Ida y vuelva al mundo interior

Desde hace meses he estado desplegada hacia fuera y esto ha  sido positivo en mi vida. Anteriormente, con facilidad me iba hacia dentro, me hundía en zonas tan íntimas de mí ser que luego me costaba muchísimo salir. Muchas veces me sumergía en pozos oscuros en los que me quedaba días y días como el personaje protagonista de la novela «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo» del escritor japonés Haruki Murakami. Sin embargo, he de admitir que un cambio de vida, el positivismo de mi esposo y las estimulantes actividades en las que me he involucrado, han impedido que vuelva a caer en el abismo.

Sin embargo, este fin de semana no he podido evitarlo. He tropezado, se me han doblado las rodillas y he caído como si hubiera sido mordida por la serpiente de «El Principito». He vuelto a mi pequeño planeta, aquí en el que no cabe más nadie que yo misma y en el que me siento inexplicablemente segura.

Es difícil de explicar estas sensaciones ambivalentes ya que por un lado estoy a gusto en este pequeño reducto que no comparto con nadie y que me remite al silencio, pero por otro lado es como si poco a poco me fuera cerrando a todas las cosas y nada del mundo exterior importara, tan sólo esto que se vive aquí, en este rincón olvidado de mí misma.

La diferencia con el triste ayer de mi existencia es que ahora tengo algunas herramientas y cuando caigo sé cómo salir. Hay una cuerda que me ayuda a elevarme. Podría decir que esa cuerda es mi familia, mi esposo o mis amigos, pero debo confesar que no es así. Esa cuerda la he hecho yo misma en estos dos últimos años gracias a tiempos de terapia y de reaprendizaje. He aprendido a distinguir un hilo frágil de uno fuerte, y he tejido yo misma la cuerda que ahora no llevo en el cuello como presagio del desastre, sino que la llevo conmigo en el bolsillo como un kit de salvamento para cuando lo necesite.

Por ejemplo, ahora he sacado la cuerda del bolsillo y con ella estoy saliendo de este angosto pozo. Arriba, en donde está la luz, me espera mi marido. Allá voy, vida. Allá voy, amor.