Víctor Manuel Ramos: “No escribo para relatar mis experiencias personales. Escribo para explorar temas”

[Un acercamiento al autor del libro de cuentos Morirsoñando: cuentos agridulces 1998-2005. En esta entrevista nos habla sobre sus inicios como escritor, su formación, su obra y sus proyectos futuros.]

Víctor Manuel Ramos es un talentoso escritor dominicano, poseedor de una prosa deliciosa y fluida, bien trabajada y rica en matices. A la hora de contar, la imaginación de este autor es capaz de remontarnos al vuelo y hacernos vivir historias sobre la realidad del inmigrante dominicano, la amenaza del terrorismo, la posibilidad de lo fantástico o la fugacidad de la vida (una de sus preocupaciones vitales).

Este autor, que se confiesa introvertido y un obsesionado de la investigación, nació en Santiago de los Caballeros en 1974. Siendo muy joven emigró a Estados Unidos en donde estudió periodismo, profesión en la que también vuelca su pasión por la escritura. Fundó y dirigió el periódico Universitario La Causa. Escribió para El Daily News (la edición bilingüe de New York Daily News) y cubrió el crimen neoyorquino para El Diario/La Prensa (el periódico hispano más antiguo de Estados Unidos). Además escribió por varios años para el Newsday (uno de los diarios más importantes del país) y colaboró para un libro sobre las víctimas del Once de Septiembre.

Ramos es autor de artículos sobre asuntos hispanos y de inmigración para el Orlando Sentinel en la Florida. A través de Libro Abierto, uno de los mejores blogs dominicanos, comparte con sus lectores sus inquietudes literarias y humanísticas. En 2005 publicó su libro Morirsoñando: cuentos agridulces 1998-2005, una obra interesantísima, un compedio de historias bien escritas que se disfrutan y se viven como si uno fuera parte de ellas.

ROSA SILVERIO: ¿Recuerdas el momento en el que decidiste que serías escritor? ¿Cómo fueron tus inicios literarios?
VÍCTOR MANUEL RAMOS:
No hubo un momento en el que tomara esa decisión. Ello implicaría un proceso deliberado en el que, después de evaluar opciones, yo escogiera un curso que me pareciera conveniente por equis o ye razón. Lo que sí hubo fueron momentos en los que me di cuenta de que me gustaba escribir y otros en los que me di cuenta de que a algunas personas le gustaba leer lo que yo escribía. Esas señales estuvieron ahí desde la escuela primaria y se acentuaron en mis años universitarios, pero realmente no fue hasta que ejercía el periodismo y empecé a oír de algunos lectores que me hice consciente de este impulso y del efecto que las palabras pueden tener en otros. De haber sido posible me hubiese convenido más seguir escribiendo sin pensar mucho en el cómo y el porqué, porque este tipo de consideraciones suelen paralizarme. Y creo que esto aplica a muchas actividades humanas, sobre todo en cualquiera de ellas que tenga algo que ver con la percepción, expresión o disfrute de la belleza. ¿Por qué nos gusta, por ejemplo, el color de una rosa? Para un científico esa pregunta es útil, pero para quien la contempla puede destruir el acto de contemplación.

Esto me lleva a la observación en torno a tu siguiente pregunta: y es que considero que estoy en mis inicios y deseo seguir considerándolo de esta manera. Escribir puede ser asunto serio, pero es también un juego que uno lleva consigo mismo y requiere de una apertura de mente que, a mi manera de ver las cosas, puede perderse si uno se encasilla en una trayectoria lineal que dé cierta ilusión de progreso. Cada escrito responde a una distinta actitud ante la vida y a una manera de confrontarla que corresponde a ese momento.

RS: ¿Hay corrientes estéticas, autores, libros que uno pueda vincular contigo, que han sido parte de tu formación literaria?
VMR:
Hay libros que me han llegado porque han comunicado algo esencial y supongo que me han afectado como escritor, pero tal vez de manera negativa. A ver cómo explico eso. Estos son los libros que vienen a mi mente ahora, en cualquier orden: "La vorágine" de Rivera; "Pedro Páramo" de Rulfo; "La metamorfosis" de Kafka, "Cien años de soledad" de García Márquez; "Othello" de Shakespeare; "Death of a salesman" de Miller; "Les Misérables" de Hugo; "El Quijote" de Cervantes, por supuesto; y, aunque no las lea devocionalmente, las grandes historias bíblicas. En cuentos me gustan Cortázar, Rulfo, Benedetti y Bosch. En poesía he tenido etapas en las que quiero leer a Amado Nervo o quiero leer a Neruda, o a Mistral, o a Dickinson, o a Cernuda, o a Vallejo. Me encantan los ensayos de José Martí. Ese es mi "hit parade" y espero que siga creciendo.

