Esta época cruel me ha desviado

Quiero compartir con ustedes, de manera muy especial, un poema de la poeta rusa Anna Ajmátova, una de mis escritores preferidos. Cuando lo leí pensé que así como Anne Sexton escribió que Sylvia Plath le había robado su muerte, Anna me había robado las palabras y el tema, porque este texto representa en toda su dimensión lo que estoy sintiendo ahora.

Y no me importa decirlo así, con total franqueza, con transparencia, en lugar de dibujarlo o intentar esconderlo, de disfrazarlo para que ustedes no piensen que se refiere a mí cuando en realidad así es. Vivo mi vida metida en mi escondrijo, protegiéndome del dolor y del daño. Ser susceptible y sensible a las cosas no es una virtud en mi caso. Así que he construido mi propio búnker y desde la soledad intento seguir respirando aunque la mayor parte del tiempo quisiera dejar de hacerlo.

Hoy me siento una anciana. Siento que he vivido miles de años. Estoy cansada de ser esa mujer de la que existen decenas de leyendas urbanas, esa mujer que no entiende el amor y ama, que no lo busca y lo encuentra, que no sabe cuál es la verdad de todo pero cree haberla hallado.

Hoy ha sido un día difícil. Al final no he podido evitar la caída. ¡Y cuántas veces más he caído! Ya estoy acostumbrada. Llevo conmigo muchas heridas y cicatrices. Pero no es cuestión de hacerse la víctima. Así es el mundo: cruel, injusto y duro. Y yo tengo que estar a la altura, apañármelas, como diría mi querida Ajmátova.

Así que ahora voy a dejar de llorar y voy a afrontar mi realidad: esta época cruel me ha desviado y por más que lo intento no consigo enderezarme. Seguiré mi encorvada caminata por esta absurda vereda y viviré los días que ya me han sido contados.


Esta época cruel me ha desviado
Por: Anna Ajmátova

Esta época cruel me ha desviado
como a un río fuera de su curso.
Desviada de las riberas familiares,
mi cambiante vida fluyó
a un canal hermano.
Cuántos espectáculos me perdí:
el telón alzándose sin mí
y cayendo también. Cuántos amigos
que nunca tuve la oportunidad de conocer.
Aquí, en la única ciudad que puedo llamar mía,
donde caminaría dormida sin perderme,
cuántos cielos extranjeros pude soñar
que no rendirían testimonio a través de mis lágrimas.
¡Y cuántos versos fui incapaz de escribir!
Sus coros secretos me acechan
muy de cerca. Un día, acaso,
me estrangularán.
Sé los comienzos y también los finales
y la vida-en-la-muerte y alguna otra cosa
que mejor será no recordar ahora.
Cierta mujer
ha usurpado mi sitio
y usa mi verdadero nombre,
dejándome sólo un apodo
con el que he procedo lo mejor que he podido.
La tumba a la que vaya ya no será la mía.
Pero si pudiera salir de mí misma,
y contemplar a la persona que soy,
sabría, por fin, qué es la envidia.

(Leningrado, 1944)