Salir del clóset II

Hace días escribí una nota que titulé «Salir del clóset». Fue el primer título que se me ocurrió pero aclaro que no lo decía porque yo me sintiera encerrada en un armario, porque siempre he sido franca con la gente que hablo y si en algún momento no lo he sido con alguien es porque esa persona no me interesa y tampoco quiero compartir con ella mis cosas.

Dentro de los comentarios que me dejaron está el de la libertad sexual y me emocionó ver cómo los comentaristas entendían a lo que yo me refería. En el blog siempre me han preguntado: «¿Eres lesbiana?», y yo nunca he respondido de una manera directa porque pienso que eso es un asunto de mi intimidad y además porque nunca he querido convertir el blog en un circo, ni quiero que me etiqueten. Pero todos los que me conocen saben que mi opinión es la siguiente: Creo en la libertad sexual, en el derecho que cada ser humano tiene a elegir su pareja sin importar si es hombre o mujer. En mi caso, cuando me he fijado en alguien, cuando alguien me ha atraído, no ha sido porque sea del sexo opuesto, sino porque entre esa persona y yo surge algo, las feromonas se despiertan y empiezan a comunicarse, el pensamiento del otro me atrae, me atrae su piel, me atrae su mirada, me atrae la idea de lo que sería compartir de manera más íntima con ese alguien que puede ser cualquier sexo.

No me gustan las etiquetas, por eso yo no me pongo ninguna. Creo que las sociedades deben trascender eso porque lo único que hace es distanciarnos, alejarnos los unos a los otros, en lugar de acercarnos y aceptarnos. La mayoría de un grupo es totalmente intolerante con las otras minorías. Y eso me enferma. Una de las cosas que debería aprender la raza humana es que la diferencia es interesante y que la tolerancia es obligatoria. Tú no tienes que aceptarme si no quieres, pero debes respetarme y tolerarme, darme un trato justo, a la altura de lo que cualquier persona nacida se merece.

El otro punto que comentaron algunos amigos es la creencia de Dios, algunos me dijeron, incluso por carta privada, que se entristecían mucho porque yo no creía en Dios, porque era una atea (otra etiqueta) y algunos me recomendaron con mucha educación y cariño buscar la senda del Señor.

Yo no digo que no soy creyente para hacerme la diferente, ni porque me guste ir contracorriente. A esa convicción he llegado luego de estudiarme todas las religiones, de ir a diferentes templos y sentirme vacía en cada uno de ellos.

¿Cómo puedo creer en un Dios que no se deja ver? ¿Por qué no va a CNN y dice: Éste soy yo, Dios? ¿Por qué mantener tanto misterio, por qué destruir lo creado con un diluvio, por qué hacer pasar a Job por todas las desgracias que vivió? ¿Por puro egocentrismo?

A mí me resulta imposible creer en aquello que no puedo percibir a través de mis sentidos. Ustedes dirán, pero tú crees en el amor y eso no lo percibes a través de tus sentidos. Sí, es cierto, creo en muchos conceptos abstractos como el amor, la bondad, la justicia, ente otros, pero todos esos conceptos son llevados a cabo por los seres humanos, por gente que yo puedo sentir, oler, ver y tocar.

Mi mente es muy racional para algunas cosas y no cede con facilidad ante aquello que se impone como una regla que no se puede criticar ni debatir.

Hace un tiempo, leyendo «El guardador de rebaños» del heterónimo de Fernando Pessoa, Alberto Caeiro, leí un hermoso poema en el que el poeta explicaba desde una filosofía panteísta la existencia de Dios. Me pareció tan bella que ahora quiero compartir algunos fragmentos con ustedes y con esto dar por terminado el tema.

4

«No creo en Dios porque nunca lo he visto.
Si él quisiese que yo creyera en él,
seguro que vendría a hablar conmigo
y entraría por mi puerta
diciéndome: ¡Aquí estoy!

(Quizá suene esto ridículo a los oídos
de quien, para no saber lo que es mirar las cosas,
no comprende a quien habla de ellas
con la manera de hablar que enseña al observarlas.)

Pero si Dios es las flores y los árboles
y los montes y el sol y la luz de la luna,
entonces creo en él,
entonces creo en él a todas horas,
y toda mi vida es una oración y una misa
y una comunión con los ojos y por los oídos.

Pero si Dios es los árboles y las flores
y los montes y la luz de la luna y el sol,
¿para qué le llamo Dios?
Le llamo flores y árboles y montes y luz de luna;
porque si él se hizo, para que yo lo vea,
sol y luna de la luna y flores y árboles y montes,
si se me aparece en figura de árboles y montes
y luz de luna y sol y flores
es que quiere que le conozca como árboles y flores y luz de luna y sol.»