Salir del clóset

Vivimos en un mundo lleno de tabúes y de silencio, de gente que muere asfixiada detro del armario.

No muchas personas tienen la valentía de decir lo que realmente son y piensan, porque quizás sería ir contra el «establishment», contra aquello que la sociedad considera bueno, puro y válido.

Por eso hay tantos homosexuales reprimidos, tanta gente con alguna enfermedad mental que intenta esconderla a toda costa para que no la menosprecien y la traten como si tuviera alguna enfermedad contagiosa. Porque en particular a estas personas se le menoscaba su dignidad, se burlan de ellos y sobre todo la vida se le hace más dura en una sociedad en donde la "diferencia y la tolerancia" no son entendidas.

En mi caso, a mi edad, no tengo ya tiempo para ocultar lo que soy y tampoco me da la gana. El largo trayecto de vida que he recorrido no ha sido fácil y ha estado lleno de alegrías pero también de mucho dolor y confusión.

Por eso quiero contar mi experiencia brevemente, salir del clóset (si es que alguna vez estuve allí porque soy muy franca) y decirle a mis amigos y a la gente que sí, que yo también soy un "ave rara", una mujer que no cree que para enamorarse hay que cerciosarse de si el otro es del sexo opuesto, tan sólo dejarse llevar por las feromonas y la empatía.

No compito con ningún hombre, pero no permito ningún tipo de vejación de parte de ellos sólo porque nosotras somos el "sexo débil". Yo no fui creada para quedarme sentada temblando de miedo y mirando una puerta, como «La mujer rota» de Simone de Beauvoir. Tampoco para difrazarme de hombre e intentar conseguir un mínimo de respeto como George Sand o la poeta dominicana Ylonka Nacidit Perdomo.

Yo soy mujer, compradora compulsiva, en especial de bolsos y zapatos, me encanta maquillarme, usar lencería y como buena caribeña también bailar. Asi como leo «La tierra baldía» de T.S. Eliot, en la peluquería me he leído las candentes historias de amor de Corín Tellado. No me gustan los grupos literarios. No me interesa pertenecer a ninguno ni intentar agradar para que me acepten. Prefiero la soledad, esta vida en silencio, desde donde puedo trabajar con mayor lucidez y compromiso que haciendo de escaparate en todos los eventos sociales.

No creo en Dios, sino en la bondad de los hombres. Sufro de depresión crónica y de TLP (Trastorno Límite de la Personalidad) desde los 17 años y a partir de entonces he estado en tratamiento psiquiátrico. Ahora que estoy en España, también .

No me gusta la hipocrecía, el cinismo, la falta de humildad, la falta de coherencia e incluso en muchos casos la falta de gratitud (aunque lo mejor es hacer las cosas sin esperar siquiera que te a agradezccan). Prefiero la verdad luminosa y transparente, el cariño real del ser amado y esas pequeñas cosas de las que habló Joan Manuel Serrat en una canción que para mí es inolvidable.

Para concliuir: No es fácil cargar con esta angustia, con esta alforja tan pesada, con los ataques de pánico o el luchar a diario por levantarme de la cama.

Pero ojo: No cuento esto para provocar lástima ni mucho menos, sino porque esa soy yo y estoy harta de que sobre mí se extiendan tantas leyendas urbanas. Además, cuando uno está viejo, ya no le importa contar su vida y sus más recónditos secretos. Hasta le produce risa esas morbosas leyendas. Puede que sea por las fotos que pongo en Facebook y en el blog. Esas fotos me recuerdan a Ana Frank quien solía mostrar suparte más payasa y divertida y guardarse para sí la parte sombría... la madeja. Ella se consideraba una mimosa sensitiva.

Y bueno, escribo pensando que quizás otros puedan salir de su closet y ser más felices o por lo menos aligerar la carga. También lo escribo con la vana ilusión de que cuando yo muera quede constancia de lo que soy y lo que he sido.