Autora invitada: Ángela Hernández

Ángela Hernández nació en Jarabacoa (República Dominicana) en 1954. Poeta, narradora, ensayista y una gran defensora de los derechos civiles y políticos de la mujer. Estudió Ingeniería Química en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en donde luego fue catedrática. Dentro de su amplia bibliografía podemos citar los siguientes libros: Desafío (Poesía, 1985), Las mariposas no le temen a los cactus (Cuento, 1985), Diez prejuicios sobre el feminismo (Ensayo, 1985), Alótropos (Cuento, 1986), Masticar una rosa (Cuento, 1989), Piedra de sacrificio (Cuento, 1997), Telar de rebeldía (Poesía, 1998), Mudanza de los sentidos (Novela, 2001), La escritura como opción ética (Ensayo, 2003), Charamicos (Novela, 2003), Alicornio (Poesía, 2004), Metáfora del cuerpo en fuga (Novela, 2006).

La escritora es miembro corrrespondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y miembro del grupo Mester de Narradores. Dentro de los galardones obtenidos figuran el Premio Nacional de Cuentos en 1997 por su libro Piedra de sacrificio, el Premio Cole de Novela Corta por Mudanza de los Sentidos y el Premio Nacional de Poesía por Alicornio. Su obra ha sido traducido a varios idiomas y es una de los escritores vivos más importantes de República Dominicana.

De Ángela he seleccionado su Corazón último. Este poderoso texto lo escuché en el Festival de Poesía de Jarabacoa en 2007 en la voz de su autora y quedé totalmente sobrecogida. Sentí que me conectaba con la voz más auténtica y humana que había en aquel lugar.


Corazón último
Por: Ángela Hernández

Mi corazón último está mudo. Junta palabras y poco qué sabe hacer con ellas. Gime por las víctimas de Manhattan y por los pilotos suicidas. Padece los que vendrán, pues en sus dominios aislados sufren de una verdad demasiado dura. Se habla de justicia infinita, pero en Afganistán un millón ha perdido brazos, piernas y otras partes del cuerpo. Mi corazón desconoce las minas personales, pero entrevista el sobresalto sangriento. Sabe.

La ceguera se acrecienta entre fibras de vidrio. Mi corazón se esconde para mirar silente la ciudad abatida. Escucha aleteos y adivina aves del paraíso. Una iluminación azul y una mancha naranja se expanden como un buen sueño. "¡Salud!" dice la niña a la madre que estornuda. El césped tal vez se ha estirado un milímetro. Una gota amarilla y viscosa viaja desde el pino hasta adherirse a mi epidermis.Mi corazón último prueba fuego y sal siguiendo a las mujeres dementes de Kabul mientras merodean por los edificios en los que una vez laboraron. Escucha a la que ha sido lapidada por salir del suburbio en compañía de un hombre. Mi corazón está aturdido pues los señores de la guerra entronizan su ley de hierro en el desierto y en la urbe antigua. Llevan máscaras y nombres que confunden. Y en los laboratorios protegidos por la ONU tal vez se están cultivando diablillos más mortales que la viruela mala.

Mi corazón está en sombra. Y el silencio es una sombra bifronte: fiera una cara, espíritu la otra. Un hombre sabio dijo en los sesenta: nada esencial ha cambiado en el mundo. La guerra, un huevo atroz, incuba en el pensamiento de los hombres. Nada esencial ha cambiado. Los socialismos volverán a ser capitalismos.

La guerra, un abominable nudo de enfermas emociones, forzado por una verdad exclusiva, por una creencia exclusiva, por una identidad o un estilo de vida excluyente, o más aún –habría que añadir- por la perversa estupidez de expansión o la aterradora inseguridad de la criatura consciente. Mis ojos leen cien mensajes en internet. Mi tozudo corazón de nada se entera. Tomo de mañana mi café en el jardín. Una frase de Nietzsche cruza como un dardo el presente: si no puedes lograr que el mundo sea un jardín, por lo menos haz que tu jardín particular sea tan bello que todo el mundo se aproxime a mirarlo. Así lo recuerdo, tal vez le he añadido o restado algo. Hipatia de Alejandría tuvo una mente-jardín y fue desmembrada por monjes intolerantes. Sor Juana Inés hizo de su celda un huerto de libros, relojes, astrolabios y sextantes. Su biblioteca-jardín de conocimientos- fue saqueada. La última frase de la poeta recluida: "Yo, la peor de todas".

Mi corazón se adentra hacia su "claro de bosque", como una rosa nocturna. Mana, absorbe. Cerrada es su mudez pues esta mañana, de unos labios amados, ha escuchado la siguiente historia: un joven ha retornado al seno de su hogar, enloquecido. Tiene veinte años y ha matado en Irak. En ese terreno extraño a cuanto conocía, lloró escondido bajo la lona y la noche. Al regreso ha contado a su madre: Derribamos la puerta. Ellos gesticulaban desesperados; la mujer, la anciana, las criaturas en brazos, los niños. Nosotros les mirábamos a través de los cañones. Nadie entendía una palabra. Ellos gritaban, nosotros gritábamos. Un niño de ojos grandes, febriles de solapada noche, dio unos pasos al frente. Sería el hombre de ese hogar, porque no había hombres mayores. Extendió los brazos como si los brazos pudieran traducir sus palabras. Un cañón vomitó una ráfaga. El niño fue fulminado. La mujer joven se arrancó todos los cabellos. Eran cabellos oscuros, espesos. Arrojaba los puñados contra nosotros. Aulló y arrancó sus cabellos hasta que el cráneo quedó claro. Huimos de allí.

La madre escucha al joven de veinte años, que ya ha matado. Y piensa en el niño acribillado y en su madre calva. ¿Deberé sentirme afortunada?, pregunta a Dios. En Irak la otra madre responde: "Alá es grande".


*Biografía: Escritores Dominicanos y Mester de Narradores / Poema: Abecedario / Imagen: Achivo personal