¿Por qué digo que estos libros me afectaron de manera negativa? Es sencillo. Sé que esas son historias que ya están plasmadas de la mejor manera que pudieron plasmarse y que son historias que ya no vale la pena intentar y estilos que conviene no imitar. Yo no puedo escribir otro Othello ni puedo superar a García Márquez en su realismo mágico, así que me propongo hacer algo diferente de lo que ya admiro -- y eso es, a mi parecer, un reto que añade interés al ejercicio de escribir. Con todo y eso no puedo evitarlo y a veces escribo algo que parece una barata imitación de otra cosa. Pero separando mis predilectos de este asunto de estilo y temática, son libros que me han enseñado algo sobre la vida, y que lo han hecho no porque eran panfletos sino porque, además de ser expresiones artísticas de inconfundible valor, constituyen verdaderas exploraciones filosóficas.

Ahora, eso lo considero diferente a ser fanático de algún autor. Todavía no encuentro el autor o la autora de quien me gusten todos sus libros.

RS: Como escritor, a nivel estilístico ¿cuáles son tus preferencias y preocupaciones?
VMR:
Hubo un tiempo en que no era partidario de Hemingway y me gustaba el lenguaje floreado. Pero he cambiado. No hasta el punto de que quisiera escribir crónicas secas y desprovistas de un estilo notable, pero sí hasta el punto de que una de mis prioridades es escribir historias que se dejen leer. Estoy interesado en destilar el lenguaje, limpiándolo de decoraciones innecesarias, pero sin extraer de él todo su color. He llegado al punto de pensar que una historia bien escrita no llama atención a sí misma, sino a sus personajes y a lo que cuenta. Pero no quiero ponerme fórmulas, sino que prefiero dejar que cada narración se cuente a sí misma.

RS: Dentro del gran puñado de dominicanos que vive fuera de su tierra estás tú, un autor con mucho talento pero casi desconocido en el país. ¿Cómo es ser un "escritor de la diáspora"?
VMR:
Gracias por lo que dices respecto al talento. Creo que soy desconocido en casi todas partes, pero eso no me perturba.

La experiencia de la migración me afecta más allá de la escritura. Creo que define mi vida en un antes y un después. El antes fue la niñez y la temprana adolescencia en mi ciudad natal -- caracterizada, sin que me diera cuenta, por ese sentido de pertenecer que uno tiene cuando crece y vive en su país de origen. El después es el desgarramiento que viene con la partida, la difícil transición a otra cultura y la lenta transformación que se da cuando uno se convierte en un extranjero para siempre. Es así: una vez te marchas del lugar donde se enterró tu ombligo no volverás a tener esa sensación de seguridad que te da el derecho de nacer. Pero con esa pérdida también se gana. Uno tiene la oportunidad de acceder a otros modos de vida y de darse cuenta de que la visión del mundo es como un traje que uno se pone sin darse cuenta. Un escritor de por sí ya intuye todo esto, pero en el destierro lo vive y puede ser ese extranjero que mira todo, que participa de todo, pero que en el fondo no se identifica del todo con la noción de patria. Esto no es un rechazo a los orígenes ni al país adoptivo. Es una simple actitud de vida en la que ya el lugar no es la manera primordial de definir tu identidad.

Escribir en este contexto significa que uno va a reflejar esa falta de ataduras en cierto sentido y que podrá narrar aspectos de ambas realidades sin inmiscuirse del todo en ellas. Uno puede ser un puente de entendimiento, o una ruptura: depende del tema, depende de los abismos que hay que cruzar entre distintas maneras de pensar y de qué tan cómodo uno se sienta atravesándolos. Esto, obviamente, también significará aislamiento, porque en este mundo de "diáspora" no somos mayoría, no formamos movimientos asociados a una interpretación oficial de la historia y carecemos de los vínculos con el mundo que nos formó, pero que quedó atrás por caprichos de la geografía, la historia y la economía.

RS: ¿Crees tú que hay un distanciamiento entre los escritores dominicanos de aquí y de allá? ¿Piensas que hay cierta resistencia entre los escritores de acá en aceptarlos y conocerlos a ustedes?
VMR:
Esto no lo sé. Hay un distanciamiento que se da naturalmente por el asunto de la geografía, pero no sé si hay resistencia. Yo quisiera conocer más de los escritores dominicanos contemporáneos.

