atenta, alejada de cualquier acritud personal y de síndromes de Penélope y Sísifo frecuente entre colegas, que puede ensancharse en el futuro con una re-edición, o bien, con las nuevas perspectivas de otro investigador con otras o mejores herramientas que complementen, amplíen, nieguen o rehagan mis apreciaciones.

RS: En uno de los capítulos iniciales afirmas que la poesía es primordialmente lenguaje. ¿Podrías hablar un poco sobre eso?
FC:
Ciertamente, afirmo que la poesía, y este no es un juicio inédito, es primordialmente lenguaje, en tanto que lo convierte en fin estético en sí. La función del poeta es juntar palabras, poner responsablemente palabras al lado de palabras; usar conscientemente, con eficacia y eficiencia, los recursos de la lengua en procura de dotarlos de armonías y contrastes que provoquen asombro, sensaciones. La poesía, entonces, palabras enlazadas rítmicamente para detonar en figuraciones la belleza, para hacernos atisbar o intuir, alguna verdad, al menos la forma en que el autor —y en él, en tanto vox populi, según Octavio Paz, a los que su emoción y pensamiento representan—, percibe el mundo, el tiempo presente.

RS: También hablas sobre la hostilidad del medio literario y me gustaría saber si podemos hablar de características particulares del ambiente literario local.
FC:
Realmente, el instinto de supervivencia es común a todos los humanos y a todas sus actividades, más cuando se trata, como es el caso, de la expresión sensible, artística, en coordenadas y circunstancias de escasez o limitación extrema. Salvo unas pocas monedas de algún premio literario o reconocimiento geriátrico ocasional y el sentimiento de predestinación que ensalza alguna reseña periodística, pocos son los recursos que nuestra media isla ofrece a un poeta (ningún mercado literario o laboral, escolaridad mínima de la población, inexistencia de incentivos y mecanismos gubernamentales o privados para apoyo de actividades creativas), de ahí que para muchos sea premisa inevitable atacar en defensa, alimentarse de las vísceras de amigos y enemigos: mientras menos para los otros, más oportunidades propias para descollar, aun cuando la distinción casi siempre está restringida al propio ghetto. Lo dicho define un abrazo mortal, un círculo vicioso, toda vez que en el veneno inyectado nada florece, ni la creación ni la socialización de lo creado. Si alguna ventaja existe es estrictamente literaria, pues la rivalidad, la competencia, alimenta regularmente el esfuerzo individual para concebir mejores obras. De la fragmentación suicida existente, de la hostilidad entre colegas, acaso devienen el desamparo y la indiferencia ante nuestra poesía, tanto en el ámbito local y más en el internacional.