Párese ahí, dijo el policía

Ayer al mediodía iba conduciendo por la Avenida Hispanoamericana cuando divisé a cuatro policías, bien armados y con chalecos antibalas, que detenían a los conductores para “revisarles” el vehículo. Pongo la palabra revisarles entre comillas porque eso es lo que suelen hacer los policías en República Dominicana para pedir dinero: te detienen, te intimidan y te dicen que “les dé algo” para dejarte ir. No entiendo cómo la gente que anda con todos sus papeles en regla y no ha cometido ningún tipo de infracción suele caer en este gancho y darle dinero a quienes que se dedican a eso.

Cuando estaba acercándome al punto en el que se encontraban los oficiales, uno de ellos me hizo señas para que me detuviera. Así lo hice pues no soy tan valiente como para seguir conduciendo y correr el riesgo de que me caigan a tiros y además no había hecho nada malo.

Cuando me detuve, le pregunté al policía: —¿Pasa algo?

—Lo que pasa es que yo la mandé a uté a pararse y uté no me hizo caso —me dijo el uniformado.

Me miro como si yo fuera una sospechosa de asesinato o como si llevara veinte kilos de cocaína en el vehículo.

—Me paré -repliqué yo de manera tranquila—. ¿Acaso no estoy aquí frente a usted?

Por la cara que puso me di cuenta de que al policía no le gustó mi respuesta, quizás porque a través de mi calma percibió cierto tono desafiante.

—¿Qué uté é? —me preguntó haciendo un gesto con la cabeza entre molesto y desconfiado. Parecía que más bien me preguntaba quién yo era para responderle de esa manera y no con temor y reverencia.

Cuando me preguntó eso, no sé porqué se me iluminó el rostro y con una media sonrisa le contesté: —Periodista.

Al escuchar mi respuesta, el policía se alejó un poco del vehículo. Me miró durante unos segundos a los ojos, calculando cuáles eran las posibilidades de su jugada, y al final me dijo: —Váyase que no yo reviso mujere, depué alegan porquería.

—¿Cuál es su nombre? —le pregunté.

Vaciló.

—Richard— respondió después de la duda.
—Encantada, Richard —le dije.

Luego encendí el motor del coche y conduje rumbo a mi casa.

Mientras iba en el camino, con un merengue encendido sonando en la radio, me preguntaba qué habría pasado si en lugar de decirle que era periodista le hubiera dicho que era escritora, o ama de casa, o vendedora de tintes, o colmadera, o simplemente que yo era Juanito el tiznao.

¿Será que todavía en nuestro país el título de periodista tiene algún valor, produce algún respeto? ¿Somos los periodistas el cuco de los corruptos o la profesión tan sólo nos sirve para esquivar un mal rato y evitar darle unos pesos a unos cuantos policías? ¿Con qué criterio es que detienen a la gente las autoridades cuando hacen este tipo de operativos? ¿Podrán librarse con la misma facilidad que yo los demás ciudadanos? ¿Es cierto que los hombres se lo toman con mayor “filosofía”? ¿Será verdad que las mujeres alegamos mucha porquería?