RS: Tu primera obra publicada es un libro de cuentos titulado Morirsoñando: cuentos agridulces, 1998-2005. Dentro de ese libro aparecen textos como Los chupasangre y Testamento del pora en donde expones la dura realidad del emigrante dominicano que debe trabajar a sol y sombra, en la mayoría de los casos en trabajos infravalorados. Todos sabemos que República Dominicana se ha convertido en un país de emigrantes cuya economía aún mantiene el equilibrio gracias a las remesas de éstos. Por eso quería preguntarte cómo es la vida del emigrante dominicano y qué tan frecuente e importante es este tema en tu literatura.
VMR:
Poco después de llegar a Nueva York leí un poema de Héctor Rivera, "Los emigrantes del siglo", que me impresionó: "cómo cantarles emigrantes del siglo/ sin que estornuden en mis ojos/ las lágrimas del llanto/ a ustedes/ habitantes de este mundo/ voz sin casaca/ cómo cantarles/ sin que en mis versos/ aflore la muerte/ todos los dolores/ del mundo se resumen en un solo dolor". Y tendría que repetir esos versos para contestar, no porque la vida de quien emigra --o inmigra, desde este punto de vista-- sea más difícil sino porque la experiencia del destierro acentúa la percepción de esa soledad que arrastran los seres humanos.

Entonces, sí -- algunos de mis personajes se convierten en accesorios para que otros tengan una vida mejor y se pierden a veces en la ilusión de la identidad. La vida de los desterrados conlleva esa sensación de pérdida a la que me refería anteriormente, pero también trae sus gozos, porque emigrar es probablemente una de las aventuras mayores que pueda emprender un ser humano. Es una decisión con implicaciones existenciales muy fuertes y pienso que si de algo sirven mis escritos para iluminar esa experiencia esa sería una buena contribución. Sin embargo, esto es también parte de un proceso personal y creo que aunque este tema siga presente en lo que escribo, y en esa sensación de extranjerismo a la que me refiero, no será una estación en la que me quedaré sentado. Habrá tiempo para hablar de otras cosas, como concluye esa misma poesía a la que me refiero.

RS: Del libro también me llamaron la atención los cuentos Nuevayor bajo la nieve y Cuarenticuatro, dos textos en donde prima lo fantástico y la ciencia ficción, este último es un género que no creo que haya sido trabajado anteriormente por autores dominicanos. ¿De dónde surgió ese interés? ¿Piensas seguir trabajando este género?
VMR:
Lo que une estos dos cuentos es lo fantástico. Uno de ellos, Cuarenticuatro, es ciencia ficción. El otro, Nuevayor bajo la nieve, es más bien un terror. Hay otro cuento en el libro, Vuelo nocturno, que cruza hacia el terreno de la fantasía.

Es curioso, porque nunca he pensado sobre esto en términos de géneros, sino que he escrito los cuentos según me pareció necesario en su momento. No me siento apegado a ninguno de estos géneros, pero me intriga la posibilidad de seguirlos explorando. Me parece que uno recurre a lo fantástico cuando sabe que la crudeza de una realidad es mayor a lo que podría expresarse en el mero recuento de los hechos o cuando se explora una idea relativamente abstracta que no se podría comunicar a través de la verosimilitud común.

RS: En cuentos como Quizás soy blanco, Pulpa de manila y Vuelo nocturno uno siente que está ante las experiencias personales del autor. ¿Es así? ¿Cuánto hay de autobiográfico en tu obra?
VMR:
En todos los cuentos hay algo autobiográfico. Es inevitable. Entre las muchas razones por las que uno escribe se encuentra el hecho de que uno es testigo de ciertas cosas en la vida y quiere dar testimonio de ellas. El más autobiográfico es Quizás soy blanco. Lo escribí de un tirón después de vivir una experiencia similar, pero me di la libertad de agregar y quitar detalles para afinar el hilo de la historia. Tal vez por eso es el cuento que menos me gusta. Hay algo de él que me molesta. Y, sin embargo, es el favorito de algunas personas allegadas a mí y fue el que se escogió para una reciente antología de autores dominicanos en el destierro. Entiendo por qué, pero yo hubiera escogido otro. Lo incluí en el libro después de dudar mucho, pero mi esposa insistió en que debía publicarlo. No me arrepiento, pero sospecho que mi renuencia se debe a que no escribo para relatar mis experiencias personales. Escribo para explorar temas.

