El amor y la cultura


Hoy Miguel Ángel Hernández tenía un almuerzo con sus compañeros de departamento, pero en lugar de ir a un restaurante, esta vez acordaron preparar cada uno un plato de su especialidad y llevarlo para compartirlo. Miguel Ángel les dijo que llevaría una especialidad de "su tierra" y cuando llegó me comentó que había decidido llevarle comida dominicana. Así que hoy Miguel Ángel llevó a sus compañeros yuca con mucha cebolla y cerdito (lo que en R.D. llamamos chicharrón de cerdo), además de vino y cava. 

¡Qué bonito que mi marido sienta que mi tierra también es suya! Yo también siento que España también es mía. Esto es lo que sucede cuando vives con alguien de otro país: aprendes a amar y a respetar lo mejor de su cultura, a intercambiar, a compartir. Pero también terminas enamorándote no solo de tu pareja sino también de el país que te ha acogido o del país que tu pareja dejó y del que te habla con amor y añoranza. 

Las barreras culturales desaparecen con el amor y aunque aún tenemos algunas costumbres que no compartirmos (como cuando él dice "me cago en la mar serena" o yo digo "coño" y a cada uno nos parece vulgar lo dicho por el otro e intentamos justificarnos diciendo que en nuestro respectivo país decir eso es normal), trascendemos las diferencias importantes que hasta terminan convirtiéndose en afinidades sin que ninguno de los dos tenga que sacrificar su personalidad y sus propios gustos. Es solo que esta relación y este diario intercambio cultural nos abre puertas y ventanas, nos abre horizontes y nos enseña a respetar y aceptar la diversidad, a amar al otro con toda su historia y su herencia. Así debería ser el mundo.