Jennifer M. Rodríguez: “La literatura da una sensación de infinito donde puede verterse todo”

Hace mucho tiempo el periodista y escritor Alejandro González entrevistó a la poeta Jennifer Marline Rodríguez a quien calificó como “uno de los secretos mejor guardados de las letras dominicanas”. Estoy segura de que luego de aproximarnos a su pensamiento y su escritura, la mayoría estaremos de acuerdo con que Alejandro no andaba lejos de la realidad.

Pero para que se produzca un acercamiento genuino, sugiero el silencio. De esa manera la voz pura y singular de esta escritora se adentrará en nosotros sin posibilidad de huida y se escuchará con todos sus matices, con todo lo natural y sensitivo que hay en ella.

Jennifer Marline Rodríguez nació en 1985 en Santo Domingo, República Dominicana. Es columnista y colaboradora del suplemento cultural Ventana del periódico Listín Diario. Además ha colaborado con la sección cultural del periódico El Caribe.

En 2007 obtuvo la tercera mención en el Premio de Poesía Pedro Mir que realiza la Fundación Global Democracia y Desarrollo con el poemario Claroscuros de mi memoria, un primer libro en el que la autora nos muestra su indefensión, sus angustias, sus silencios y su transparencia.

Textos de Rodríguez aparecen en la antología Safo: las más recientes poetas dominicanas, y su libro premiado fue publicado en la colección del Premio de Poesía Pedro Mir 2007.

A continuación tendrán la oportunidad de escuchar esa voz de la que les he hablado, esa voz con la que me identifico, a la que respeto y le guardo aprecio.


-Háblame sobre ese vínculo especial que hay entre la palabra y tú.

Casi intraducible. De misterio y fascinación. Uno escribe la palabra amor, y millones de voces se acumulan en ella y siglos se agolpan allí. Cuando lo escucho, en medio del silencio, percibo ese vínculo. Creo que la palabra es como un abismo, que voy a seguir encontrando, descubriendo; ahora puede ser mágica, luego puede venir una ola terrible de impotencia, luego puedo demandar mucho y decepcionarme, entristecerme. Pero también crea puentes, abre ventanas, teje pensamientos y sentimientos. Y da la sensación de que uno no está tan solo, el lenguaje.

-¿Qué te da la literatura que no te da tu profesión de periodista?

No he ejercido el periodismo (entré a la carrera buscando literatura), he colaborado con periódicos, he tenido la columna, pero del diarismo nada. Por esa experiencia puedo mencionar la libertad. En el periodismo uno se debe a la cantidad de palabras, a las reglas editoriales, a los favores (deberes) políticos, a los dueños de los medios y sus intereses, etc. La literatura da una sensación de infinito donde puede verterse todo, desde un meñique hasta una galaxia, sin intermediarios ni condiciones. En ella tú puedes tomar decisiones, el espacio es tuyo. En el periodismo, el espacio es primero del medio y luego de la sociedad. Además de todo esto, está la diferencia entre la ficción y la no ficción.

-¿Cuáles son los temas que te interesan?

Ahora me interesan el tiempo, la memoria, la vetusta imposibilidad del lenguaje, que es constantemente redescubierta, con asombro, por nuevos mortales. Porque cuando quieres decir algo, la primera montaña que hay que atravesar (si tienes el valor) es la palabra que viene a derrumbarse contra ti. Y luego las palabras como un río, haciendo de tu ser un caudal inmenso. Creo que el asombro no se agotará jamás, nos renueva ante eso extraordinario e inasible que es el lenguaje. Como temas me interesan las grandes ciudades, casas, marañas que habitan en el interior del ser humano. Me interesa él, su soledad, su espíritu, su fe, su angustia, su corazón. El universo y sus posibilidades y sus extravíos y sus enigmas, la dinámica de todo, sus madrigueras, escarbar como si la palabra fuera lo único con que pueden penetrar esos lugares. A ver adónde me lleva.

-Siempre se ha dicho que el escritor es sobre todo un gran lector. ¿Es ese tu caso? ¿Podrías contarme un poco sobre tus lecturas?

Sí, se ha probado en mi vida que la lectura es fundamental. A través de ella he podido reafirmar o confirmar alguna percepción, idea; encontrar expresado algo de lo que había tenido una idea demasiado etérea y remota aún y, entre otras cosas, hallar rutas que el pensamiento no había recorrido antes. Es una experiencia enriquecedora, en lo humano y literario, aporta caminos (laberintos a veces) y posibilidades (edificios, muros, paredes inalcanzables a veces) a la vida. Nuestras obras, los partos más fáciles incluso, están determinados en alguna manera (por más fútil que sea) por esos recorridos. Esto hace de una buena lectura una vivencia gratificante y uno termina agradecido por esos autores: Esther Seligson, José Acosta, Susan Sontag, Jenaro Talens, Nuria Amat son algunos de mis recientes y maravillosos descubrimientos.

-Algunos escritores tienen sus rituales a la hora de escribir o no pueden hacerlo bajo ciertas circunstancias. ¿Cómo es en tu caso?

En mi caso es imprescindible la intimidad con la literatura. Los ruidos, los caminos que te extravían me resultan desconcertantes. Necesito ese silencio para escuchar todas las voces, lo extracotidiano; para interpretar aquello destinado a decirse e intentar la quimérica traducción que es el lenguaje. Necesito la pausa donde se gesta nuevamente el movimiento en la vida o la palabra. Hasta ese instante, toda la escritura posible no es más que un balbuceo constante, al que me aferro como si él atara todas las palabras a mí. También tengo lápices, lapiceros y cuadernos que han adquirido significados extraordinarios, a medida que escribo con ellos, según lo que escribo y el momento. Así se hacen de un pasado que atesoro. Con ellos escribo cosas específicas, algunas puedo escribirlas directamente en la computadora, otras no (tengo la intuición perturbadora de que lo que escribo en la computadora no existe).

