Cincuenta sombras de literatura barata / Fifty shades of pulp fiction

Soy una persona sin ningún tipo de prejuicios sexuales, sin ningún tabú y con la mente totalmente abierta al sexo. Puedo decir que disfruto plenamente de esto (no es necesario que lo diga, pero qué carajo, me apetece decirlo). Las diferentes opciones sexuales y los juegos en la cama me parecen fabulosos. 

Dicho esto, puedo decir que he leído libros de alto voltaje, con contenido erótico, que me han gustado mucho. Algunos no tanto. He leído desde los relatos de los franceses Anaïs Nin y el Marqués de Sade, así como las novelas «Las aventuras amorosas de Moll Flanders» de Daniel Defoe, «Trópico de cáncer» de Henry Miller, «La filosofía del tocador» del Marqués de Sade, «El amante lesbiano» de José Luis Sampedro, «Las edades de Lulú» de Almudena Grandes, entre otras. 

Pero nada me ha parecido más ligero y sin ningún tipo de interés que «Cincuenta sombras de Grey» de la escritora británica E. L. James. El otro día tenía un tiempo libre y fui a la librería a ver las novedades. Ahí decidí dedicarle un rato de mi tiempo a este libro (quizás para poder criticarlo con base). Fui leyendo pasajes enteros y al final me di cuenta de que no era más que una «novelita», o novela rosa, moderna y más larga. Es lo mismo que tomar una novelita de la serie «Deseo» del sello Harlequín. Claro, con mucho más atrevimiento y llegando más lejos a nivel sexual. Pero no deja de ser una historia para desfogarse que no te deja nada dentro. 

Quizás este libro funcione en amas de casa reprimidas pero a mí me aburrió lo que leí. Este libro ha desatado tal locura que quería saber a qué se debía, ya que incluso ahora se habla de un nuevo género, el famoso «porno para mamás». A mí todo esto no me compra. Lo siento. No es que sea un hueso duro de roer, sino que sencillamente este tipo de literatura no me gusta. Y no porque sea una vieja remilgada sino porque no me aporta nada, no me enseña nada, ni me libera de nada. 

Tampoco me gustaron «El amante lesbiano» de José Luis Sampedro ni «Las edades de Lulú» de Almudena Grandes. En cambio, me divertí mucho con «Las aventuras amorosas de Moll Flanders», libro que saqué de la biblioteca del Instituto Cultural Domínico Americano en Santiago y que olvidé devolver (que alguien le diga a esta gente que me quedé con ese libro y con «El sonido y al furia» de William Faulkner). 

Antes que las cincuenta sombras de literatura barata prefiero mil veces una novelita de Jazmín o Bianca con un magnate griego o un jeque árabe que me rapte y me lleve a su mansión secreta en donde me regalará joyas y al final descubrirá que se ha enamorado perdidamente de mí. Por lo menos Harlequín no intenta estafar a la gente haciéndole creer que lo que le vende es la «crème de la crème» de la buena literatura.