El rol femenino

«Yo escribo. Pilar escribe, traduce, habla en la radio, cuida del marido, cuida la casa, cuida de los perros, hace las compras, hace la comida, se encarga de la ropa, despacha la correspondencia, dialoga con el mundo, organiza el empleo del tiempo, acoge a los amigos que vienen a vernos, y escribe, y traduce, y habla en la radio, y cuida del marido, y de la casa, y de los perros, y sale a hacer las compras, y vuelve para hacer la comida, y escribe, y traduce, y habla en la radio, y se encarga de la ropa, y acoge a los amigos, y sigue, incansable, dialogando con el mundo, y dice “Estoy cansada”, y luego dice “Pero no importa”. Yo escribo.»

Texto de José Saramago para el disco Hijas de Eva de Pedro Guerra


En estos días he intentado concienciar a un familiar muy querido sobre la importancia de asumir su cuota de responsabilidad en el hogar. Mi objetivo es conseguir sensibilizar a este hombre joven sobre lo injusto que es el rol que la sociedad le ha adjudicado a la mujer, en donde ella es la que hace todo en el hogar, incluso trabaja y atiende a los niños, mientras el hombre tan sólo trabaja y cuando llega a casa se sienta como un Homero Simpson cualquiera a ver deportes y beber cerveza.

¿Por qué para mí esto es importante? Porque como mujer es una realidad que me toca, que la vivo a diario, y porque además aprecio lo suficiente a esta persona como para desear que sea un ser humano sensitivo y con una visión equitativa sobre las libertades y obligaciones del hombre y la mujer, no un déspota más, un típico macho latinoamericano al que muchas se han acostumbrado y contra el que otras estamos luchando desde hace mucho.

Recientemente estuve en un lugar en donde debía esperar un buen tiempo acompañada de otras personas. Cuando estoy en situaciones así me gusta mirar a los demás, examinar su lenguaje corporal y hasta escuchar sus conversaciones, no con interés morboso, sino porque a mí la gente me resulta interesante. Estando ahí escuché a una señora que le decía a los demás que ella estaba contenta porque sus hijos se habían casado con mujeres que sabían cocinar, por lo que no iban a pasar trabajo. Luego relató la anécdota de un hombre que borracho “se llevó por las palmas” a una joven y al otro día quería devolverla porque se dio cuenta de que ella no sabía cocinar. La señora justificaba al señor diciendo que cómo era posible que una mujer no supiera cocinar y que ella a sus hijas les había enseñado a lavar, planchar, coser, fregar, limpiar, y por supuesto que cocinar, para cuando tuvieran a sus maridos.

Desde mi rincón yo me preguntaba quién le cocinaría, lavaría, plancharía, cosería, fregaría y limpiaría a esas muchachas cuya madre había preparado cuidadosamente para el típico rol de ama de casa que se nos ha endilgado a las mujeres.

No estoy en contra de la mujer que opta por el mantenimiento y la administración del hogar, pero tampoco estoy a favor de la imposición de este papel o de que se eduque a las mujeres para que sean las amas de casa perfectas (como en la película The Stepford Wives) que luego terminan convirtiéndose en criaturas desesperadas como las mujeres de Wisteria Lane.

Tampoco estoy de acuerdo con la corriente de moda de la mujer multitasking (la que hace muchas cosas al mismo tiempo, la que sabe desempeñar con éxito muchos papeles en su vida) puesto que el tratamiento que se le ha dado es el del requisito que toda mujer contemporánea debería tener.

Creo sinceramente que la educación moderna debe desafiar esos estereotipos que se nos han inculcado generación tras generación y que uno de los retos que tenemos las mujeres de hoy es concienciar a los hombres que nos rodean sobre la igualdad de género y su cuota de responsabilidad en el hogar, pero también reeducarnos a nosotras mismas para transformar esa visión que tenemos sobre nuestro papel, ya que eso incide directamente en el comportamiento masculino. Si nosotras pensamos que está bien que el hombre no haga nada en el hogar y les enseñamos eso a nuestras hijas, será difícil que la situación cambie, pero si en lugar de ello dejamos de acomodar a nuestros hombres y comenzamos a exigirles lo que es justo (aunque nos cueste sangre, sudor y lágrimas), estoy segura de que poco a poco irán entendiendo de qué hablamos cuando nos referimos a “cuota de responsabilidad”.

Quizás así ese familiar al que quiero sensibilizar con mis discursos cambie algo su actitud y en un futuro pueda verlo felizmente unido a una mujer a la que trate con respeto y consideración, junto a quien construya un hogar en donde prevalezca el trabajo en equipo.