Comentario sobre el libro "A los delincuentes hay que matarlos"

Por: Ángela Hernández*

Desde la primera vez que escuché unos poemas de Rosa Silverio, una espigada y chispeante jovencita que suscitaba empatía de inmediato, me latió la certeza de que estaba ante una persona con marcada y fuerte potencialidad de escritora. ¿Cómo se intuye esto? Tal vez a través de la experiencia y la lectura se forma un cierto sentido de valoración. Pero yo no me fiaría demasiado de lo que dictan la experiencia y la lectura porque ambas pueden crearnos la sensación de autoridad evaluativa inapelable. Y nada más riesgoso en el territorio del arte, la poesía y la narrativa que esa autoridad con pocos poros para captar lo distinto, la ruptura… Creo que es una apertura en la intuición la que vibra ante los potenciales creativos descubiertos. Bueno, por lo que sea, cuando escuché la poesía de Rosa palpé la libertad distintiva de una imaginación creativa, el valor de provocar y remecer, la dosis imprescindible de irreverencia y crítica, la gozosa complicidad con las palabras y los guiños y las tentaciones del lenguaje. Pronto, supe también que era una inteligencia inquieta y una lectora infatigable. En suma, una persona con todas las de la ley para convertirse en una gran escritora. El peligro común en nuestro medio es el apresuramiento, la impaciencia por publicar y la ansiedad por el reconocimiento público, todo lo cual estraga muchos talentos. Pero Rosa Silverio nos mostró que ese no era su caso. Su poemario Arma letal y este libro de cuento, A los delincuentes hay que matarlos, presentan a una escritora con clara conciencia de la perfección formal, que se toma el tiempo que amerita cada poema, cada cuento para crear su singular realidad. 

El libro de Rosa Silverio que hoy conocemos a través del sello Punto de Lectura, Alfaguara, posee la virtud de la intensidad, que es la cualidad distintiva de los buenos cuentos. Es una intensidad bien alcanzada pues nos transmite la impresión de que sucede de modo natural, cuando sabemos que, por el contrario, allí lo único natural es el aptitud de la escritora. Todo lo otro, abocado a la intensidad, nace de una labor consciente, apasionada, exigente. De ahí que cada cuento de este volumen respire como una criatura de la imaginación y al mismo tiempo opere como un mecanismo de relojería. No hay piezas sueltas ni piezas flojas. Cada palabra está en su lugar y suelta su ancestral aliento, su fundamento combinatorio, para construir el orden de un pequeño orbe, el orbe en que cobra vida cada historia. En este volumen cada cuento tu atrapa tu atención. Empiezas a leer las primeras líneas y el fluir de los párrafos te arrastra por la electricidad escondida del relato. Esa es la verdadera virtud de un cuento, esa electricidad secreta. Y en éstos observamos fuerza creativa y conciencia del contenido vivo y flexible e inacabado de las palabras y el lenguaje. 

Se dice que el estilo es el hombre. En este caso, el estilo es la mujer. Rosa Silverio, de cierto modo, nos da su versión del mundo, a la luz de su lógica imaginativa y su mirada sobre la naturaleza humana y conflictos y placeres inherentes. Nos inducen a ver el orden convulso del placer individual y el orden aparente de convulsas instituciones sociales. Ausculta en la sombra, en el sentido que le confería Carl Jung a este concepto. 

La autora presenta en estos cuentos su marca personal, signada por la frescura, la viveza, el ritmo generado por la historia misma y sus personajes discurriendo entre la rebeldía y la fatalidad, entre el deseo y la circunstancia, el despropósito y la inercia, el dinamismo y la anulación; sin embargo, siempre vivos, palpitando, a menudo, de enigmática manera… Extraviados en un mundo que no se esfuerzan en comprender, ni sueñan que sea modificable. Fe, inocencia, quimera… si han existido, se disolvieron en una remota lejanía. 

Sus cuentos nos dan pistas sobre los rumbos nuevos de la literatura dominicana, pero sin ninguna estridencia, porque, hay que decirlo, en ocasiones se suele creer que el afán de cambio y la aspiración de ruptura son en sí mismos definitorios de valor estético. Siempre es la obra, a fin de cuentas, lo que pauta y muestra esos nuevos aires que nos hablan de expresiones específicas de la sensibilidad generacional y la actitud ante un tiempo y los problemas y situaciones propias del mismo. 

