¿Soy una persona para admirar?

No me gusta que me admiren. No soy una persona para admirar. No busco ser un ídolo o un modelo a seguir para nadie. Sí, tengo un perfil público por mi carrera de escritora, pero antepongo mi derecho a decidir cómo quiero vivir mi vida a cómo los demás quieren que yo la viva. Cuando comienzas a vivir y a actuar pensando en lo que los demás esperan de ti, comienzas a perder tu libertad. 

Evidentemente que hay en mi vida gente que me importa y a la que no quiero hacer sufrir, por eso hay decisiones que tomo teniendo en cuenta a esa gente. Pero también hay decisiones vitales que tienen que ver con mi vida en las que no puedo estar pensando en lo que quieren los demás porque entonces sería una mujer muy infeliz. 


De acuerdo a mi experiencia, la mayoría de la gente que me ha manifestado que me admira mucho, al final, cuando me conoce, termina comprobando que soy de carne y hueso, una mujer que camina (como diría el compositor mexicano Alejandro Filio), una criatura pedestre con aciertos, defectos y limitaciones, una persona normal (nada extraordinaria), quizás más alegre y vital de lo que se esperaba, más campechana y también con un carácter fuerte que por suerte solo a veces aflora. 

A mí me gusta querer a la gente normal, a la de a pie, a la que me encuentro todos los días. La gente con la que comparto mi vida. No me seducen las estrellas de rock ni el resto de la gente famosa. Bueno, solo Beyoncé porque está muy buena y me gusta verla bailar. Tengo una fantasía en la que Beyoncé baila para mí moviendo esa silueta voluptuosa y esas largas piernas tonificadas. Pero fuera de eso, la gente con la que me llevo bien y de la que me gusta hablar, la gente que despierta en mí mis mejores sentimientos, es la que me encuentro a diario. Anup (el de la frutería de la esquina), Obama (el que me vende las películas pirateadas), mi médico de cabecera, la chica de la farmacia que me dispensa la medicación que debo tomar a diario para ser una persona cuerda, los dependientes de las tiendas con los que suelo entablar conversación, los empleados de seguridad de los comercios a los que nadie saluda y a mí me gusta decirles una palabra amable porque nada me cuesta (nada nos cuesta) y así hay mucha gente que forma parte de mi vida, como mi esposo y los amigos y amigas a los que mencioné en una entrada anterior. 

Cuando digo que soy el Huracán del Caribe es porque, en esencia, soy como un huracán. Soy muy apasionada y suelo vivirlo todo con muchísima intensidad. A veces más de lo recomendable. Además, hay en mí una fuerza vital impresionante, una alegría que muchas veces se desborda, contagia, y que me encanta compartir con los demás. Aunque ya lo dije, no soy una criatura extraordinaria. Soy una mujer campechana a la que le gusta dar cariño, amar y que la amen. Pero no soy alguien para admirar. Tengo muchos defectos, muchas carencias, muchos odios, muchas rabias contenidas, muchas cosas que podría citar aquí y acabarían cansándoles o a lo mejor horrorizándoles. En fin, soy muy humana. 

Si quieren admirar a alguien, seguir a alguien y tomarlo como un ejemplo para sus vidas, os recomiendo que busquen a otra persona. Demasiado tengo yo con intentar vivir mi vida diariamente, con intentar ser. Busquen a una estrella de rock, a alguien famoso. Busquen a Beyoncé con sus largas piernas y bailes sensuales. Busquen a los premios Nóbel de la Paz, a las personas que luchan por causas justas, a gente más digna de vuestra admiración.

Yo soy tan solo una mujer intentando caminar el misterioso sendero de la vida.