-En tu poemario Claroscuros de mi memoria hay toda una atmósfera que alude a elementos de la naturaleza. Me llama la atención esto ya que la gente de tu generación apuesta por una poesía más urbana.

Imagino a varias personas caminando a través de la ciudad: algunos miran a la gente, los edificios, los sucesos, y otros miran al horizonte. Imagino que hay una dinámica donde las miradas enfocan y desenfocan unas y otras cosas atraídas por el movimiento. No se mantienen inmóviles. Creo que depende de la mirada de cada uno; el corazón, hacia dónde se inclina y cuán sincero se es y cuán comprometido se está con esa sinceridad. Si ahora hay más que miran dentro de la ciudad, supongo que soy la oveja perdida de mi generación (risas).

-En el poemario también hablas de esos espacios interiores tuyos, de tus huidas, silencios y vacíos. Se percibe toda tu vulnerabilidad. ¿Cómo es dejar de lado las defensas y mostrarse tal y como uno es a través de la palabra?

Hay que conciliar a veces fuerzas antagónicas dentro de uno, a favor de concebir esa verdad que pueda llegar a otros y encontrarlos en lo íntimo de su verdad. Pero es un nivel de exposición grande, es como poner la mejilla donde pueden abofetearte o darte un beso. No sabes qué será, pero sí sabes que, sea lo que sea, tienes que poner la otra mejilla, porque si la escondes se acaba la literatura.

Hay que atravesar recovecos espinosos: el miedo, la necesidad, el silencio, la intolerancia. Hay que buscar la limpidez de la honestidad (empezar siendo enteramente honesto contigo mismo y luego decidir cuán honesto serás hacia fuera). Pero al final, que alguien te lea y se identifique en esa desnudez tuya, a veces plenamente, te hace darte cuenta de que estás mostrando dos tal y como son.

-En el libro hay una serie de poemas dedicados a autores que son de tu preferencia (Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Emily Dickinson...) y tuvieron una vida marcada por la inconformidad y la angustia. ¿La cercanía entre tú y esos escritores va más allá de la obra?

Sí, porque a partir de la obra, por su trascendencia en mi vida, he tenido una aproximación más bien humana hacia ellos. Cada uno me ha enriquecido sustancialmente. Emily Dickinson me ha enseñado de una manera hermosa y extrañamente esperanzadora sobre la soledad. Virgina Woolf me ha hablado la vida en lo abrumador de su infinidad de detalles y cómo es esto bello, encantador, fascinante. De Alejandra, un lenguaje que se hace inalcanzable e inconmensurable en cada intento. Pero el gesto conmovedor de ensayar a cada instante una desnudez que deslumbre al lector, la poesía.

A esos autores vuelvo siempre (Holderlin, Yourcenar, Eurípides, Clarice Lispector, T.S. Elliot, Hesse, Camus, Rilke, Goethe, Blake, John Donne, Pessoa, Whitman, Borges, Unamuno, Gibrán) con cariño y calidez, para mantener abierto el diálogo con ellos, para que no se acabe nunca porque volver a sus palabras es un nuevo encuentro, un nuevo descubrimiento. Y aunque a veces nos quedamos en silencio, puedo sentir sosiego, paz, comprensión, piedad.

-La presencia tuya en la red es casi nula. Contrario a otros autores que tienen sus páginas, envían sus poemas a revistas digitales o participan en algún foro. ¿A qué se debe esto?

Un espacio en la red requiere cierta responsabilidad que ahora no puedo asumir (tú sabes bien de eso por el trabajo que has asumido con tu blog). Respecto a los textos, creo que cualquier publicación (física, virtual) amenaza con lo definitivo y de alguna manera mi primera reacción es de retirada. Siempre quiero seguir trabajando sobre los textos, pienso que se podría decir mejor, en lo que significa y representa... Me han abierto las puertas, gentilmente, a algunos espacios, tú entre ellos, y por eso me siento muy agradecida. Pero no puedo evitar el aguijón diciendo “no está listo, no está listo”. Siento que ahora es mi tiempo de crecer, y luego lo demás será menos escarpado.

-¿Cómo ves a los escritores dominicanos más jóvenes? ¿Crees que estén realmente dedicados a este oficio, que algo quedará de todos?

Sé de algunos que están muy comprometidos (como Alejandro González, a quien conozco mejor que a la mayoría) y para quienes la literatura tiene un significado inherente a sus vidas. Eso me dice que harán el recorrido incluso cuando la ruta se llene de cristales. Y ellos son prometedores. Pero generalmente lo que veo son los resultados, en este caso los procesos me dirían mucho más. Creo que la dedicación a la literatura es un desafío de vida, es difícil saber ahora quiénes se mantendrán firmes, quienes se atreverán a mirar las cosas de frente, incluso cuando puedan quedarse ciegos.

-Cuéntame sobre tus proyectos literarios, publicaciones futuras...

No tengo planes de publicar por ahora. Me mantengo escribiendo, ahora estoy experimentando algunas cosas, inventando; y trabajando en algunas ideas que me interesan, tratando despacio la hazaña de hallar su expresión. Pero depende de los resultados, a veces uno hace algunas cosas y cuando obtiene los resultados entiende que deben deshacerse, porque no es lo que uno quería o esperaba. Sólo al final sabe uno si puede contar con esa obra.


*Lea dos poemas de Jennifer Marline Rodríguez