Otra característica a destacar de este libro es la diversidad de los cuentos y, a la vez, la compaginación que guardan, otorgando coherencia al conjunto. El centro de interés de una parte de ellos gravita en torno al dato escondido y el final sorpresivo. En otros, te atrae el manejo sutil de varias perspectivas (como “La mano que me toca en la noche”), mientras que en algunos es el personaje el que se adhiere a tu mirada, colmándote de perplejidad o induciéndote a juzgarlo. La poeta se asoma entre líneas para plantar imágenes que estallan en sugerencias, potenciando la narración. A modo de ejemplo: una cama, el lugar del riesgo y el placer y el debilitamiento de la voluntad, en su poder de origen ignoto, se compara a Sansón y a una telaraña. Al amante se le equipara, en laxa conciencia de la relación, a la cabellera muerta cortada yaciendo sobre las manos. A menudo, es la manera en que se describe un simple detalle lo que da cuenta de la realidad exterior o la crudeza de los sentimientos. La autora explora los márgenes sombríos o las inútiles expectativas de personajes cautivos en precarias situaciones, desprovistas de la multiplicidad que podría construir la esperanza en el horizonte. De hecho, están exentos de esperanza o ilusión. Sus horizontes están definidos por el instinto o las angostas oportunidades sociales. 

En los tres primeros cuentos, están los vislumbres de Lilith, el mito alterno a Eva. El poder femenino o contrapoder nutriéndose en la sombra que devora y se devora a sí misma. Oscilación de lo femenino en contrastes desgarrantes y libertad tan potente como aniquiladora. Impulso y compulsión: la jerarquía inquietante del deseo rozando la muerte. Tabúes ablandados en el extremo abismado en el placer, salvaje y pasajero. Al acecho, el vacío. 

En el cuento “La Mueca” se nos alecciona: nuestra mirada, distorsionada por el resentimiento, se curva antojadizamente sobre un rostro. Y ese rostro puede simbolizar el destino mismo. Las cosas, definitivamente, pueden resultar en lo opuesto a lo que hemos interpretado. “A los delincuentes hay que matarlos” es una ventana hecha de palabras por la que vemos parte del paisaje paradójico, duro y desconcertante de nuestros días. También es un alerta y un retrato que lleva a una mirada interior y a la pregunta: ¿También me retrata a mí, retrata mi pulsión, mi ligereza de juicio, mis simplificaciones, mi reactividad, mi evasión de la responsabilidad que me toca? 

Otros cuentos que no quiero dejar de mencionar son: “El crimen”, “Mi amante” y “La señora Mo”. En “El crimen” hay un pozo de silencio. De ese silencio tan femenino, tan poblado de rebeldía y aceptación, que encuentra su clímax en mujeres como Sor Juana Inés de la Cruz y Salomé Ureña. De ese silencio, tan de mujer debatiéndose en fuerzas intensas y de signo opuesto, nos habla Octavio Paz en Las trampas de la fe. 

Sobre los personajes: Alejados del héroe o la heroína convencional, alejados por igual del predecible villano, vienen modelados por sus circunstancias o por oscuras inclinaciones internas. A veces son entes aislados en un burbuja brillante y sórdida que lo inesperado pincha y desinfla al final. O transcurren cercados por la propia imagen, a menudo disminuida o viciada por los confusos sentimientos. O se muestran fieros y desafiantes en una invisibilidad demarcada por la explotación. O chupados por una idea fija, una obsesión, una mentira surgida de la autoconmiseración o la pobreza. O vegetan en la vaguedad de la vida. No son glamorosos, agraciados, bellos… No despiertan simpatía sino una necesidad de juicio y hasta condena. Pero en este involucramiento a que nos llevan nos vemos obligados a mirar en nuestras propias carencias, prisiones, negaciones y ambivalencias. (Desconfía de quienes siempre quieren castigar, dijo Nietzsche). Porque a menudo usamos el mecanismo de la negación para hacer la vista gorda ante realidades muy crudas y desconcertantes. En los cuentos de Rosa Silverio no hay personajes lindos y favorecidos. En sus personajes se grafican las asimetrías. Están la gorda, la enclenque, la insomne ojerosa, el miserable… sumergidos en la fulgurosa oscuridad del deseo o en el desenfreno de unos instantes de locura que terminan en pavorosa continuidad. No tienen conciencia de redención. No los redime ni siquiera el amor. Malviven. Navegan en las aguas siglo XXI consumiendo sus fuerzas vitales sin ningún sentido claro. Pero, perdón… “lo que ves no siempre es lo que es”. 

Enhorabuena Rosa Silverio. Eres una auténtica cuentista. Ninguna de tus historias deja indiferente al lector o lectora. Tú los llevas a interesarse, a impugnar, a juzgar, incluso a cuestionarte en secreto tus motivos, a crear miradas alternativas, bifurcaciones… Pero no soltarán el texto ni quedarán indiferentes. Eso es seguro. 

Tu libro aporta un tirón cualitativo en la narrativa breve de este tiempo. 

*Este fue el texto que leyó en la presentación del libro en Santo Domingo.