Mucho corazón y pocos libros


Mi hermana Eridania tenía por encargo comprarme el libro Pastoral Americana de Philip Roth. Como no lo encontró en la Librería Thesaurus, me pidió que llamara a Centro Cuesta, la librería más grande y mejor surtida de la ciudad. Así lo hice y cuando por fin me atendió un dependiente le pregunté si tenían ese libro.

—No, señora, no lo tenemos, pero si quiere puede decirme otro y lo busco en el sistema con mucho gusto.

Era un joven muy amable.

—¿Tienen algo de Imre Kertész? —le pregunté. Días atrás estuve leyendo la novela Sin destino de este autor y me gustó mucho.

Me hizo esperar unos segundos y cuando volvió a hablarme dijo: —No, señora, tampoco tenemos nada de ese escritor, pero pruebe con otro a ver si lo tenemos.

El joven era realmente muy amable.

—Revisa a ver si tienen algo de Richard Yates —le pedí.

Recordé que hacia poco había leído una entrada de Miguel Sanfeliu en la que comentaba uno de sus libros.

—No me aparece nada en el sistema.

—¿Puedo probar con otro? —le pregunté.

A veces soy muy obstinada y ya era un reto para mí que me dijera que sí tenían algún libro que me interesara leer, aunque en el fondo de mi corazón sabía que lo que debía hacer era ir personalmente a la librería.

—¡Claro que sí! —me respondió de inmediato y agregó—: Todo lo que usted quiera.

Reconocí que el muchacho era de lo más simpático.

—Chequea si tienes algo de Philip K. Dick.
—Nada.
—¿Y de Susan Sontag?
—Menos.
—¿Cristina Fernández?
—Tampoco.

Así estuve mencionándole autores hasta que la mente se me puso en blanco. De repente se me ocurrió la idea macabra de mencionarle a Paulo Coelho, Silo, Connie Méndez o preguntarle si tenía el famoso best seller ¿Quién se ha robado mi queso?, pero el chico había sido tan paciente y afable que me contuve.

Le di las gracias, me despedí y colgué. Inmediatamente llamé a Eridania y le dije que volviera a Thesaurus y comprara El maestro de Petersburgo de J. M. Coetzee. Ya sabía yo que lo tenían debido a que recientemente había estado allí con una amiga comprando libros y tomando un té.

Al rato, mientras veía televisión, pensaba en las bibliotecas públicas que están cerradas y en el limitado fondo bibliográfico de las que están abiertas, en las pocas librerías que hay en el país, en el viejo recurso de prestarse los libros o de encargarlos a alguien que vive en el extranjero o que está de viaje, y en la suerte de contar con Amazon.com.

También pensaba que Santiago es una ciudad de gente muy amable, con mucho corazón, pero con pocos libros.