RS: A poco más de la mitad de Morirsoñando aparece un poema titulado Insospechadamente, el cual está dedicado a tu esposa y al resto de las mujeres. Me ha resultado curioso esto porque es la primera vez que me encuentro con un poema en medio de un libro de cuentos. ¿Por qué incluir un texto de otro género? ¿Hay más poemas ocultos en alguna gaveta?
VMR:
Quise romper un poco la rutina de ir de un cuento a otro y aproveché para incorporar ese pequeño tributo a la mujer. He escrito algunas poesías. No andan en las gavetas, sino en papeles sueltos y cuadernos que tengo por ahí. Algunas las he perdido para siempre. Pero no me considero poeta. No me atrevo a decirme tal. Tal vez siga incorporando una que otra poesía suelta por ahí, pero tendré que armarme de mucho valor para hacerlo, porque la poesía es demasiado íntima, como tú ya sabes. Sólo los valientes se atreven a revelarse –o rebelarse, porque algo de rebelión también hay en ello- de esa manera.

RS: Elementos oníricos, de la fuga, de la muerte que sobreviene están presentes en tu libro, lo que explica el título de la obra. En tu Obituario a destiempo, el cual figura a manera de epílogo al final de Morirsoñando, revelas que sientes un "marcado interés por la fugacidad de la vida". ¿De dónde surgen todas estas preocupaciones tuyas?
VMR:
De la vida misma. No es morbosidad, sino un intento de confrontar aquello de lo que huimos. Por ello no considero la literatura una simple distracción, sino tal vez todo lo contrario: un punto de partida hacia la contemplación de la propia vida.

RS: En tu cuento La sonrisa del terrorista abordas un tema sensible: el del islam y el terrorismo. ¿No sentiste temor de ser malinterpretado o de ofender? ¿Hasta qué punto el autor debe olvidarse de los lectores y comprometerse sólo con su obra y la historia que cuenta?
VMR:
Es mi cuento favorito. Lo escribí poco después del once de septiembre desde el ambiente enrarecido que se vivía en Nueva York. La noche que lo escribí solamente quería escribirlo y no me importaba si lo publicaría o no. Tenía que sacármelo de adentro. No sé de dónde vino, pero estaba yo en una fiesta de cumpleaños en el Bronx y tuve que salir corriendo, irme a casa y sentarme a escribir. Fue solamente después de haberlo escrito que empecé a pensar sobre cómo lo podrían recibir otros. Solamente así se puede escribir. Si pestañamos antes de o durante el proceso creativo se nos va la musa. Sé que esto suena muy cliché, pero es lo que es. Uno se debe, ante todo, al primer lector, que es uno mismo, y esto significa que uno debe ser honesto. Después uno se somete al juicio del primer crítico, que también es uno mismo. Sólo después se puede pensar en otros lectores. En esta etapa me preocupó cómo se pudiera interpretar el cuento. Lo leí a unos amigos para probar y todos lo interpretaron de manera distinta. Esa fue mi confirmación de que estaría bien publicarlo, porque no estoy dictando nada en el cuento, sino formulando una situación. Todas las interpretaciones, incluso la temida, son válidas.

RS: ¿Por qué tu libro de cuentos no ha llegado a República Dominicana? ¿Piensas presentarlo aquí en algún momento?
VMR:
He descubierto que los libros no caminan solos. Tal vez se arrastren por ahí, pero por lo general no llegan muy lejos sin algún esfuerzo de distribución. Me gustaría presentarlo allá, pero me consuela el hecho de que está disponible en Internet y de que hay una versión electrónica que es bastante asequible. Renuncié a cualquier ingreso de autor en la versión electrónica para que se pudiera vender barato y, si mal no recuerdo, por un dólar se puede bajar del sitio de Libros en Red. La versión impresa se encuentra en Amazon.com y otras librerías electrónicas, además de catálogos internacionales, pero en ese caso queda a la discreción de cada librero si ordenarlo o no. Espero tener apoyo editorial en futuras publicaciones.

RS: ¿Qué piensas de la literatura contemporánea dominicana? ¿Cuáles autores nuestros te interesan?
VMR:
Voy a quedar muy mal con esta respuesta, pero seré honesto: conozco muy poco de la literatura dominicana contemporánea. Quiero leer más, pero estoy fuera del país y eso conlleva sus limitaciones. He leído a Pedro Antonio Valdez y me ha gustado. Tengo una amistad itinerante con René Rodríguez Soriano, que empezó a escribir allá pero es desterrado como yo. Necesito hacer un viaje exploratorio a las librerías dominicanas, tal vez a alguna feria del libro, porque sé que tengo mucho que descubrir y aprender.

RS: ¿Cuál será tu próxima publicación y para cuándo podemos esperarla?
VMR:
Espero publicar una novela que escribí hace algunos años y revisé recientemente. No sé exactamente cuándo, pero espero que sea pronto. Tengo otra novela escrita, pero necesito editarla. Y sigo escribiendo cuentos que voy guardando por ahí. Estoy hablando de un libro en colaboración con un escritor centroamericano, pero no se han concretado los detalles. Y hay otros temas sobre los que quiero novelar.