Dinámica de pareja

Siempre he criticado el rol que se le ha endilgado a las mujeres de ser las que se ocupen de los quehaceres de la casa aunque trabajen tanto o más que el hombre fuera del hogar. Hace un tiempo escribí la entrada El rol femenino, en donde tocaba este tema. Ahora me ha vuelto a la cabeza porque me he casado y convivo con alguien con quien comparto las tareas de la casa.

Recuerdo que antes de contraer matrimonio una persona me dijo que ya me tocaría a mí planchar las cinco camisas que mi esposo usa cada semana para ir al trabajo, colgar los cuadros, cocinarle y limpiar la casa mientras él veía el fútbol recostado en el sofá. Nada más lejos de la realidad.

Un hombre puede estar acostumbrado a un tipo de vida y culturalmente puede tener una educación tradicional y machista, pero la dinámica de la relación no la tiene porqué imponer sólo él sino la pareja. Lamentablemente muchas mujeres se anulan y piensan que pueden comprar el amor de su hombre colgándose el delantal e intentando ser la «mujercita perfecta».

Lo que no saben esas mujeres es que cuando una persona te ama verdaderamente, sin importar si tiene mentalidad «moderna» o «tradicional», no le importa si le planchas las cinco camisas o si le cocinas. Cuántos hombres enamorados no han cambiado su forma de ser cuando se han encontrado con mujeres que les importan demasiado y que no están dispuestas a plegarse a un papel o a ser como sus madres y sus abuelas. Cuántos hombres se han «puesto las pilas» cuando se han encontrado con mujeres que ejercen su poder y disponen del voto que en la casa les corresponde. Claro, lo ideal sería que no sólo el amor apasionado hacia una mujer los moviera al cambio, sino la sensibilidad con respecto a este tema.

También las mujeres tenemos nuestra culpa en esto porque hemos educado a nuestros hijos para que sean los gallos del gallinero, los machos que mandan en la casa, mientras que a nuestras hijas les hemos enseñado pudor, sumisión y obediencia. A los hombres se les educa para que sean proveedores y a las mujeres para que sean las amas de casa. Incluso en estos tiempos en que la mayoría de los padres esperan que sus hijas vayan a la universidad y tengan una carrera profesional, no dejan de enseñarles a éstas a cocinar, lavar, planchar y hacer las demás tareas de la casa, mientras que a los hijos los acomodan y no esperan que éstos hagan nada. Estoy segura de que esta situación cambiaría en gran parte si las mujeres que tenemos otra visión de la vida, educamos a nuestros hijos de manera distinta.

Pero volviendo a mi caso, debo decir que tengo la suerte de estar casada con un hombre moderno, muy sensible ante este tema y que sabe que tiene la obligación de asumir su cuota de responsabilidad dentro del hogar. Además de esto, independientemente de su actitud, yo lo he hecho consciente de su compromiso y he ejercido mis «súperpoderes».

Evidentemente, en mi infancia y primera juventud tuve que pasar por el tortuoso camino de descubrir estos súperpoderes, desarrollarlos y aprender cómo usarlos (no sé porqué siempre los villanos saben desde siempre cómo usar los suyos). Ahora que tengo una magnífica edad (ni jovenzuela ni una mujer muy madura), se han acabado las lecciones y ha comenzado la práctica.

Mis familiares y las personas que me conocen más de cerca saben que a mí nunca me han gustado las tareas de la casa. Siempre que he podido las he evitado y las he hecho cuando no ha quedado de otra, con el mejor espíritu posible, pero siempre con el peligro de tener un arranque de rabia si la otra persona se quedaba sentada mientras yo hacía algo.

Pero hablemos claro: ¿a quién le gusta lavar, fregar, planchar, limpiar, cocinar y hacer todas esas cosas? No creo que haya alguien que diga: «¡Yupiiiiii, ahora voy a planchar veinte camisas y luego a fregar todos los calderos! ¡Qué divertido!» ¿Verdad que nunca han escuchado esto? No sé porqué los hombres dan por supuesto que a las mujeres nos gusta eso, que nacimos para asumir ese rol o que tenemos que acostumbrarnos por narices a esa vida.

En mi caso, si fuera por mí estuviera todo el día como una princesa, como una reina, o como le hubiera gustado a Kafka: panza arriba sobre su cama, sin hacer nada, pensando en lo que escribiría (eso escribió el autor en su Carta al padre). Y claro que a mi madre también le gustaría que yo viviera todo el tiempo así, ya que ha hecho lo suficiente por ella, por sus dos hijas y por su nieta. Digo esto porque las madres de los hombres siempre quieren que estos tengan mujeres que los atiendan bien, olvidándose de que a algunas madres, como a la mía, también les gustaría lo mismo para sus hijas.

En definitiva, que yo nací para escribir y que eso más que nada es lo que me gusta hacer en la vida y que los quehaceres de la casa no me gustan mucho y si los hago es porque hay hacerlo, no porque me agraden.

La verdad es que no puedo quejarme, porque me siento tratada como una reina. Mi esposo me acomoda como a la que más, hace lo suyo y en casa yo hago las cosas cuando me apetece y no por obligación o porque alguien se va a molestar.

Lo que pasa es que desde el principio hemos dejado muy claras las reglas del juego y hemos establecido la dinámica que queremos, o más bien yo dejé mis reglas claras y he procurado que la dinámica de la relación y nuestros roles queden bien establecidos para que «guerra avisada no mate soldado» y porque he aprendido que si las cosas empiezan mal luego puede que cueste mucho enderezarlas.

Por suerte mi marido y yo nos entendemos muy bien y él hace de todo. Lo único que no sabía era cocinar y se sentía orgulloso de darme de comer sin necesidad de meterse en una cocina. Durante mucho tiempo hemos comprado la comida, salido a comer fuera y yo también he hecho mis incursiones culinarias. En su caso él hacía una pequeña pero importante trampa, ya que lo que hacía eran cosas súper fáciles, que no requerían mucha preparación o que ya venían listas para servir. Hasta que un día yo me enfermé y le pedí que me hiciera una sopa. En la cama yo esperaba la rica sopa casera que él me llevaría pero grande fue mi decepción cuando vi que se apareció con una Crema de Alicia (ese es el nombre de una marca que vende cremas y sopas preparadas). En ese momento tomé una decisión salomónica: enseñarle lo poco que yo sé de cocina. Así que le hice «una oferta que no podía rechazar» (como en la película El Padrino) y le dije que le daría clases de cocina. Desde entonces nos hemos puesto manos a la obra y ya vamos bien encaminados. En la actualidad, ya sabe hacer varias cosas y con el tiempo iremos aprendiendo muchísimo más.

Ahora cuando lo miro siento que he hecho una pequeña contribución a la armonía del mundo, que como mujer he reinvindicado un poco a las de mi género e indiscutiblemente como esposa amo más a mi marido por ser como es, por lo que somos y por lo que seremos juntos.